Sonetos de Amor Divino y Amor Humano
El título de los poemas que te entrego, Lector, respeta el orden ontológico en que se entienden estos amores, si bien (tal vez) son uno y el mismo, y la división es un engañoso espejismo de la debilidad humana. Como quiera que sea, en el interior, el orden de los poemas se amolda a un patrón inverso: el de la ascesis del alma del poeta. He dispuesto los sonetos respetando un orden aproximativo a como me fueron llegando, cedidos por la fricción y el encuentro de mi alma, la divinidad y la exterioridad, o -lo que es lo mismo- de mi corazón, la unidad y la pluralidad, con la inevitable bisagra del desengaño y el dolor del amor profano, como intermedio necesario para la ascensión al Amor Divino y el éxtasis.
Conforme a mis propias experiencias, creo que la circunvolución del alma pasa por diferentes estancias, en camino espiralado, de sístole y diástole, como la respiración de las mareas o el acercamiento al centro del laberinto de una catedral medieval: siguiendo el patrón de un movimiento circular y centrípeto que va desde los confines del mundo exterior, paulatinamente, a un centro ideal que quizás nunca se alcanza pero que debe buscarse. La tortuosa odisea de la mente, desde el pensamiento racional al intuitivo, es un reflejo, también, del anhelo del centro, reflejado, según algunos gnósticos, en las circunvoluciones de la masa encefálica. Es un proceso que químicamente podría asimilarse a una decantación, formada por sucesivas destilaciones y precipitaciones, las cuales van purificando una prima materia en principio densa y plúmbea, y en la que poco a poco germinan las semillas áureas de su verdadera naturaleza interna y latente. Supongo ahora que el camino no es rechazar el amor humano por el amor divino, sino saber conjugarlos sabiamente.
La “celeste agricultura” de la lira (y especialmente en el exigente y exquisito plectro del soneto) hace de este movimiento, de esta danza laberíntica, un viaje lento, pero claro. Con todo, no hay navegaciones portuarias para los que emprenden un viaje sincero. Siempre nos amenazan a los poetas Escilas y Caribdis, y los vientos de nuestra interna naturaleza.
Es una navegación que ya simbolizaban los coros cretenses cuando, en un mosaico en el que estaba trazado el laberinto, los efebos y las doncellas equilibraban la búsqueda del corazón medular con delicados pasos, medidos por la áurea proporción de cordeles que entretejían entre sus dedos; perfumado ritual que casi se entrevé intuitivamente, tan erosionado por el tiempo y las guerras y los odios todo rastro suyo. Pero el elocuente silencio del símbolo y su rito resurge siempre. Cada cultura lo tiene, con voz diferente. Renace inmortal como el fénix y nunca silenciará, mientras haya el Hombre, su llamada impostergable.
Soneto I
de amor humano
Acerca de que el Poeta sospecha una laberíntica estrategia de su propia mente para no darse cuenta de la verdad desnuda: que Filis no ama al Poeta.
Imagino que Filis no me ama,
que me olvida, me miente y me desdeña,
y cuando el alma este tormento sueña
canta a Filis con injuriosa fama.
Pero si su bondad mi lira infama,
y en celebrarla ingrata su arte empeña,
porque sabe que Filis es su dueña
el dulce engaño mi pasión inflama.
Así pueblo de mentirosos llantos
los versos que la muestran despiadada
cuando fingen ajenos sus encantos;
¿o será que es muy otra la celada
que la locura impone a mis quebrantos
para alejar del pecho aquella espada?...
Soneto II
de amor humano
De la imposibilidad que tiene de autoengañarse con el despecho el corazón sensible.
Mi fatal desventura en vano niego,
el alma reconoce esta mentira;
inútil es fingir que ya no inspira
la pasión de su cuerpo un amor ciego.
¿Que extinguió su crueldad mi loco fuego?
¿que mi libertad a otro amor aspira?
¿cuando arde de versos esta lira?...
¿cuando muero en la cárcel de mi ruego?...
Con el martillo amargo del despecho
en vano me forjé tal impostura
en la fragua candente de mi pecho:
Porque el yunque adolece de blandura,
porque se parte el corazón deshecho,
cuando intento golpear con mano dura.
Soneto III
de amor humano
En que el Poeta interroga a su obra como si fuera un oráculo.
Dice el Poeta:
Canta, Soneto, la pasión funesta
del amor imposible que persigo,
y cuando llores mi dolor conmigo,
redoblarán tus versos mi protesta;
canta, Soneto, mi pasión funesta
y dime la razón de este castigo,
que si de sus rigores soy testigo,
no obtiene mi inquietud una respuesta.
Contesta el Soneto:
Cantaré con mis versos tu dolencia
y a tu destino llamaré inhumano
diciendo que es más duro que la muerte;
pero en vano puliste mi cadencia
si buscas en mi ritmo algún arcano
que resuelva el enigma de tu suerte.
Soneto IV
de amor humano
Acerca de que es mejor sentir amor con sus dolores, que inocua libertad y su insípida paz.
Si este amor es del alma una condena,
(pues preso al corazón el alma siente)
sumiso a sus rigores y obediente
encontrarán que sufriré mi pena.
Si este amor es del alma una condena,
en vano buscarán verme inocente,
que tal castigo el alma lo consiente,
y porta deleitosa su cadena.
Y firme asentaré mi pie descalzo
si está lleno de espinas el camino,
y veré con ternura a mi verdugo
cuando el tiempo me lleve hacia el cadalso;
y deudor quedaré de mi destino,
a quien muerte tan dulce darme plugo.
Soneto V
de amor humano
Estrategia posible de la amada para saber si el amante es digno de su corazón
¿Qué te diré, Soneto, si a mi pecho
lo enmudece la angustia de mi vida?
¿si mi cuerpo, aunque intenta, nunca olvida
el calor que ella daba a nuestro lecho?
Nada puede el consuelo del despecho,
y si busco al dolor una salida,
abriéndose al recuerdo cada herida,
sólo el morir parece de provecho.
Pero al ir terminándote, Soneto,
renace la esperanza entre mis llantos,
tratando de ser fuerte y no perderla;
sospecho entonces un ardid secreto:
que un momento me niega sus encantos
para ver si soy digno de tenerla.
Soneto VI
de amor humano
Despecho ante el rigor mostrado por la amada.
¿Qué te diré, Soneto, si a mi pecho
lo enmudece la angustia de mi vida?
¿si mi cuerpo, aunque intenta, nunca olvida
el calor que ella daba a nuestro lecho?
Nada puede el consuelo del despecho,
y si busco al dolor una salida,
abriéndose al recuerdo cada herida,
sólo el morir parece de provecho.
Pero al ir terminándote, Soneto,
renace la dureza entre mis llantos
y destierra al deseo de la muerte,
pues siento nacer un rigor secreto
que dice que mis males no son tantos,
y que ella no era digna de mi suerte.
Soneto VII
de amor humano
Duda acerca de los recursos de comparación usados por el Poeta
¿Apelaré a la púrpura de Tiro
para alabar los labios de mi amada?
¿la púrpura que bañará esta espada,
cuando acalle el dolor en que deliro?...
¿o al mármol con torrentes de zafiro
para elogiar su mano delicada?
¿el mármol de mi última morada
cuando ya no le importe si respiro?...
¿con cuál abismo de cuál mar profundo
compararé la noche de sus ojos
y el vértigo mortal de su mirada?
¿con el horror, tal vez, en que me hundo
cuando me siento afán de sus antojos,
y pienso que a mi amor lo estima en nada?...
Soneto VIII
de amor humano
Acerca de la debilidad de la fingida cólera para con la amada estando ella ausente, en comparación con la realidad de su presencia.
“Me invade todo el cuerpo este veneno,
y azul transita las azules venas:
amargo te será si me envenenas
despreciando mi amor por otro ajeno;
pues cuando la ponzoña llegue al seno
que ahora con tus labios desenfrenas,
llorarás haber roto mis cadenas,
y entonces seré mármol a tu treno.”
así mentía y prometía hielo,
armándome de efímera dureza,
a la que provocaba mis enojos,
pero en medio de mi profundo duelo
llegó y me calmó con su belleza,
y desarmó mis celos con sus ojos.
Soneto IX
de amor humano
Amenazas de venganza del amante ante el alejamiento de su amada, y conversión en odio del antiguo amor.
¿Huyes de mí, te apartas, traidora,
ahora que acertaste ya tu flecha?
¿no te espanta la muerte que me acecha,
ni la amarga pasión que me devora?
Mira que si este corazón te adora,
y si hoy tu boca mi pasión cosecha,
cuando sepa que tu alma lo desecha,
y otro rostro tus ojos enamora,
no entregará sus fuegos a la muerte,
ni impotente, o rendido a tu inclemencia,
lamentando el destino de perderte,
llorará obediente tu sentencia;
antes será verdugo de tu suerte,
y expiará tu dolor mi penitencia.
Soneto X
de amor humano
Acerca del amor como navegación
Si el mar del desconsuelo me extravía,
si en medio de la noche no hallo amparo,
el plenilunio de tu rostro claro
impide que naufrague el alma mía;
y mientras la tormenta me desvía,
si no viera en tus ojos mi reparo,
no encontraría entre las olas faro
que me dejase andar mi travesía.
Cuando al fin a mi nave le das calma,
y el cielo de tu cuerpo estrellas riela,
dando al timón del pecho rumbo cierto,
avista tierra desde el barco el alma,
a la brisa inconstante niega vela,
y al muelle de tu seno quiere puerto.
Soneto XI
de amor humano
El Amor como forma de despertar del sueño de una existencia indiferente
Canto al Amor, que me arrebata el vuelo,
y me somete a una prisión de penas,
pues aunque esté cargado de cadenas,
cuando era libre, ignoraba el cielo.
Canto al Amor, que me enseñó el desvelo,
agitando mis noches más serenas,
cargándome de culpas y condenas,
mostrándome el insomnio y el anhelo.
Pero si alguna vez mis alas lloro,
o si mi antigua libertad extraño,
mientras deploro mi presente suerte,
meditando en la cárcel donde moro
encuentro que el Amor no me hizo daño
al sacarme del sueño de la muerte.
Soneto XII
de amor humano
Regreso a la libertad sin amor por alejamiento de la amada y la imposibilidad de querer autoimponerse otros amores
Este soneto que el amor me inspira
me despoja del último lamento,
pues no queda en mi música el aliento
para templar con el dolor la lira;
y así como la musa se retira
si privado de aquel amor me siento,
inútil es buscar otro sustento,
y no engaña a mi plectro la mentira.
Encerrado en las cárceles del verso,
encadenado a ti y a mi locura,
condenado a ensalzarte con mi canto,
contemplaba seguro el universo,
y la pena sufrida no era dura,
pero esta libertad produce espanto.
Soneto XIII
de amor humano
Terribilis ut castrorum acies ordinata
El Poeta vislumbra la terrible fuerza de la amada y el combate que contra ella misma tendrá que emprender para conquistarla, más el pánico ante la posibilidad de que su amor, para ella, sólo sea un juguete y así él quede librado al desvarío.
Poco podrá mi corazón de hielo
contra el fuego de tu mirada ardiente,
temblando ya, mi espíritu presiente
la batalla entre el sueño y el anhelo,
la amistad entre el alba y el desvelo,
mi locura cierta, mi razón ausente;
y aunque armado de hierro te hago frente,
ya cincelo sonetos con mi duelo.
¿Qué escudo me armará contra tu vista,
si evitarla yo mismo siempre evito,
y extravío en tus ojos la mirada?
¿de qué te servirá esta cruel conquista,
si al haber consumado tu delito,
me condenas, matándome, a ser nada?
Soneto XIV
de amor humano
Desesperación del amante por el indiferente alejamiento de la amada
Aunque la causa de su obrar ignoro,
sé bien la gravedad de su delito:
me deja cuando más lo necesito
aquel injusto corazón que adoro;
en vano con mis súplicas le imploro,
o con mis llantos este pecho agito,
y pues he sido de su amor proscrito,
inútilmente mis sonetos lloro;
y aunque el ritmo del pulso desenfreno,
y late el corazón desesperado
mientras palpita mi alma enloquecida,
y se desboca el frenesí en mi seno,
poco le importa hacer la vista a un lado,
e ignorar la tragedia de mi vida.
Soneto XV
de amor humano
Imposibilidad de publicar el amor que amante y amado se tienen. Sufrimiento del amante por no poder exteriorizarle en público su amor al amado, y petición de que no se ofenda por ello.
Ídolo mío que en silencio adoro,
no consideres mi silencio altivo,
ni creas que si a tu mirar esquivo,
a tu amor en secreto no lo añoro;
Que si parece que tu ser ignoro
volviéndome tu eterno fugitivo,
sin verte a cada instante, ya no vivo,
y mientras finjo, mi ficción deploro.
Mas si mira la sombra esta mirada
y si callo el amor que gritaría,
es que temo el castigo del destierro;
y aunque más grande que este amor no hay nada,
ni nunca otro tan fuerte se hallaría,
el mundo le condena y dice yerro.
Soneto XVI
de amor humano
Desesperación del Poeta ante el hecho consumado de que su amor, para ella, era sólo un juego. Determinación de suicidarse y advertencia al cruel corazón de la mujer de que se arrepentirá de haberlo sumido en la desesperación y haberlo empujado a tan terrible decisión al leer este soneto en que todo lo explicado él confiesa.
Triunfo de tu desdén estos despojos,
contento de tu espíritu estas penas,
fluye siempre la fuente de mis ojos,
y está presta a fluir la de mis venas.
Una vez que estén rotas las cadenas,
y se inunde el papel de versos rojos,
pues tú misma a la muerte me condenas,
en vano estrecharás mis miembros flojos.
Cubra entonces tu llanto este soneto,
tus sollozos adornen su cadencia,
y la culpa florezca entre tus manos.
del más allá observándote en secreto,
aliviará quizá mi penitencia
ver tus ojos un poco más humanos.
Soneto XVII
de amor humano
El Poeta toma conciencia de que es cobarde y miope atribuir su desgracia en el amor al destino, y se hace cargo de sus errores.
¿Lloraré otra vez, cielo, mi destino,
culpándote de tanta desventura,
y buscando en los astros de tu altura
la razón del dolor en que me obstino?
Aunque llame a este cielo mi asesino
diciendo que mi fin su mano apura,
cuando ciegue mi mente esa locura,
calla Soneto, tanto desatino.
Sé testimonio en cambio del fracaso
del amor que no supo amar sin queja
ni entregarse sin miedo a la alegría,
o ver en ese error su propio ocaso.
Culpable muéstrame, Soneto, y deja
inocente a la vasta astronomía.
Sonetos XVIII y XIX
de amor humano (soneto dentro de un soneto)
Desesperación e impotencia del Poeta ante el rigor y las dificultades impuestas por el amor, cantados desde la proa de un navío. Decisión de suicidarse, pero antes, último soneto en que declara los duros sufrimientos de la vida y los débiles momentos de contento. Se cierra el soneto con la escena en que el Poeta arroja su lira y luego se entierra su propia espada, entregándose a las aguas del mar.
El amor, más que amor, una mentira,
imposible a ese espectro hacerle frente,
la vida, más pasada que presente,
más próxima la espada que la lira.
Aunque agotada la razón expira,
y crece el devaneo de la mente,
el corazón dirá a su dios ausente
el último soneto que le inspira:
“Ausentes horas, de contento llenas,
años presentes, llenos de tormentos,
felicidad, fugaz como los vientos,
eternas como estrellas, duras penas.
Si de amor mutuo, frágiles cadenas,
implacable eslabón, si de lamentos,
para muerte ocasión de sufrimientos,
de alegría, para sonrisa apenas.
Todo anhelo, motor de desalientos,
toda esperanza, canto de sirenas,
de los males los bienes nacimientos,
los males de los males incrementos,
el nacer, puerta a los padecimientos,
otra puerta el morir, a más condenas.”
Cae el plectro y la pluma al fin reposa,
y una vez que ha llorado este soneto,
no quiere el corazón sufrir más nada;
entrego al mar la lira silenciosa,
y a su última orden me someto,
llora entonces sus lágrimas la espada.
Soneto XX
de amor humano
(venganza a través del Soneto)
El Poeta decide sacar a la luz la crueldad de su amada después de que ella lo ha abandonado, a pesar de haber jurado no revelar la dureza de su amada.
Los lamentos que impuso a mi quebranto
juré siempre guardarlos en secreto,
pero aquí los publica este soneto,
desnudos de su silencioso manto.
Ni me detiene su pasado encanto,
ni me importa el perjurio que cometo,
si de este modo su impiedad someto
a la pública luz, y a vuestro espanto.
Una vez que circule este billete,
y la herida a su fama se concrete,
quizá caiga también entre sus manos,
lo recorra nerviosa su mirada,
reconozca sus actos inhumanos,
y sin máscara ya, llore indignada.
Soneto XXI
de amor humano
acerca del Soneto como geométrica túnica del Amor
¿El éxtasis vestir de mil mentiras?
¿someter a tu rígida estructura
el alado corcel de mi locura,
que no sabe de frenos ni de liras?
¿en verdad a tan alta gloria aspiras?
¿confiar cosa tan leve a otra tan dura,
cifrarla en tu mezquina arquitectura?...
Si tal deseo alientas, tú deliras,
tú desvarías como yo, Soneto;
si a tu loco pedido me someto,
no es que asalte a mi mente esa insolencia,
pero muere quien su dolor silencia,
y apresando el amor en tu cadencia,
libraré de su cárcel mi secreto.
Soneto XXII
de amor humano
Protestas del Poeta ante el destino por los sufrimientos que ha debido sobrellevar, y demanda de explicación acerca de cuál ha sido su tan grave yerro para tener que sufrir tantos males. Visión melancólica de la felicidad pasada.
¿En qué pude ofenderte, Hado mezquino,
alguna vez, si nunca mi obediencia
rebelde protestó de tu sentencia,
cuando la pena en mi desmedro vino?...
Sufrí siempre callado mi destino
intentando cumplir la penitencia:
esperaba confiado tu clemencia,
honraba, sin saberlo, a mi asesino.
¿Dónde huyeron mis flacas alegrías,
sólo recuerdos y fantasmas vanos,
sólo espejismos de pasados días,
triste consuelo de mi mal presente?
se escaparon los sueños de mis manos,
la musa sólo canta amor ausente...
Soneto XXIII
de amor humano
El poeta se encuentra con el viejo árbol en el que, hacía años, había grabado, lleno de esperanzas, sus anhelos de amor, y recibe de sí mismo el cachetazo por haber sido tan iluso, al comparar esas esperanzas con su situación presente. Se detiene a grabar nuevos versos, que, esta vez, pongan en prudencia a los amantes desprevenidos acerca de los tormentos y peligros del amor.
Corteza ruda en que por vez primera
grabé versos forjados en el pecho,
te enfrenta hoy mi corazón deshecho,
otra vez le recuerdas su quimera.
Si en esas cicatrices persevera
como anhelo el amor insatisfecho,
otra musa, nutrida en el despecho,
hundirá su punzón en tu madera:
cantarán sin reparos mi protesta
tus nuevas y dactílicas heridas,
perdidas en recóndita espesura;
y al amante emboscado en la floresta
mostrarán mis sentencias advertidas,
previniéndolo así de la locura.
Soneto XXIV
de amor humano
La vena poética del pasado del Poeta es el arma misma que lo reconviene por haber sido tan crédulo, y la actual le hace presentir su próximo final. Sólo le queda usarla para cantar sus desventuras actuales. En una serie de raros oximoron, declara su deseo de la muerte.
Lira de ayer, ilusa e inexperta,
flagrante escarnio de mi mal presente,
presente lira, estéril y doliente,
presagio firme de mi muerte cierta.
burladas esperanzas, senda abierta
al duro desengaño de la mente,
anhelos desechados, vana fuente
de viva pesadilla y vida muerta.
Íncubo despierto, vívida nada,
mengua creciente, silenciosa lira,
crasa miseria, prófuga cordura,
naciente ocaso, lógica locura,
áspide suave, hospitalaria pira,
exquisita cicuta, amante espada.
Soneto XXV
de amor humano
Sencillo pedido a la Naturaleza para que, pudorosa, cubra ella su cadáver cuando finalmente haya el Poeta rendido su alma al dolor causado por el desamor de la amada.
Doblad, Soneto, lira y plectro míos
el dolor que me impone con su ausencia,
que si mata mi amor no me silencia,
aunque me inspire versos más sombríos:
“Nutríos de mis llantos, fuentes, ríos,
ahora que contáis con mi presencia,
consumirán en breve mi existencia,
y entonces nutrirán a los rocíos”
“Hondonadas desiertas y baldías,
inhóspitos solares olvidados,
desnudos pedregales, sauces flojos,
regiones espantosas y vacías
que cobijáis mis últimos cuidados,
ocultad estos próximos despojos”
Soneto XXVI
de abandono del amor humano, y albur de la tendencia hacia el amor divino
Esperanza del poeta de que, después de haber expirado como efecto de los dolores del amor, que le hicieron componer tantos versos tristes, al fin se reencuentre con la Fuente de toda belleza, y entonces nazcan de su corazón no ya cantos sombríos, sino plenos de belleza y contento.
Sonetos inconclusos y olvidados,
reflejo fiel de mi impotente lira,
truncos anhelos que la musa inspira,
para dejar después abandonados.
Rimada confesión de mis cuidados,
altura a la que el canto en vano aspira,
me entrego con mis versos a la pira,
incapaz de arrebatos más osados.
Siquiera el alma, huyendo de mi pecho,
entonces soplo tibio y sin cadenas,
con un murmullo de alas desplegadas,
de súbitas palomas liberadas,
deponiendo el acento del despecho
entone voces de belleza plenas.
Soneto XXVII
de acercamiento hacia el amor divino
Acerca de que la totalidad es la totalidad.
El rostro del amado y de la amada,
los fugaces murmullos de la espuma,
las finas estocadas de la pluma,
las páginas escritas con la espada;
el constante pulsar de la cascada,
el sólido basalto de la bruma,
el incienso, que queda y que se esfuma,
el lapso de la voz y la mirada;
no hay nada que persista o se consuma,
y todo dura todo y dura nada,
¡oh tiempo que ya olvidas, ya devoras,
con los siglos, los días y las horas!
Todo está presente, todo se ha ido,
uno son la memoria y el olvido.
Soneto XXVIII
de amor humano
El Poeta declara su contumaz consagración al amor, a pesar de las reconvenciones de los avisados ancianos y los experimentados peregrinos de vuelta de su odisea en pos del amor, incluso si luego, una vez vencido por el amor, se da cuenta demasiado tarde su yerro, ya del otro lado.
Efímera belleza de las flores,
cabelleras celestes de un instante,
lívido lampo, azul y fulminante:
no más que vos alientan los amores.
Y yo, con todo, busco los honores,
de poder con verdad llamarme amante,
dejad en la otra vida que me espante
de tan vanos afanes y labores.
Porque ahora no sé vivir sin ellos,
ni recelo futuros desengaños,
que tal no cuidan mis escasos años;
y mientras vivo, me parecen bellos,
y nadie me hace verlos sinrazones,
que no escuchan razón los corazones.
Soneto XXIX
de amor por el soneto
Acerca de que el Soneto domina a Poeta y éste no es sino un instrumento de la energía del primero, que quiere manifestarse a la luz.
Me concedió la noche otro soneto,
y creo que uno más me trae el día,
misteriosa y poética porfía
a la que desvelado me someto.
Ya he superado su primer cuarteto,
y no hay sueño en la pluma todavía,
pensé que en el segundo se dormía,
pero con este verso está completo.
No entiendo qué verdad quiere decirme;
en nada se detiene si la aprieto,
y sigue y sigue con su paso firme...
me parece una falta de respeto,
menos mal que es el último terceto,
y agotado, por fin puedo dormirme.
Soneto XXX
de amor por la pasión
De la razón del corazón, y de la sinrazón de la razón.
¿Por qué tienes razón, si no la tienes,
corazón que mi sinrazón produces?
pero con gran razón razón aduces,
si de este mal, razón son los desdenes.
Razonemos, para que al fin ordenes
este defecto de razón que induces;
apaguemos de amor las falsas luces,
y encendamos las luces de las sienes;
mas no, que sin razón te solicito
la ciega luz de la razón odiosa,
del corazón la falta de razones;
que pedir la razón es un delito,
y mejor que el amor no hay otra cosa...
te pido corazón que me perdones.
Soneto XXXI
de amor humano
Del amor como de un encantamiento, afín al de castillo de Atlante en el Orlando Furioso, pues aun gustado su sabor amargo, el alma pide volver a gustarlo, inmediatamente olvidada de su acritud no bien ha dejado de saborearlo.
Imaginé el amor como un ensueño,
enseguida gusté su desencanto,
afronté sus vaivenes con empeño,
comprobé el desengaño con espanto;
compuse mis sonetos entretanto,
robando tiempo y tramas de mi sueño,
parcelé con la métrica mi llanto,
más siervo de los versos que su dueño;
ensombrecí las cuencas de mis ojos,
llamé a la muerte en busca de cordura,
pude ver desde lejos mis despojos;
y aunque tuve de amor la sola cura,
volví a beber la copa del olvido,
y amar, vivir, nacer, de nuevo pido.
Soneto XXXII
de despedida del amor humano
Vanidad del mundo
Torres de humo, bóvedas de viento:
juguetes del futuro y de la muerte,
estatuas y palacios del aliento:
marionetas del tiempo y de la suerte;
frágiles actos, flaco pensamiento,
endeble voluntad, destino fuerte,
blanda pasión, escaso entendimiento,
deseada indiferencia, acción inerte;
molino destructor de la fortuna,
sólido pedestal de incertidumbre,
que plagia con sus cambios a la luna,
y humilla todo aquello que se encumbre...
no es el hombre en medio de esta nada
más que un cuerpo y un nombre, y otra nada.
Soneto XXXIII
de despedida del amor humano
Vanitas vanitatum, et omnia vanitas.
Acerca de la caducidad de todo
El mismo corazón de la montaña,
por bloques dividido en la cantera,
dispuesto para lápida postrera,
o recuerdo perenne de una hazaña,
ese pálido mármol nos engaña;
pero el agua, de bronces alfarera,
gota a gota desmiente la quimera
de que el tiempo los mármoles no daña,
y con cincel paciente nos enseña,
derriba nuestro orgullo, y nos advierte
que la muerte los mármoles desdeña,
y del hombre y sus méritos se adueña...
que en vano en la memoria su arte empeña,
y que el olvido seguirá a la muerte.
Soneto XXXIV
de amor humano
escena onírica
Ruedan mínimas lunas de tus ojos
y me eclipsan el sol de tu mirada,
entonces me parece que soy nada,
e intento devorar tus labios rojos;
me animo a confesar mis versos cojos,
tú sigues melancólica y callada...
te alejas de repente con mi espada:
cuando llego, tus miembros ya están flojos;
llueve sangre caliente de la herida,
y vomita al salir toda tu vida,
empapando mis manos, tu cintura...
me arrebata una súbita locura,
me rindo, me suicido, caigo muerto,
ya no soy, ya no existo, me despierto.
Soneto XXXV
de alejamiento del amor humano
El poeta se halla agobiado por la sensación de que, todo lo que es, será entregado a la omnipotencia del olvido, y reconviene al lector sobre el caso.
Te cubrirán las sombras poderosas
del tiempo, del azar, y del destino,
que en el ciego fluir de su camino
ni perdonan los templos, ni las rosas,
que imponen nuevos dioses a las cosas
con prolijo descuido y desatino,
palimpsesto perpetuo el pergamino
donde escriben con manos temblorosas...
¿qué esperas de los siglos, si la brisa,
besando el labio mudo con su soplo,
arrebata a la estatua su sonrisa
al servirse del polvo como escoplo?...
nada que hayas amado o conseguido
escapará del memorioso olvido.
Soneto XXXVI
de acercamiento al amor divino
Estupidez del hombre que pretende tener algún dominio sobre las fuerzas que rigen su vida.
Alcé mi brazo con la mano abierta
buscando apoderarme de la luna,
cegado por los cambios de fortuna
creí que de su arcano era la puerta;
por mi puño un instante fue cubierta:
ese instante mi puño fue la luna,
y al soñarme señor de la fortuna
vi mi vida feliz, fácil, y cierta;
pero al mirar mi codiciosa palma
sólo sentí el murmullo de la brisa
que la noche arrancaba de las hojas,
y el rumor de su burla y de su risa...
los ojos levanté y perdí la calma,
y volvieron a mi alma las congojas.
Soneto XXXVII
de búsqueda del amor divino
Acedia causada por una lluvia persistente.
Se despierta entre lágrimas el día,
y yo también llorando me levanto:
extraño azar de compartir el llanto,
hermética y arcana simetría;
pasa el tiempo y no amaina todavía,
alma y cielo redoblan su quebranto,
quizá nunca llover ni llorar tanto
se vio en humana o celestial porfía...
Este llorar que nutre mi desvelo
tiene causa mortal y fuente cierta
en una sed de sombras y de olvido
que borren el dolor de lo que he sido;
pero en su eternidad de causa incierta,
¿qué grises desengaños llora el cielo?
Soneto XXXVIII
de alejamiento del amor humano
Correspondencias entre el agua de cielo y la sangre del poeta. Del suicidio como lluvia de la melancolía
Con una voz serena y dilatada,
y cercana, y lejana, y susurrante,
y menguante, y creciente, y palpitante,
me despierta la lluvia desvelada;
A un tiempo en su llorar me dice nada,
y todo ese sutil significante:
con un suicidio tímido y constante,
sé que llora el ayer la madrugada;
en un eco fugaz del otro llanto
se desangra también el alma mía,
y acompaña al llover en su quebranto...
pero no es tan cabal la analogía,
ni sus lamentos se parecen tanto:
roja es mi sangre, y la lluvia fría.
Soneto XXXIX
de acercamiento hacia el amor divino
Indagación perpleja sobre las circunstancias que el destino tenga reservadas para el momento de expirar el Poeta. Dudas sobre el más allá.
¿En qué noche o crepúsculo lejano,
en qué oscura prisión, o cielo abierto,
perdido entre los sueños, o despierto,
olvidado o asido de una mano,
dejando en el ayer un mundo vano,
para ingresar también en uno incierto,
tendré la dicha de saberme muerto
y poder develar el gran arcano?
¿a qué horizonte llevaré mis pasos?
¿al fulgor, tal vez, de una luz sublime,
que me perdone todos mis fracasos
y me funda en el sol de su mirada?
¿o al olvido final que nos exime
del ser, y nos enfrenta con la nada?
Soneto XL
de amor divino
Panta rei?
Pasará el tiempo, y estos pedregales,
abrasados y huérfanos de río,
limados por el viento y el rocío,
serán playa de gránulos iguales,
y el mínimo cristal de los vitrales,
geométrico arrebol del sol tardío,
lágrimas llorará de un licor frío,
en las graves y etéreas catedrales;
se poblarán de selvas los desiertos,
las cumbres serán tumbas de los peces,
las cavernas se harán cielos abiertos,
se mudará la muda astronomía,
y el mar se agotará miles de veces,
pero nunca el amor, ni la poesía.
Soneto XLI
de amor divino
Tristeza ante la caducidad de la rosa. Consuelo por medio de la conciencia de nuestra propia caducidad.
Admirándola anoche entre mis manos
para ahogar en su marfil mi pena,
creí la blanca rosa luna llena,
cuando a mi sed abría sus arcanos;
hoy vuelvo, con los pájaros tempranos,
para ver otra vez la rosa plena,
y encuentro su cadáver en la arena
como un rocío de marfiles vanos,
corazón deshojado y esparcido,
plural despojo de mi rosa amada,
festín de terciopelo del olvido...
de la efímera rosa no te asombres,
que también de cenizas y de nada,
y de polvo y de sueño son los hombres.
Soneto XLII
de acercamiento al amor divino
Acerca de la incertidumbre del momento en que se halla la eternidad, porque autor y lector, indudablemente pasarán.
En este mismo instante cuando escribo
yo soy el que es, tú eres sólo un vago
sueño del futuro, quizá deshago
en el destino tácito el motivo
para el que servirías de objetivo...
o tal vez, cuando leas lo que hoy hago,
este soneto que al azar divago
sea entonces de mí lo único vivo...
¿en dónde está el presente, en mi escritura
febril de este soneto ya olvidado,
o en el futuro actual de tu lectura?
como en el Jano dual de la moneda,
nuestras manos, lector, ya son pasado,
y sólo el bronce de los versos queda.
Soneto XLIII
de acercamiento al amor divino
(sobre la empecinada misión del Poeta)
Como el reflujo de los mares lima
las rocas que se mudan en arena,
así pule los versos que encadena
con el alado bronce de la rima
el poeta que no se desanima,
sino que liba cantos de su pena,
alivia con la lira su cadena,
y a sus mudos dolores los sublima
en la fragua ancestral de la poesía,
con la maza febril de la palabra,
volviéndolo belleza o profecía,
sobre el yunque marcial de la cadencia;
como al divino herrero que nos labra,
nada quiebra su voz, ni la silencia.
Soneto XLIV
de amor divino
Al espejo nocturno
Se coloca mi máscara un instante
el eco sin palabras del espejo,
y en la penumbra, lívido y perplejo,
me inquieta con el viejo interrogante:
¿Cuál es el atrás, cuál el adelante,
quién es el reflejado, y quién reflejo
en tu pálida luna, hermano espejo?...
y un silencio dual logra que me espante.
Tal vez en un recóndito universo
cuyo reflejo es nuestro mundo vano,
al revés, siendo diestro, tergiverso
con argumento mágico y lejano
el espejismo de este mismo verso,
y ésta es la sombra de un soneto arcano.
Soneto XLV
de amor divino
Soneto al Alba
De pájaros tempranos y perplejos
que en contrapunto agudo y desbordante
son uno y muchos en el mismo instante,
de ladridos perdidos y a lo lejos,
de rumores lejanos y complejos
en pulular creciente y palpitante,
de rosa y azafrán en el levante,
del lento despertar de los espejos,
del soneto, variante del desvelo
y forma más sutil de sus abismos,
del momentáneo éxodo en el cielo,
y del oscuro sueño que nos salva
y nos exime de nosotros mismos,
fue forjado el espíritu del alba.
Soneto XLVI
de amor divino
Estado de desazón del Poeta cuando su alma no puede entender la finalidad del sufrimiento de la vida
¿En dónde quedará tanto desvelo,
tanto insomnio de silencioso llanto,
que no alcanza a cubrirse con el manto
de la noche, y ve aclararse el cielo?
¿en qué sublimará todo este anhelo,
hace tiempo habituado al desencanto,
cuando mi corazón, que hoy late tanto,
no sea más que un mustio terciopelo?
Primero será un lívido calambre
acicalado en un cajón de olvido,
y después el plural rumor del hambre,
que hará de mi cadáver corrompido
marioneta de tiesa carcajada,
hecha, no más que yo, de pura nada.
Soneto XLVII
de amor divino
acerca de la poesía como un elíxir fugaz
Nuevamente, Soneto, mis dolores
en tu crisol hermético sublima,
que en su alquimia tus versos y tu rima
fabriquen oro y luz de mis temores;
pero por más que mis quebrantos dores
con débil hoja de oro por encima,
desespero que el tiempo con su lima,
no desmienta tus falsos atanores.
En vano busco panacea al llanto,
si esencia es el dolor a cada cosa,
si centro al laberinto es el espanto,
y no amaina esta vida tormentosa;
pero el alma, Soneto, mientras tanto,
quiere beber tu momentánea rosa.
Soneto XLVIII
de amor divino
Zozobra del Poeta al sentir que todo entusiasmo, todo vigor, toda juventud, paran en el oscuro reposo sin respuesta.
Vertiente azul de cristalino manto,
de aguas hirvientes y de helada espuma,
dime por qué tan rápido se esfuma
tu leve nieve, tu irisado canto;
que no deja de producirme espanto
que el tiempo nos engendre y nos consuma,
y todo lo que escribe con su pluma
lo borre con el codo mientras tanto.
Yo también fui fantástica cascada,
incesante fluir, delirio puro,
entusiasmo indomable y alma alada;
pero igual que tu risa al fin reposa
y de vertiente muda a estanque oscuro,
ya no soy más que un agua tenebrosa.
Soneto XLIX
de amor humano
Apresuramiento del amante desesperado al juzgar sobre lo que por él sentía su amada y su obrar al respecto.
“Eco veloz, que mi penar esquivo
finges llanto del monte y la quebrada,
revela a los oídos de mi amada,
que sin ella ni muerto estoy, ni vivo”
“Nómade cristal, río fugitivo,
las lágrimas ardientes de mi espada,*
en tu seno de espuma y agua helada
hazlas llegar hasta su seno altivo”
“Una vez que abandone estos despojos,
mudado en larva pálida y nocturna
de un indecible espanto la haré esclava”
dijo, y rindió el alma taciturna,
pero antes de morir alzó los ojos
y tarde ya, vio que ella se acercaba.
Soneto L
de amor humano
Aurea mediocritas en el amor no correspondido
Si de mis ojos, lágrimas serenas,
un dulce manantial hacéis torrente,
al huir presurosas vuestra fuente
callaréis en el mar todas mis penas.
No publiquéis entonces las cadenas
que porto condenado y penitente,
que si herido su amor el alma siente,
no pretende juzgar culpas ajenas.
Prefiere el abandono y el destierro,
la selva oscura, la caverna umbría,
espejos de mi vida y de mi suerte;
demasiado cobarde para el hierro,
para el ruego orgulloso en demasía,
con el cansancio llamaré a la muerte.
Soneto LI
de amor divino
De la peregrinación y vicisitudes del Amante de la Belleza
Belleza alada, eterna, y verdadera,
que el hombre nunca ve, pero presiente,
en vano fue el buscarte con la mente
y la razón, que no hay mayor quimera.
Solamente entregando el alma entera
en búsqueda sagrada y permanente,
pudo ascender mi amor hasta tu fuente,
y lograr que yo al fin te comprendiera.
Mis ojos de tus raros esplendores,
de tus esferas diáfanas testigos,
nuncio yo de tu luz y tu pureza,
regreso a las regiones inferiores,
y aunque aquí se me paga con castigos
y con burlas, predico tu grandeza.
Soneto LII
de amor divino
De la peregrinación y vicisitudes del Amante de la Belleza (versión 2)
Belleza alada, eterna, y verdadera,
de todo lo creado fin y fuente,
en vano fue el buscarte con la mente
y la razón, que no hay mayor quimera.
Solamente entregando el alma entera
en búsqueda sagrada y permanente,
el amor, que no ve, pero que siente,
pudo guiarme a tu divina esfera.
Mis ojos de tus raros esplendores,
de tus arcanos diáfanos testigos,
nuncio yo de tu luz y tu pureza,
regreso a las regiones inferiores,
y aunque aquí se me paga con castigos
y con burlas, predico tu grandeza.
Soneto LIII
de amor divino
Devaneos del Poeta acerca de si el camino debe ser por lo pasional, o por lo racional. Al final, corta por lo sano el nudo gordiano y se decide.
No hay refugio, descanso, ni morada,
donde agoten mis dudas su extravío:
si la razón cultivo, me desvío,
y también si hago al alma apasionada;
así estoy confundido, que no hay nada
que me guíe, ni hay faro a mi navío,
se exige al corazón que abrigue frío,
y a la razón que sufra, enamorada.
Si de su natural arder debiera,
no fuera el pensamiento tan helado;
si esencia fuera nieve a las pasiones,
no hicieran del espíritu una hoguera,
pero si he de morir, lo haré abrasado,
te suplico razón que me perdones.
Soneto LIV
de amor divino
De la belleza alada y fugitiva, que el Poeta querría como a la Niké Apteros, más estable y menos huidiza.
Belleza, sol ardiente y leve estrella,
pues sólo de soslayo puedo verte,
si a tu fuente iré luego de la muerte,
la misma muerte me parece bella.
Que en esta vida efímera es tu huella,
y encontrarte es seguro de perderte,
y aun el que logró esa rara suerte
no te vio por más tiempo que a centella.
Belleza, dónde estás, que ya me huyes
cuando intento ascender hasta tu esfera,
ya vienes a mi encuentro y me destruyes
cuando empiezo a creerte una quimera;
yo te quisiera diáfana y sagrada,
y prístina y sutil, pero no alada.
Soneto LV
de amor divino
De la belleza alada y fugitiva, que el Poeta querría como a la Niké Apteros, más estable y menos huidiza (versión 2)
Belleza, sol ardiente y leve estrella,
pues sólo de soslayo puedo verte,
si a tu fuente iré luego de la muerte,
la misma muerte me parece bella.
Que en esta vida efímera es tu huella,
y encontrarte es seguro de perderte,
y aun el que logró esa rara suerte
no te vio por más tiempo que a centella.
Belleza, dónde estás, que ya me huyes
cuando intento ascender a tu morada,
ya vienes, me arrebatas, y destruyes,
cuando empiezo a creerte una quimera;
prístina y sutil, diáfana y sagrada
te quiero, mas sin alas te quisiera.
Soneto LVI
de amor divino
De que risa y llanto son el punto donde la cinta de Moebius de la belleza del mundo gira sobre sí misma.
Belleza que en el alma te me asientas
y me alumbras la noche de mi mente,
Belleza que te elevas y que aumentas
al punto de que casi a Dios se siente;
Belleza que en el mundo te presentas,
y de poco en el mundo estás ausente,
brisa en la calma y furia en las tormentas,
paz del estanque, risa de la fuente;
ya me duele en el alma tu contento,
y es dolor y placer esto que adoro,
que me arrebata el alma, y no me avisa,
y lloro por la luz y por el viento,
por las estrellas y los bosques lloro,
porque ya no me alcanza con la risa.
Soneto LVII
mitológico
Pigmalión
“Mármol su cuello, mármol su cintura,
sus ojos y sus manos mármol ciego,
sordo mármol su oído ante mi ruego,
mármol su corazón con mi tortura”
“Mármol su frente y su mirada dura,
mármol frío su pecho ante mi fuego,
mármol sus labios, aunque no despego
de ese mármol mi boca y mi locura”
“Y siento tan agudo este castigo,
y me consume una pasión tan fatua,
que si no tengo a su pasión derecho,
al menos de mi fin será testigo”
lloraba Pigmalión ante la estatua,
y el cincel apoyaba sobre el pecho.
Soneto LVIII
mitológico
Dafne
Perdida en la recóndita espesura,
palpitante bajo insensible manto,
se ha vuelto fronda su pasado encanto,
su delicada tez, corteza dura,
ciega su vida, estéril su ternura,
susurros sus lamentos y su llanto,
mudo y eterno el grito de su espanto,
fijado en una muerte de locura.
Oblicuas ya las sombras, muere el día,
y aunque el viento la mece, ella lo ignora,
callada, y para siempre agonizante...
Si pudiera volver atrás la hora
en lugar de escapar, no evitaría
entregarse a los brazos de su amante.
Soneto LIX
mitológico-melancólico
Asterión
Confinado entre límites fatales,
ardua prisión, plural arquitectura,
ignorante del viento en los trigales,
del mar y la fantástica llanura;
privado del torrente que se apura
y se rompe en magníficos caudales,
sólo frutos del sueño y la locura
entre sendas y pórticos iguales,
al cielo parcelado da un mugido,
vagando por los patios incontables,
mientras tiende las manos a la luna;
y no deja caer en el olvido
ni la noche de lágrimas culpables,
ni los besos fugaces, en su cuna.
Soneto LX
mitológico
Orfeo y Eurídice
En el final de la fatal caverna,
incrédulos aún de su regreso,
en éxtasis el alma, el cuerpo ileso,
ilumina sus pasos la linterna.
Un amor inefable los consterna:
él piensa en el desesperado ingreso,
ella en la serpiente... pero el acceso
ya los devuelve hacia la luz externa.
Él se envanece del triunfal suceso
y ríe su felicidad eterna;
un impulso de pronto lo gobierna,
y si en sus ojos se halla el sol impreso,
sólo ha tocado de su amor la pierna:
se vuelve Orfeo, codiciando un beso.
Soneto LXI
mitológico
Criseida o En la Costa de Ténedos
Plata en la frente, noche en la mirada,
en el semblante silencioso río,
otoño en el espíritu vacío,
invierno en la mejilla delicada.
Los ojos están fijos en la nada,
el corazón, en ciego desvarío:
en vano espera al rey y su navío,
pues él ha sido presa de la espada,
estéril el oráculo prudente,
cuando lanzó sus redes la lujuria,
y la sangre llovió sobre la alfombra;
y aunque la anciana siempre fue paciente,
al fin vence su cuerpo la penuria,
y muy pronto también será una sombra.
Soneto LXII
mitológico
Narciso o El Perdón de Aminias
Un frío lago de envidiosa plata,
inmutable y eterno en su ser puro,
desafiaba la voz del Sabio Oscuro,
y aspiraba a los versos del Eleata.
Jadeante por la sed que lo arrebata,
llega un joven, creyéndolo seguro,
ignorante de su fatal futuro
si en su cristal el lago lo retrata.
Hermoso como un dios, en él se inclina,
y al tocar con sus labios el espejo,
ve un rostro que al instante lo fascina.
Pero Aminias, piadoso, vierte el llanto,
y al perdonarlo, rompe aquel reflejo,
liberando a su amado del encanto.
Soneto LXIII
mitológico
Ariadna abandonada
Yacen flojos sus miembros en la arena,
sol, sal y sueño besan su semblante,
con diadema indecisa y palpitante
la espuma sus cabellos desordena,
cuando a la frente pálida y serena
corona alguna vez de alga danzante;
sin toro o laberinto que la espante,
ajena al miedo, y al dolor ajena.
Atrás el paso lento y anhelante,
el ovillo vibrante y agotado,
los umbrales y el túnel opresivo,
la espera y la demora del amado.
Ignora que su horror será más vivo,
distante el padre, y el amor distante.
Soneto LXIV
acerca de Roma y de Cartago como ciertos arquetipos
Castigada por el destino aciago,
maldita por la voz de los augures,
aniquilada a fuerza de segures,
de sal, de hierro y fuego, y del estrago
que sólo nos dejó tu nombre vago,
en mis versos te pido que perdures,
a despecho de Roma y sus lemures
¡oh púrpura y marítima Cartago!
pero aunque resucite tu memoria
como un mármol decrépito y partido,
con todo, no podré cambiar la historia
ni la lengua que el tiempo ha erigido,
donde Roma es el nombre para gloria,
y Cartago es el nombre para olvido.
Soneto LXV
¿Flor de verdad o flor de letras?
Perdida entre la hierba y otras flores
que en vano le ofrecían compañía,
una flor poco a poco se moría,
requerida de falsos picaflores.
Así en un mundo lleno de colores
que sin color a todos los fingía,
de noche, aunque a plena luz del día,
esperaba esporádicos lectores.
Al fin se hizo papel, por más que hubiera
preferido por féretro un florero,
un pobre ojal, alguna cabellera,
o aquel mismo lugar donde crecía
antes que este poeta chapucero
la entregase a su libro de poesía.
Soneto LXVI
de amor divino
Definición de esperanza por sus manifestaciones
Definir la esperanza es cosa dura,
mas de lograrlo tengo la esperanza,
porque el más alto sueño al fin se alcanza
si esperanza en su búsqueda perdura.
El manantial que surge y que se apura,
y aunque corre entre escollos siempre avanza,
la fruta que con íntima pujanza
bajo climas inhóspitos madura.
El templo en el soñar del peregrino,
cuando aún no despunta la jornada
y lo espera entre sombras el camino.
El súbito trinar que funda el día
y transmuta a la noche en madrugada...
así dice “esperanza” la poesía.
Soneto LXVII
de amor divino
Intercambiabilidad entre la esperanza y la poesía mediante el gozne de la palabra.
Inagotable fuente de los prados
interiores del alma florecida,
divina fénix que en el pecho anida,
despreciando al destino y a los hados.
Verdor viviente en los bosques sagrados
del espíritu, savia de la vida,
néctar que el cielo a todos nos convida,
mas beben unos pocos iniciados.
Así en mis versos déjame cantarte,
sacra Esperanza, hija de Utopía,
hermana de la Fe y de la Pujanza,
manantial de los Sueños y del Arte,
que poesía es palabra hecha esperanza,
y esperanza es palabra hecha poesía.
Soneto LXVIII
de amor divino
Acerca del ingrediente secreto para la crisopeia
En este laberinto de la vida
sin límites ni centro o senda clara,
no podemos saber qué nos depara
el destino, qué golpe o nueva herida
nos hará anhelar esa salida
que al fin del laberinto nos separa,
y dudar si hay un dios que nos ampara,
o más bien nos desprecia y nos olvida.
Pero aunque arrastra plomo el peregrino,
lo consumen los fríos y los soles,
y es fértil en espinas su camino,
si proyecta esperanza en sus crisoles,
obtendrá, la milésima mañana,
elíxir, alas de oro, y rosa arcana.
Soneto LXIX
de amor divino
La omnipotente pero humilde demiurgia del hombre
Yo quisiera poder labrarte en viento,
en luz diáfana, en río, en bosque oscuro,
modelarte, Soneto, no en aliento
ni palabras, sino en soneto puro;
darte la eternidad del mármol duro,
y la frágil espuma del momento,
librarte del pasado y del futuro,
y así forjarte intemporal portento;
hacerte de silencios infinitos,
de cóncavo sentir que no se nombre,
y no de pobres símbolos escritos;
pero este poetastro que te labra
(perdóname, Soneto, soy un hombre)
sólo puede parirte en su palabra.
Soneto LXX
de amor divino
A Miguel Ángel
Acerca del soneto como un ser que el poeta descubre, no crea; exhuma, no construye.
El soneto preexiste a su poeta
y en toda cosa bella está presente,
como larva esotérica y latente,
como esencia recóndita y secreta.
Cuando al fin aparece aquel profeta
para quien la belleza es evidente,
una vez que ha bebido de su fuente
con aladas palabras lo concreta.
Así labra en la música del verso
el oculto principio y la armonía,
el ritmo y la medida misteriosa
que laten en el ser del universo,
y el soneto, que tácito dormía,
despierta sublimado en mariposa.
Soneto LXXI
Mitológico (a Juan de Arguijo)
Jacinto
De aliento el plectro y de árboles la lira,
el Céfiro entreteje sus congojas,
y al verter su canción entre las hojas
reconoce la culpa que suspira.
A lo lejos, Jacinto casi expira,
fugándose su vida en gotas rojas,
y después de palpar con manos flojas
el rostro de su dios, ya no respira.
Apolo llora lágrimas de oro
que besan con su luz al bien perdido,
constelando su frente de diamantes,
y dice, arrebatándolo al olvido:
“al menos este amor que en vano lloro
se vuelva flor de pétalos sangrantes.”
Soneto LXXII
de amor divino
Acerca de la energía arquetípica del Soneto, existente incluso sin tema que lo traiga a la existencia.
No tengo qué cantar, pero el Soneto
invade los recintos de mi mente,
me asalta con la fuerza de un torrente,
me arrebata de noche, y en secreto.
Rendido y de sus númenes objeto,
subyugado sabiéndome su puente,
dejo que fluya esa tremenda fuente,
no opongo resistencia, y me someto.
Una vez que ha vertido sus caudales
por el cauce del ritmo y la cadencia
y a través de mis versos se ha calmado,
disminuye sus ímpetus bestiales,
repliega sus corrientes, agotado,
y volviendo a la sombra, se silencia.
Soneto LXXIII
de amor divino
Alquimia del Soneto
Se parte al fin la vida destrozada,
sin fuerzas el espíritu deshecho,
y rendido e inútil en el pecho
el corazón no es corazón, es nada.
Todo anhelo del alma ilusionada
murió sin prosperar, insatisfecho,
como la flor que muere sin provecho,
aún no florecida, y ya tronchada.
Pero en medio de tanto y tanto llanto
empiezo a comprender, de mi existencia
y su dolor, el místico secreto:
con la alquimia del verso y su cadencia,
del sufrir debo hacer nacer el canto,
y proyectar el oro del soneto.
Soneto LXXIV
de amor divino
Inmortalidad del alma más allá de los dolores y los miedos
Urdan vastas, magníficas labores
los dioses en la trama de mi vida,
volviéndola una tela enriquecida
e historiada de crueles esplendores.
Borden quebrantos, lágrimas y horrores
dando en cada puntada nueva herida,
mas no conseguirán que yo les pida
alejar sus telares de dolores.
Después de labrar tanta desventura,
despiadados destrocen con el filo
de sus dientes la vida que no lloro,
pues soporto en silencio mi tortura,
que aunque suya es la urdimbre es mío el hilo,
es mi ser, es mi alma, y es de oro.
Soneto LXXV
¿Qué fue antes, el poeta o su soneto?...
Antigua como el tiempo en la cantera
duerme oculta y latente la escultura,
y en su pálido sueño siempre espera
al artista que intuye su figura
y del mármol superfluo la libera.
Así también, Soneto, tu estructura,
del mármol del silencio prisionera,
desespera el cincel de la escritura.
Mas, ¿qué será de ti si no hay poeta
que te libre del mudo mausoleo
de la nada, y al ritmo te someta?...
Dormirás obsoleto e impreciso,
como cítara huérfana de Orfeo,
como espejo sediento de Narciso.
Soneto LXXVI
De este soneto como dictaminador de nuestros destinos
Ignoro si del agua de mi vida
agota este soneto los caudales,
y menguando mis ímpetus vitales
en el último verso los liquida.
Pero sin importar lo que decida
el rigor del azar en los fatales
designios que no alcanzan los mortales,
puliré su cadencia, aunque homicida.
También tú, que lo lees y en secreto
consideras que tu alma está salvada,
(pero un instante emerges del olvido
y de los ciegos mares de la nada)
quizá para arribar a este soneto
y ya después morir, sólo has nacido.
Soneto LXXVII
de amor divino
Epitafio de un Sonetista
Sólo lloro del hecho de mi muerte,
el no poder ya más hacer poesía,
en cuanto a lo demás, con alegría
acepto el cumplimiento de esa suerte.
Tal es el sentimiento ante el perderte,
¡oh mundo de pesares y agonía!
que antes bien el momento en que nacía
y no este en que muero, llamo muerte.
Callarán para siempre mis sonetos,
unos pocos, dispersos y olvidados,
otros nunca paridos y secretos...
¡pero no!, que estarán en mi memoria,
y aunque en el mundo fueron despreciados,
tal vez en otro mundo me den gloria.
Soneto LXXVIII
Al Monserrat
Si en mis noches, Colegio, se aparece
amargo el desaliento perturbando
todo afán, vuelvo el tiempo atrás, y cuando
vuelvo, mi corazón rejuvenece.
Entonces todavía me parece
oír al alba tu ciprés rezando,
y tu palmera ver aún danzando
al ritmo de la brisa que la mece.
Ya al recuerdo mi espíritu encendido,
remonta el tiempo hasta la dulce fuente
de lo eterno, lo mítico y sagrado,
donde no hay muerte, devenir, ni olvido;
y en ese áureo centro entiende y siente
que su luz eres tú, colegio amado.
Soneto LXXIX
Paracelso
Alambiques, retortas y atanores
cubre el polvo y devora la penumbra
del oscuro salón que sólo alumbra
un fuego de inquietantes resplandores.
Ya no emprende la búsqueda de honores
ni el oropel del oro lo deslumbra,
y meditando ante el hogar vislumbra
cómo el fuego consume algunas flores
que al acaso ha cortado en una fosa.
Luego recoge un poco de ceniza
y usando de crisol el pensamiento,
sin verla, en su otra mano la desliza;
entonces, por alquímico portento,
la ceniza renace en una rosa.
Soneto LXXX
Heráclito
Sé que el ritmo de todo el universo
y la clara armonía de las cosas
se ocultan tras las máscaras tortuosas
de lo oscuro, lo opuesto y lo diverso.
Todo consta de anverso y de reverso,
y uno son las espinas y las rosas,
uno solo los dioses y las diosas,
y el silencio y la música del verso.
Tensada por contrarios sé que vibra
la cuerda en la que el ser se manifiesta
y en un combate armónico equilibra
cada cosa enfrentándola a su opuesta;
mas la nada entre un polo y otro polo
se hace amor en el todo de uno solo.
Soneto LXXXI
de amor divino
Consuelo a la Brevedad de la Rosa
Al verla de su gloria en la alta cumbre
manda el tiempo a la rosa que decline,
y en su dictamen cruel así define
la médula voraz de su costumbre.
Pero aunque el tiempo en su cenit la encumbre
sólo por ver que en su nadir termine,
no me podrá impedir que le destine
algún verso al ocaso de su lumbre:
“¿Qué fin tiene tu vida, leve rosa,
lampo rosáceo, púrpura cometa
de efímera pasión, de breve suerte?...
mas consuélate al menos, ya que hermosa
(con voz también mortal) este poeta
canta tu vida y llora ante tu muerte.”
Soneto LXXXII
de amor divino
De cierto proceso alquímico de destilación a través de la composición del soneto
Hay cosas inefables y secretas
vedadas al común de los mortales,
que sólo alcanza en ecos fantasmales
la voz oracular de los poetas.
En su atanor alquímico de ascetas
descienden a las simas abismales
y ascienden a los coros celestiales,
sublimando su lengua de profetas.
Visitadas las lúgubres mansiones,
domados los indómitos cerberos,
bebida con los dioses la ambrosía,
divinales ya entonan sus canciones,
sus acentos deslumbran por certeros,
y su voz está libre de falsía.
Soneto LXXXIII
de amor humano
Impotencia de toda la astronomía ante la fuerza del amor
(L’amor che mueve il sole e l’ altre stelle)
Ya siento que dispones tus esferas,
cielo mezquino, máquina de espanto,
para poder mudar mi risa en llanto
y resolver mis sueños en quimeras.
Lo sé porque pasé noches enteras
observando tu constelado manto,
y vi que en él bordaban mi quebranto
con su curso tus cósmicas lumbreras.
Mas desprecio la acción de tus planetas,
tus fuegos de artificio no me afligen,
y tu vano conato estimo en nada,
pues anulan tu influjo dos cometas
(únicos astros que mi vida rigen)
al brillar en el rostro de mi amada.
Soneto LXXXIV
de amor divino
Cómo es que el poeta doblega la muerte y triunfa del mundo.
Aunque este verso ruede con el viento,
y éste muera nutriendo alguna planta,
aunque el mar trague a éste en su garganta,
y éste sea de hogueras alimento,
y todos del olvido monumento,
al poeta esa suerte no lo espanta,
ni vencido enmudece y ya no canta,
sino que fortalece más su acento,
y alzando, prometeica, su osadía
que se mofa del tiempo y del destino
y al monstruo del olvido desafía,
evidencia su espíritu divino;
es por cantar con voz aún más fuerte
que al olvido doblega, y a la muerte.
Soneto LXXXV
(satírico, compuesto por el despecho que me produjo ver cómo cierta persona recibía honores siendo -o pareciéndome a mí- soberbio, mientras que yo era olvidado, a pesar de ser -o creyendo serlo- humilde).
A: Mi Estimada Compañera De Delicias,
que vio en ridículas sandeces torpes
espejismos de virtud e inteligencia.
Guiada por la ciega complacencia
que fascina razón y corazones,
obnubiló tu mente la apariencia
lanzándote su red de adulaciones.
Cautiva entre espejismos de excelencia,
hallas prudencia en huecas opiniones,
asocias elegancia e inteligencia,
y en el poco saber ves grandes dones.
No te quejes después, si desengaña
tu afán el oropel que hoy, vano, brilla
con la capa mezquina en que se baña
de fingida virtud, de falso aplomo,
que si oropel con oro se maquilla,
delata al poco tiempo alma de plomo.
Soneto LXXXVI
A la fuente de Bandusia,
(Horacio, Oda III, 13)
He venido hacia ti, sagrada fuente,
con dulce sed de ceremonia y rito,
porque siempre en tu linfa resucito
la paz del ser, la calma de la mente.
He venido hacia ti porque eres puente
que cruza el mundo efímero y finito,
y me eleva, si audaz lo solicito,
al mundo de lo eterno y permanente.
Pudiera yo retribuir el mito
que tu canto inefable me concede
hexámetro poniendo a su infinito...
mas ¿cómo hacer tal cosa un hombre puede,
si queriendo plasmarte en verso escrito,
o muere tu cantar, o el verso cede?
Soneto LXXXVII
de amor divino
De la imprevisibilidad de los arrebatos místicos hacia la belleza
Cautivo de mi mente en la caverna,
(matriz de sombra dulce y uterina)
creciendo poco a poco me ilumina
el fulgor de una luz suave y materna.
Cuando ya, poderosa, me gobierna
hecha esfera viviente y cristalina,
en su seno de fuego me fulmina
y me disuelve en su armonía eterna.
Entonces, con afán de mariposa
que enamorada desmayar pretende
entre las lenguas de su amante flama,
a su primer morada el alma asciende,
en el seno divino al fin reposa,
y la fuente del ser comprende y ama.
Soneto LXXXVIII
De amor divino
Juramento del Poeta de realizar su misión, y vaticinio del premio que recibirá por ello.
Haré poesía el crudo sufrimiento
que hiela el corazón con su nevada,
y el incendio del alma apasionada
que se abrasa en el mar del sentimiento.
Haré poesía el mudo pensamiento
que interroga la noche constelada,
e indaga si fue un dios o fue la nada
el origen del vasto firmamento.
Haré poesía todo lo que siento,
y aunque de la poesía haga mi muerte
incluso de la muerte haré poesía,
y cuando llegue ese fatal momento
y la muerte me robe a la poesía,
la poesía me robará a la muerte.
Soneto LXXXIX
de amor divino
A la eternidad de la poesía
(Horacio, III, 30)
Aere perennius
Que mármoles más firme un monumento,
que obeliscos más alto he construido,
faraónico triunfo ante el olvido,
para dioses y héroes digno asiento.
Indemne ante las lluvias y ante el viento
su olímpico baluarte establecido,
cincelados sus muros en sonido,
y en perennes ideas su cimiento.
Viviré eternamente en sus alturas
cual águila real en alto nido,
y oteando alguna vez desde mi cumbre
veré de otros las obras mal seguras
hundirse devoradas por la herrumbre
que, en su piedad, les impondrá el olvido.
Soneto XC
de amor divino
La transfiguración (con final icario)
Si al éter me arrebata en aura leve
de un cisne la purpúrea travesía,
y extasiada mi alma se confía
a su plumaje de cristal y nieve,
si las musas permiten que me eleve
y bebo de sus fuentes ambrosía,
porque sé con el don de la poesía
hacer perenne lo mortal y breve,
si de la misma eternidad se adueña
cuando canto, mi espíritu un momento,
¿qué me importa si luego se despeña?
Dulce es gozar la gloria de la cumbre
y del vuelo el efímero portento,
aunque después caer sea costumbre.
Soneto XCI
de amor divino
La Apoteosis del Poeta
Si al éter me arrebata en aura leve
de un cisne la purpúrea travesía,
y extasiada mi alma se confía
a su plumaje de cristal y nieve,
si los dioses permiten que me eleve
y beba entre sus risas ambrosía,
es que sé con el don de la poesía
hacer perenne lo mortal y breve.
El templo de mis versos atesora
y del incierto devenir exime
lo que no robará, fugaz, la hora,
ni encanecer jamás podrá el invierno,
nuncio yo de lo bello y lo sublime,
y sumo sacerdote de lo eterno.
Soneto XCII
de amor divino
Acerca del poeta como cisne pindárico y abeja horaciana
Ímpetu ciego es el poeta un día,
bestial y dionisíaca locura;
torrente que sin freno se apresura
volcando sus caudales de poesía.
Al siguiente, es dorada medianía,
suave decoro y délfica mesura,
manantial majestuoso de agua pura
que fluye por senderos de armonía.
Unas veces al cielo, audaz, se aleja,
como el cisne purpúreo y desbocado,
y otras veces planea humildemente
como la parda y minuciosa abeja…
(pero siempre su canto traza un puente
al mundo de lo eterno y lo sagrado).
Soneto XCIII
de amor divino
Soneto al arquetipo de la Rosa
(a mi Madre)
La rosa es sin porqué, florece porque florece;
no cuida de ella misma, no pregunta si se la ve.
(Angelus Silesius)
No a la rosa que nace, no a la rosa
que ostenta en el jardín su lozanía,
no a la rosa que enfrenta su agonía
y es en mis manos una simple cosa…
no a la rosa que en sueños, tenebrosa,
empobrecida, fantasmal y fría
ensaya nuestra vana fantasía,
cantar quiero, sino a la misma Rosa.
A la Rosa ideal, que un solo instante
el espíritu alcanza, y pierde luego,
como efímera y ciega mariposa.
A la secreta, inmóvil y constante
rosa sin tiempo, hecha de luz y fuego,
al eterno arquetipo de la rosa.
Comentario al Soneto al arquetipo de la Rosa
Mi rosa es mi madre. Ahora entiendo que ella es el anhelo de mi amor, el amor que me dio la Fuente de todo amor, Dios. Debo haber recorrido mil mundos para estar en compañía de ese ser que en esta encarnación es mi madre, y sé que si Dios así lo quiere, eternamente estaré a su lado y que juntos subiremos a Dios, cuando Él nos llame y nos fundiremos en la Eternidad con Él. ¿Qué importa cuánto tiempo estemos separados si en la eternidad estaremos unidos?... He encarnado para estar con mi madre, porque en ella brilla a mis ojos la luz más pura.
Escucho siempre su frase más bella: “el amor más hermoso es darse sin esperar nada a cambio”, y me sorprende su igualdad con la frase de Angelus Silesius que coloqué como epígrafe a mi soneto. Esa, a mi entender, es la frase más hermosa que ha dicho mi madre en su vida. Yo entiendo que es así, y que ella, al ser así, demuestra que siempre mi alma ha estado enamorada de su alma, desde que fuimos creados.
Agradezco a Dios mi eternidad gozosa, que es estar al lado de mi madre. Ella es mi rosa.
Soneto XCIV
de amor divino
A una gaviota muerta, inspirada por la melancolía de Venecia
En el blando vaivén del agua helada,
un poco deshojada, un poco rota,
para siempre del cielo desterrada
danza muerta y helada una gaviota.
Como un trozo de nada en otra nada
su cuerpo sobrenada y mudo flota,
melancólica flor abandonada
que en el lánguido oleaje mustia brota.
Nube intrépida fue, que en raudo vuelo
aró el viento y surcó las auras suaves,
en su palacio azul de vastas salas…
hoy sólo es lenta espuma, y blando suelo
revuelven, cual oscuros remos graves
sin rumbo ni timón, sus muertas alas.
Soneto XCV
A algún rito oscuro, medieval y perdido
No pudo cronicarte el manuscrito
ni atraparte en su texto la escritura,
escapaste a la estricta miniatura
y libre permanece tu infinito.
No te podrá encontrar el erudito
en el frío rigor de su lectura,
y virgen tu secreto aún perdura,
¡oh, antiguo, oscuro y misterioso rito!
Salvaje merodeas todavía
en el rumor del bosque silencioso,
y así quiere sentirte mi poesía.
Yo te leo en los árboles y el viento,
en las grutas y el río tenebroso,
y a través de los siglos te presiento.
Soneto XCVI
mitológico
A Faetón y a Sor Juana
Arduo en su afán y firme en su locura
impar anhelo coronar pretende,
y más montado en su osadía asciende
que en el carro, del éter a la altura.
Cuando por fin domina la luz pura,
y de un polo a otro polo el día esplende,
lo abrasa con el rayo en que se enciende
la envidia enmascarada en la cordura.
Se precipitan ya del claro cielo
y en su abismo devora el agua oscura
caballos, carro, auriga, luz y anhelo…
Mas eclipsar en vano tu memoria,
tienta el olvido, o sofocar procura
pues osaste, Faetón, tu inmensa gloria.
Soneto XCVII
de amor divino
La divina insolencia del Poeta
La eternidad se nutre en mi poesía,
sus eones mi voz rejuvenece,
el infinito en mis palabras crece
y mi cantar su infinitud amplía.
Al ritmo de mis versos la armonía
la música del cosmos establece,
y la misma belleza se embellece
cuando su danza por mis pasos guía.
Sutil y alado, diáfano y sagrado,
en el cenit del ser mi canto admiro,
y el coro de los mundos lo interpreta.
De galaxias y abismos coronado,
reclamado a ser dios por ser poeta,
néctar bebo, icor sangro, éter respiro.
Soneto XCVIII
de amor divino
De la búsqueda del Arquetipo del Soneto
Busco un soneto de silencio puro,
infinito en su ser no proferido,
forjado con el hielo del olvido
y esculpido en la niebla del futuro.
Busco un soneto hecho de luz y oscuro,
caos tácito y cósmico vagido,
canto sublime, pánico alarido,
amalgama de santo y de perjuro.
Busco el soneto prístino y secreto
que subyace latente en lo profundo
del ser, y nunca se ha manifestado.
Busco el mismo arquetipo del soneto,
el que nunca podré traer al mundo,
el que sé que jamás me será dado.
Soneto XCIX
de amor divino
Transfiguración en el Adam Kadmón
Un súbito plumón de alta blancura
divino despuntar en mí ya siento,
crecer en alas y entregarse al viento
en busca de los cielos y su altura.
Y un torrente ya siento de agua pura
surgir del pecho en éxtasis violento,
pretendiendo elevar al firmamento
el diáfano fervor de su frescura.
Así en pájaro y río transformado,
me rapta una vorágine ascendente
hasta el origen de las cosas bellas,
del ser y del amor hasta la fuente;
y en este nuevo y más sutil estado
mar hallo el cielo y nido las estrellas.
Soneto C
(satírico, a un petimetre que en su miopía, pretendía llegar a saberlo todo)
Todo quiere saber tu ingenuo anhelo,
y a todos superar tu desmesura,
mil libros te devoras sin hartura
y en ninguna otra meta pones celo.
Yo te quiero advertir, porque recelo
que muy pronto tu mal no tendrá cura:
sin freno tu carrera se apresura
y obtendrás sólo el titulo de lelo.
Y a tu afán, que al saber volar procura
con alas que fraguó de blanda cera,
en exceso su luz le será fuerte;
Tu miopía se agravará en ceguera,
tu ceguera se volverá locura,
y tu locura parará en tu muerte.
Soneto CI
de amor divino
Del fuerte estado melancólico
Quiero verter el néctar del olvido
y la dulce ambrosía de la nada
en el cuenco del alma, que agotada
quiere huir lo que es y lo que ha sido.
Venga la muerte tibia, y en su nido
construyan mis anhelos su morada,
que feliz la recibo en su llegada,
y feliz de este mundo me despido.
Superar quiero, vida, tu desierto,
tantálico escenario en que nos tientas
con frutos que resultan espejismos.
Abrazar busco el silencioso puerto
al mar del ser, espléndido en tormentas,
fértil en sombras, pródigo en abismos.
Soneto CII
De amor divino
a Borges
¿Qué mitos, qué remotas teogonías,
labradas con metáforas lejanas
redimen el dolor de mis mañanas,
de mis tardes, mis noches y mis días?
¿Qué fe, qué ciencia, qué filosofías
en sus castillos de palabras vanas,
justifican mis lágrimas tempranas,
mis quebrantos y mis melancolías?
¿Qué cábala, qué formula o guarismo
trazado por un dios senil y oscuro
con un poco de cielo y más de abismo
la esencia de mi ser abre y descifra?
no lo sé… solamente estoy seguro
que entre el polvo y la sombra está la cifra.
Sonetos de amor divino y humano
sábado, 24 de diciembre de 2011
Sonetos de amor divino y humano, todos juntos
Sonetos de Amor Divino y Amor Humano
El título de los poemas que te entrego, Lector, respeta el orden ontológico en que se entienden estos amores, si bien (tal vez) son uno y el mismo, y la división es un engañoso espejismo de la debilidad humana. Como quiera que sea, en el interior, el orden de los poemas se amolda a un patrón inverso: el de la ascesis del alma del poeta. He dispuesto los sonetos respetando un orden aproximativo a como me fueron llegando, cedidos por la fricción y el encuentro de mi alma, la divinidad y la exterioridad, o -lo que es lo mismo- de mi corazón, la unidad y la pluralidad, con la inevitable bisagra del desengaño y el dolor del amor profano, como intermedio necesario para la ascensión al Amor Divino y el éxtasis.
Conforme a mis propias experiencias, creo que la circunvolución del alma pasa por diferentes estancias, en camino espiralado, de sístole y diástole, como la respiración de las mareas o el acercamiento al centro del laberinto de una catedral medieval: siguiendo el patrón de un movimiento circular y centrípeto que va desde los confines del mundo exterior, paulatinamente, a un centro ideal que quizás nunca se alcanza pero que debe buscarse. La tortuosa odisea de la mente, desde el pensamiento racional al intuitivo, es un reflejo, también, del anhelo del centro, reflejado, según algunos gnósticos, en las circunvoluciones de la masa encefálica. Es un proceso que químicamente podría asimilarse a una decantación, formada por sucesivas destilaciones y precipitaciones, las cuales van purificando una prima materia en principio densa y plúmbea, y en la que poco a poco germinan las semillas áureas de su verdadera naturaleza interna y latente. Supongo ahora que el camino no es rechazar el amor humano por el amor divino, sino saber conjugarlos sabiamente.
La “celeste agricultura” de la lira (y especialmente en el exigente y exquisito plectro del soneto) hace de este movimiento, de esta danza laberíntica, un viaje lento, pero claro. Con todo, no hay navegaciones portuarias para los que emprenden un viaje sincero. Siempre nos amenazan a los poetas Escilas y Caribdis, y los vientos de nuestra interna naturaleza.
Es una navegación que ya simbolizaban los coros cretenses cuando, en un mosaico en el que estaba trazado el laberinto, los efebos y las doncellas equilibraban la búsqueda del corazón medular con delicados pasos, medidos por la áurea proporción de cordeles que entretejían entre sus dedos; perfumado ritual que casi se entrevé intuitivamente, tan erosionado por el tiempo y las guerras y los odios todo rastro suyo. Pero el elocuente silencio del símbolo y su rito resurge siempre. Cada cultura lo tiene, con voz diferente. Renace inmortal como el fénix y nunca silenciará, mientras haya el Hombre, su llamada impostergable.
Soneto I
de amor humano
Acerca de que el Poeta sospecha una laberíntica estrategia de su propia mente para no darse cuenta de la verdad desnuda: que Filis no ama al Poeta.
Imagino que Filis no me ama,
que me olvida, me miente y me desdeña,
y cuando el alma este tormento sueña
canta a Filis con injuriosa fama.
Pero si su bondad mi lira infama,
y en celebrarla ingrata su arte empeña,
porque sabe que Filis es su dueña
el dulce engaño mi pasión inflama.
Así pueblo de mentirosos llantos
los versos que la muestran despiadada
cuando fingen ajenos sus encantos;
¿o será que es muy otra la celada
que la locura impone a mis quebrantos
para alejar del pecho aquella espada?...
Soneto II
de amor humano
De la imposibilidad que tiene de autoengañarse con el despecho el corazón sensible.
Mi fatal desventura en vano niego,
el alma reconoce esta mentira;
inútil es fingir que ya no inspira
la pasión de su cuerpo un amor ciego.
¿Que extinguió su crueldad mi loco fuego?
¿que mi libertad a otro amor aspira?
¿cuando arde de versos esta lira?...
¿cuando muero en la cárcel de mi ruego?...
Con el martillo amargo del despecho
en vano me forjé tal impostura
en la fragua candente de mi pecho:
Porque el yunque adolece de blandura,
porque se parte el corazón deshecho,
cuando intento golpear con mano dura.
Soneto III
de amor humano
En que el Poeta interroga a su obra como si fuera un oráculo.
Dice el Poeta:
Canta, Soneto, la pasión funesta
del amor imposible que persigo,
y cuando llores mi dolor conmigo,
redoblarán tus versos mi protesta;
canta, Soneto, mi pasión funesta
y dime la razón de este castigo,
que si de sus rigores soy testigo,
no obtiene mi inquietud una respuesta.
Contesta el Soneto:
Cantaré con mis versos tu dolencia
y a tu destino llamaré inhumano
diciendo que es más duro que la muerte;
pero en vano puliste mi cadencia
si buscas en mi ritmo algún arcano
que resuelva el enigma de tu suerte.
Soneto IV
de amor humano
Acerca de que es mejor sentir amor con sus dolores, que inocua libertad y su insípida paz.
Si este amor es del alma una condena,
(pues preso al corazón el alma siente)
sumiso a sus rigores y obediente
encontrarán que sufriré mi pena.
Si este amor es del alma una condena,
en vano buscarán verme inocente,
que tal castigo el alma lo consiente,
y porta deleitosa su cadena.
Y firme asentaré mi pie descalzo
si está lleno de espinas el camino,
y veré con ternura a mi verdugo
cuando el tiempo me lleve hacia el cadalso;
y deudor quedaré de mi destino,
a quien muerte tan dulce darme plugo.
Soneto V
de amor humano
Estrategia posible de la amada para saber si el amante es digno de su corazón
¿Qué te diré, Soneto, si a mi pecho
lo enmudece la angustia de mi vida?
¿si mi cuerpo, aunque intenta, nunca olvida
el calor que ella daba a nuestro lecho?
Nada puede el consuelo del despecho,
y si busco al dolor una salida,
abriéndose al recuerdo cada herida,
sólo el morir parece de provecho.
Pero al ir terminándote, Soneto,
renace la esperanza entre mis llantos,
tratando de ser fuerte y no perderla;
sospecho entonces un ardid secreto:
que un momento me niega sus encantos
para ver si soy digno de tenerla.
Soneto VI
de amor humano
Despecho ante el rigor mostrado por la amada.
¿Qué te diré, Soneto, si a mi pecho
lo enmudece la angustia de mi vida?
¿si mi cuerpo, aunque intenta, nunca olvida
el calor que ella daba a nuestro lecho?
Nada puede el consuelo del despecho,
y si busco al dolor una salida,
abriéndose al recuerdo cada herida,
sólo el morir parece de provecho.
Pero al ir terminándote, Soneto,
renace la dureza entre mis llantos
y destierra al deseo de la muerte,
pues siento nacer un rigor secreto
que dice que mis males no son tantos,
y que ella no era digna de mi suerte.
Soneto VII
de amor humano
Duda acerca de los recursos de comparación usados por el Poeta
¿Apelaré a la púrpura de Tiro
para alabar los labios de mi amada?
¿la púrpura que bañará esta espada,
cuando acalle el dolor en que deliro?...
¿o al mármol con torrentes de zafiro
para elogiar su mano delicada?
¿el mármol de mi última morada
cuando ya no le importe si respiro?...
¿con cuál abismo de cuál mar profundo
compararé la noche de sus ojos
y el vértigo mortal de su mirada?
¿con el horror, tal vez, en que me hundo
cuando me siento afán de sus antojos,
y pienso que a mi amor lo estima en nada?...
Soneto VIII
de amor humano
Acerca de la debilidad de la fingida cólera para con la amada estando ella ausente, en comparación con la realidad de su presencia.
“Me invade todo el cuerpo este veneno,
y azul transita las azules venas:
amargo te será si me envenenas
despreciando mi amor por otro ajeno;
pues cuando la ponzoña llegue al seno
que ahora con tus labios desenfrenas,
llorarás haber roto mis cadenas,
y entonces seré mármol a tu treno.”
así mentía y prometía hielo,
armándome de efímera dureza,
a la que provocaba mis enojos,
pero en medio de mi profundo duelo
llegó y me calmó con su belleza,
y desarmó mis celos con sus ojos.
Soneto IX
de amor humano
Amenazas de venganza del amante ante el alejamiento de su amada, y conversión en odio del antiguo amor.
¿Huyes de mí, te apartas, traidora,
ahora que acertaste ya tu flecha?
¿no te espanta la muerte que me acecha,
ni la amarga pasión que me devora?
Mira que si este corazón te adora,
y si hoy tu boca mi pasión cosecha,
cuando sepa que tu alma lo desecha,
y otro rostro tus ojos enamora,
no entregará sus fuegos a la muerte,
ni impotente, o rendido a tu inclemencia,
lamentando el destino de perderte,
llorará obediente tu sentencia;
antes será verdugo de tu suerte,
y expiará tu dolor mi penitencia.
Soneto X
de amor humano
Acerca del amor como navegación
Si el mar del desconsuelo me extravía,
si en medio de la noche no hallo amparo,
el plenilunio de tu rostro claro
impide que naufrague el alma mía;
y mientras la tormenta me desvía,
si no viera en tus ojos mi reparo,
no encontraría entre las olas faro
que me dejase andar mi travesía.
Cuando al fin a mi nave le das calma,
y el cielo de tu cuerpo estrellas riela,
dando al timón del pecho rumbo cierto,
avista tierra desde el barco el alma,
a la brisa inconstante niega vela,
y al muelle de tu seno quiere puerto.
Soneto XI
de amor humano
El Amor como forma de despertar del sueño de una existencia indiferente
Canto al Amor, que me arrebata el vuelo,
y me somete a una prisión de penas,
pues aunque esté cargado de cadenas,
cuando era libre, ignoraba el cielo.
Canto al Amor, que me enseñó el desvelo,
agitando mis noches más serenas,
cargándome de culpas y condenas,
mostrándome el insomnio y el anhelo.
Pero si alguna vez mis alas lloro,
o si mi antigua libertad extraño,
mientras deploro mi presente suerte,
meditando en la cárcel donde moro
encuentro que el Amor no me hizo daño
al sacarme del sueño de la muerte.
Soneto XII
de amor humano
Regreso a la libertad sin amor por alejamiento de la amada y la imposibilidad de querer autoimponerse otros amores
Este soneto que el amor me inspira
me despoja del último lamento,
pues no queda en mi música el aliento
para templar con el dolor la lira;
y así como la musa se retira
si privado de aquel amor me siento,
inútil es buscar otro sustento,
y no engaña a mi plectro la mentira.
Encerrado en las cárceles del verso,
encadenado a ti y a mi locura,
condenado a ensalzarte con mi canto,
contemplaba seguro el universo,
y la pena sufrida no era dura,
pero esta libertad produce espanto.
Soneto XIII
de amor humano
Terribilis ut castrorum acies ordinata
El Poeta vislumbra la terrible fuerza de la amada y el combate que contra ella misma tendrá que emprender para conquistarla, más el pánico ante la posibilidad de que su amor, para ella, sólo sea un juguete y así él quede librado al desvarío.
Poco podrá mi corazón de hielo
contra el fuego de tu mirada ardiente,
temblando ya, mi espíritu presiente
la batalla entre el sueño y el anhelo,
la amistad entre el alba y el desvelo,
mi locura cierta, mi razón ausente;
y aunque armado de hierro te hago frente,
ya cincelo sonetos con mi duelo.
¿Qué escudo me armará contra tu vista,
si evitarla yo mismo siempre evito,
y extravío en tus ojos la mirada?
¿de qué te servirá esta cruel conquista,
si al haber consumado tu delito,
me condenas, matándome, a ser nada?
Soneto XIV
de amor humano
Desesperación del amante por el indiferente alejamiento de la amada
Aunque la causa de su obrar ignoro,
sé bien la gravedad de su delito:
me deja cuando más lo necesito
aquel injusto corazón que adoro;
en vano con mis súplicas le imploro,
o con mis llantos este pecho agito,
y pues he sido de su amor proscrito,
inútilmente mis sonetos lloro;
y aunque el ritmo del pulso desenfreno,
y late el corazón desesperado
mientras palpita mi alma enloquecida,
y se desboca el frenesí en mi seno,
poco le importa hacer la vista a un lado,
e ignorar la tragedia de mi vida.
Soneto XV
de amor humano
Imposibilidad de publicar el amor que amante y amado se tienen. Sufrimiento del amante por no poder exteriorizarle en público su amor al amado, y petición de que no se ofenda por ello.
Ídolo mío que en silencio adoro,
no consideres mi silencio altivo,
ni creas que si a tu mirar esquivo,
a tu amor en secreto no lo añoro;
Que si parece que tu ser ignoro
volviéndome tu eterno fugitivo,
sin verte a cada instante, ya no vivo,
y mientras finjo, mi ficción deploro.
Mas si mira la sombra esta mirada
y si callo el amor que gritaría,
es que temo el castigo del destierro;
y aunque más grande que este amor no hay nada,
ni nunca otro tan fuerte se hallaría,
el mundo le condena y dice yerro.
Soneto XVI
de amor humano
Desesperación del Poeta ante el hecho consumado de que su amor, para ella, era sólo un juego. Determinación de suicidarse y advertencia al cruel corazón de la mujer de que se arrepentirá de haberlo sumido en la desesperación y haberlo empujado a tan terrible decisión al leer este soneto en que todo lo explicado él confiesa.
Triunfo de tu desdén estos despojos,
contento de tu espíritu estas penas,
fluye siempre la fuente de mis ojos,
y está presta a fluir la de mis venas.
Una vez que estén rotas las cadenas,
y se inunde el papel de versos rojos,
pues tú misma a la muerte me condenas,
en vano estrecharás mis miembros flojos.
Cubra entonces tu llanto este soneto,
tus sollozos adornen su cadencia,
y la culpa florezca entre tus manos.
del más allá observándote en secreto,
aliviará quizá mi penitencia
ver tus ojos un poco más humanos.
Soneto XVII
de amor humano
El Poeta toma conciencia de que es cobarde y miope atribuir su desgracia en el amor al destino, y se hace cargo de sus errores.
¿Lloraré otra vez, cielo, mi destino,
culpándote de tanta desventura,
y buscando en los astros de tu altura
la razón del dolor en que me obstino?
Aunque llame a este cielo mi asesino
diciendo que mi fin su mano apura,
cuando ciegue mi mente esa locura,
calla Soneto, tanto desatino.
Sé testimonio en cambio del fracaso
del amor que no supo amar sin queja
ni entregarse sin miedo a la alegría,
o ver en ese error su propio ocaso.
Culpable muéstrame, Soneto, y deja
inocente a la vasta astronomía.
Sonetos XVIII y XIX
de amor humano (soneto dentro de un soneto)
Desesperación e impotencia del Poeta ante el rigor y las dificultades impuestas por el amor, cantados desde la proa de un navío. Decisión de suicidarse, pero antes, último soneto en que declara los duros sufrimientos de la vida y los débiles momentos de contento. Se cierra el soneto con la escena en que el Poeta arroja su lira y luego se entierra su propia espada, entregándose a las aguas del mar.
El amor, más que amor, una mentira,
imposible a ese espectro hacerle frente,
la vida, más pasada que presente,
más próxima la espada que la lira.
Aunque agotada la razón expira,
y crece el devaneo de la mente,
el corazón dirá a su dios ausente
el último soneto que le inspira:
“Ausentes horas, de contento llenas,
años presentes, llenos de tormentos,
felicidad, fugaz como los vientos,
eternas como estrellas, duras penas.
Si de amor mutuo, frágiles cadenas,
implacable eslabón, si de lamentos,
para muerte ocasión de sufrimientos,
de alegría, para sonrisa apenas.
Todo anhelo, motor de desalientos,
toda esperanza, canto de sirenas,
de los males los bienes nacimientos,
los males de los males incrementos,
el nacer, puerta a los padecimientos,
otra puerta el morir, a más condenas.”
Cae el plectro y la pluma al fin reposa,
y una vez que ha llorado este soneto,
no quiere el corazón sufrir más nada;
entrego al mar la lira silenciosa,
y a su última orden me someto,
llora entonces sus lágrimas la espada.
Soneto XX
de amor humano
(venganza a través del Soneto)
El Poeta decide sacar a la luz la crueldad de su amada después de que ella lo ha abandonado, a pesar de haber jurado no revelar la dureza de su amada.
Los lamentos que impuso a mi quebranto
juré siempre guardarlos en secreto,
pero aquí los publica este soneto,
desnudos de su silencioso manto.
Ni me detiene su pasado encanto,
ni me importa el perjurio que cometo,
si de este modo su impiedad someto
a la pública luz, y a vuestro espanto.
Una vez que circule este billete,
y la herida a su fama se concrete,
quizá caiga también entre sus manos,
lo recorra nerviosa su mirada,
reconozca sus actos inhumanos,
y sin máscara ya, llore indignada.
Soneto XXI
de amor humano
acerca del Soneto como geométrica túnica del Amor
¿El éxtasis vestir de mil mentiras?
¿someter a tu rígida estructura
el alado corcel de mi locura,
que no sabe de frenos ni de liras?
¿en verdad a tan alta gloria aspiras?
¿confiar cosa tan leve a otra tan dura,
cifrarla en tu mezquina arquitectura?...
Si tal deseo alientas, tú deliras,
tú desvarías como yo, Soneto;
si a tu loco pedido me someto,
no es que asalte a mi mente esa insolencia,
pero muere quien su dolor silencia,
y apresando el amor en tu cadencia,
libraré de su cárcel mi secreto.
Soneto XXII
de amor humano
Protestas del Poeta ante el destino por los sufrimientos que ha debido sobrellevar, y demanda de explicación acerca de cuál ha sido su tan grave yerro para tener que sufrir tantos males. Visión melancólica de la felicidad pasada.
¿En qué pude ofenderte, Hado mezquino,
alguna vez, si nunca mi obediencia
rebelde protestó de tu sentencia,
cuando la pena en mi desmedro vino?...
Sufrí siempre callado mi destino
intentando cumplir la penitencia:
esperaba confiado tu clemencia,
honraba, sin saberlo, a mi asesino.
¿Dónde huyeron mis flacas alegrías,
sólo recuerdos y fantasmas vanos,
sólo espejismos de pasados días,
triste consuelo de mi mal presente?
se escaparon los sueños de mis manos,
la musa sólo canta amor ausente...
Soneto XXIII
de amor humano
El poeta se encuentra con el viejo árbol en el que, hacía años, había grabado, lleno de esperanzas, sus anhelos de amor, y recibe de sí mismo el cachetazo por haber sido tan iluso, al comparar esas esperanzas con su situación presente. Se detiene a grabar nuevos versos, que, esta vez, pongan en prudencia a los amantes desprevenidos acerca de los tormentos y peligros del amor.
Corteza ruda en que por vez primera
grabé versos forjados en el pecho,
te enfrenta hoy mi corazón deshecho,
otra vez le recuerdas su quimera.
Si en esas cicatrices persevera
como anhelo el amor insatisfecho,
otra musa, nutrida en el despecho,
hundirá su punzón en tu madera:
cantarán sin reparos mi protesta
tus nuevas y dactílicas heridas,
perdidas en recóndita espesura;
y al amante emboscado en la floresta
mostrarán mis sentencias advertidas,
previniéndolo así de la locura.
Soneto XXIV
de amor humano
La vena poética del pasado del Poeta es el arma misma que lo reconviene por haber sido tan crédulo, y la actual le hace presentir su próximo final. Sólo le queda usarla para cantar sus desventuras actuales. En una serie de raros oximoron, declara su deseo de la muerte.
Lira de ayer, ilusa e inexperta,
flagrante escarnio de mi mal presente,
presente lira, estéril y doliente,
presagio firme de mi muerte cierta.
burladas esperanzas, senda abierta
al duro desengaño de la mente,
anhelos desechados, vana fuente
de viva pesadilla y vida muerta.
Íncubo despierto, vívida nada,
mengua creciente, silenciosa lira,
crasa miseria, prófuga cordura,
naciente ocaso, lógica locura,
áspide suave, hospitalaria pira,
exquisita cicuta, amante espada.
Soneto XXV
de amor humano
Sencillo pedido a la Naturaleza para que, pudorosa, cubra ella su cadáver cuando finalmente haya el Poeta rendido su alma al dolor causado por el desamor de la amada.
Doblad, Soneto, lira y plectro míos
el dolor que me impone con su ausencia,
que si mata mi amor no me silencia,
aunque me inspire versos más sombríos:
“Nutríos de mis llantos, fuentes, ríos,
ahora que contáis con mi presencia,
consumirán en breve mi existencia,
y entonces nutrirán a los rocíos”
“Hondonadas desiertas y baldías,
inhóspitos solares olvidados,
desnudos pedregales, sauces flojos,
regiones espantosas y vacías
que cobijáis mis últimos cuidados,
ocultad estos próximos despojos”
Soneto XXVI
de abandono del amor humano, y albur de la tendencia hacia el amor divino
Esperanza del poeta de que, después de haber expirado como efecto de los dolores del amor, que le hicieron componer tantos versos tristes, al fin se reencuentre con la Fuente de toda belleza, y entonces nazcan de su corazón no ya cantos sombríos, sino plenos de belleza y contento.
Sonetos inconclusos y olvidados,
reflejo fiel de mi impotente lira,
truncos anhelos que la musa inspira,
para dejar después abandonados.
Rimada confesión de mis cuidados,
altura a la que el canto en vano aspira,
me entrego con mis versos a la pira,
incapaz de arrebatos más osados.
Siquiera el alma, huyendo de mi pecho,
entonces soplo tibio y sin cadenas,
con un murmullo de alas desplegadas,
de súbitas palomas liberadas,
deponiendo el acento del despecho
entone voces de belleza plenas.
Soneto XXVII
de acercamiento hacia el amor divino
Acerca de que la totalidad es la totalidad.
El rostro del amado y de la amada,
los fugaces murmullos de la espuma,
las finas estocadas de la pluma,
las páginas escritas con la espada;
el constante pulsar de la cascada,
el sólido basalto de la bruma,
el incienso, que queda y que se esfuma,
el lapso de la voz y la mirada;
no hay nada que persista o se consuma,
y todo dura todo y dura nada,
¡oh tiempo que ya olvidas, ya devoras,
con los siglos, los días y las horas!
Todo está presente, todo se ha ido,
uno son la memoria y el olvido.
Soneto XXVIII
de amor humano
El Poeta declara su contumaz consagración al amor, a pesar de las reconvenciones de los avisados ancianos y los experimentados peregrinos de vuelta de su odisea en pos del amor, incluso si luego, una vez vencido por el amor, se da cuenta demasiado tarde su yerro, ya del otro lado.
Efímera belleza de las flores,
cabelleras celestes de un instante,
lívido lampo, azul y fulminante:
no más que vos alientan los amores.
Y yo, con todo, busco los honores,
de poder con verdad llamarme amante,
dejad en la otra vida que me espante
de tan vanos afanes y labores.
Porque ahora no sé vivir sin ellos,
ni recelo futuros desengaños,
que tal no cuidan mis escasos años;
y mientras vivo, me parecen bellos,
y nadie me hace verlos sinrazones,
que no escuchan razón los corazones.
Soneto XXIX
de amor por el soneto
Acerca de que el Soneto domina a Poeta y éste no es sino un instrumento de la energía del primero, que quiere manifestarse a la luz.
Me concedió la noche otro soneto,
y creo que uno más me trae el día,
misteriosa y poética porfía
a la que desvelado me someto.
Ya he superado su primer cuarteto,
y no hay sueño en la pluma todavía,
pensé que en el segundo se dormía,
pero con este verso está completo.
No entiendo qué verdad quiere decirme;
en nada se detiene si la aprieto,
y sigue y sigue con su paso firme...
me parece una falta de respeto,
menos mal que es el último terceto,
y agotado, por fin puedo dormirme.
Soneto XXX
de amor por la pasión
De la razón del corazón, y de la sinrazón de la razón.
¿Por qué tienes razón, si no la tienes,
corazón que mi sinrazón produces?
pero con gran razón razón aduces,
si de este mal, razón son los desdenes.
Razonemos, para que al fin ordenes
este defecto de razón que induces;
apaguemos de amor las falsas luces,
y encendamos las luces de las sienes;
mas no, que sin razón te solicito
la ciega luz de la razón odiosa,
del corazón la falta de razones;
que pedir la razón es un delito,
y mejor que el amor no hay otra cosa...
te pido corazón que me perdones.
Soneto XXXI
de amor humano
Del amor como de un encantamiento, afín al de castillo de Atlante en el Orlando Furioso, pues aun gustado su sabor amargo, el alma pide volver a gustarlo, inmediatamente olvidada de su acritud no bien ha dejado de saborearlo.
Imaginé el amor como un ensueño,
enseguida gusté su desencanto,
afronté sus vaivenes con empeño,
comprobé el desengaño con espanto;
compuse mis sonetos entretanto,
robando tiempo y tramas de mi sueño,
parcelé con la métrica mi llanto,
más siervo de los versos que su dueño;
ensombrecí las cuencas de mis ojos,
llamé a la muerte en busca de cordura,
pude ver desde lejos mis despojos;
y aunque tuve de amor la sola cura,
volví a beber la copa del olvido,
y amar, vivir, nacer, de nuevo pido.
Soneto XXXII
de despedida del amor humano
Vanidad del mundo
Torres de humo, bóvedas de viento:
juguetes del futuro y de la muerte,
estatuas y palacios del aliento:
marionetas del tiempo y de la suerte;
frágiles actos, flaco pensamiento,
endeble voluntad, destino fuerte,
blanda pasión, escaso entendimiento,
deseada indiferencia, acción inerte;
molino destructor de la fortuna,
sólido pedestal de incertidumbre,
que plagia con sus cambios a la luna,
y humilla todo aquello que se encumbre...
no es el hombre en medio de esta nada
más que un cuerpo y un nombre, y otra nada.
Soneto XXXIII
de despedida del amor humano
Vanitas vanitatum, et omnia vanitas.
Acerca de la caducidad de todo
El mismo corazón de la montaña,
por bloques dividido en la cantera,
dispuesto para lápida postrera,
o recuerdo perenne de una hazaña,
ese pálido mármol nos engaña;
pero el agua, de bronces alfarera,
gota a gota desmiente la quimera
de que el tiempo los mármoles no daña,
y con cincel paciente nos enseña,
derriba nuestro orgullo, y nos advierte
que la muerte los mármoles desdeña,
y del hombre y sus méritos se adueña...
que en vano en la memoria su arte empeña,
y que el olvido seguirá a la muerte.
Soneto XXXIV
de amor humano
escena onírica
Ruedan mínimas lunas de tus ojos
y me eclipsan el sol de tu mirada,
entonces me parece que soy nada,
e intento devorar tus labios rojos;
me animo a confesar mis versos cojos,
tú sigues melancólica y callada...
te alejas de repente con mi espada:
cuando llego, tus miembros ya están flojos;
llueve sangre caliente de la herida,
y vomita al salir toda tu vida,
empapando mis manos, tu cintura...
me arrebata una súbita locura,
me rindo, me suicido, caigo muerto,
ya no soy, ya no existo, me despierto.
Soneto XXXV
de alejamiento del amor humano
El poeta se halla agobiado por la sensación de que, todo lo que es, será entregado a la omnipotencia del olvido, y reconviene al lector sobre el caso.
Te cubrirán las sombras poderosas
del tiempo, del azar, y del destino,
que en el ciego fluir de su camino
ni perdonan los templos, ni las rosas,
que imponen nuevos dioses a las cosas
con prolijo descuido y desatino,
palimpsesto perpetuo el pergamino
donde escriben con manos temblorosas...
¿qué esperas de los siglos, si la brisa,
besando el labio mudo con su soplo,
arrebata a la estatua su sonrisa
al servirse del polvo como escoplo?...
nada que hayas amado o conseguido
escapará del memorioso olvido.
Soneto XXXVI
de acercamiento al amor divino
Estupidez del hombre que pretende tener algún dominio sobre las fuerzas que rigen su vida.
Alcé mi brazo con la mano abierta
buscando apoderarme de la luna,
cegado por los cambios de fortuna
creí que de su arcano era la puerta;
por mi puño un instante fue cubierta:
ese instante mi puño fue la luna,
y al soñarme señor de la fortuna
vi mi vida feliz, fácil, y cierta;
pero al mirar mi codiciosa palma
sólo sentí el murmullo de la brisa
que la noche arrancaba de las hojas,
y el rumor de su burla y de su risa...
los ojos levanté y perdí la calma,
y volvieron a mi alma las congojas.
Soneto XXXVII
de búsqueda del amor divino
Acedia causada por una lluvia persistente.
Se despierta entre lágrimas el día,
y yo también llorando me levanto:
extraño azar de compartir el llanto,
hermética y arcana simetría;
pasa el tiempo y no amaina todavía,
alma y cielo redoblan su quebranto,
quizá nunca llover ni llorar tanto
se vio en humana o celestial porfía...
Este llorar que nutre mi desvelo
tiene causa mortal y fuente cierta
en una sed de sombras y de olvido
que borren el dolor de lo que he sido;
pero en su eternidad de causa incierta,
¿qué grises desengaños llora el cielo?
Soneto XXXVIII
de alejamiento del amor humano
Correspondencias entre el agua de cielo y la sangre del poeta. Del suicidio como lluvia de la melancolía
Con una voz serena y dilatada,
y cercana, y lejana, y susurrante,
y menguante, y creciente, y palpitante,
me despierta la lluvia desvelada;
A un tiempo en su llorar me dice nada,
y todo ese sutil significante:
con un suicidio tímido y constante,
sé que llora el ayer la madrugada;
en un eco fugaz del otro llanto
se desangra también el alma mía,
y acompaña al llover en su quebranto...
pero no es tan cabal la analogía,
ni sus lamentos se parecen tanto:
roja es mi sangre, y la lluvia fría.
Soneto XXXIX
de acercamiento hacia el amor divino
Indagación perpleja sobre las circunstancias que el destino tenga reservadas para el momento de expirar el Poeta. Dudas sobre el más allá.
¿En qué noche o crepúsculo lejano,
en qué oscura prisión, o cielo abierto,
perdido entre los sueños, o despierto,
olvidado o asido de una mano,
dejando en el ayer un mundo vano,
para ingresar también en uno incierto,
tendré la dicha de saberme muerto
y poder develar el gran arcano?
¿a qué horizonte llevaré mis pasos?
¿al fulgor, tal vez, de una luz sublime,
que me perdone todos mis fracasos
y me funda en el sol de su mirada?
¿o al olvido final que nos exime
del ser, y nos enfrenta con la nada?
Soneto XL
de amor divino
Panta rei?
Pasará el tiempo, y estos pedregales,
abrasados y huérfanos de río,
limados por el viento y el rocío,
serán playa de gránulos iguales,
y el mínimo cristal de los vitrales,
geométrico arrebol del sol tardío,
lágrimas llorará de un licor frío,
en las graves y etéreas catedrales;
se poblarán de selvas los desiertos,
las cumbres serán tumbas de los peces,
las cavernas se harán cielos abiertos,
se mudará la muda astronomía,
y el mar se agotará miles de veces,
pero nunca el amor, ni la poesía.
Soneto XLI
de amor divino
Tristeza ante la caducidad de la rosa. Consuelo por medio de la conciencia de nuestra propia caducidad.
Admirándola anoche entre mis manos
para ahogar en su marfil mi pena,
creí la blanca rosa luna llena,
cuando a mi sed abría sus arcanos;
hoy vuelvo, con los pájaros tempranos,
para ver otra vez la rosa plena,
y encuentro su cadáver en la arena
como un rocío de marfiles vanos,
corazón deshojado y esparcido,
plural despojo de mi rosa amada,
festín de terciopelo del olvido...
de la efímera rosa no te asombres,
que también de cenizas y de nada,
y de polvo y de sueño son los hombres.
Soneto XLII
de acercamiento al amor divino
Acerca de la incertidumbre del momento en que se halla la eternidad, porque autor y lector, indudablemente pasarán.
En este mismo instante cuando escribo
yo soy el que es, tú eres sólo un vago
sueño del futuro, quizá deshago
en el destino tácito el motivo
para el que servirías de objetivo...
o tal vez, cuando leas lo que hoy hago,
este soneto que al azar divago
sea entonces de mí lo único vivo...
¿en dónde está el presente, en mi escritura
febril de este soneto ya olvidado,
o en el futuro actual de tu lectura?
como en el Jano dual de la moneda,
nuestras manos, lector, ya son pasado,
y sólo el bronce de los versos queda.
Soneto XLIII
de acercamiento al amor divino
(sobre la empecinada misión del Poeta)
Como el reflujo de los mares lima
las rocas que se mudan en arena,
así pule los versos que encadena
con el alado bronce de la rima
el poeta que no se desanima,
sino que liba cantos de su pena,
alivia con la lira su cadena,
y a sus mudos dolores los sublima
en la fragua ancestral de la poesía,
con la maza febril de la palabra,
volviéndolo belleza o profecía,
sobre el yunque marcial de la cadencia;
como al divino herrero que nos labra,
nada quiebra su voz, ni la silencia.
Soneto XLIV
de amor divino
Al espejo nocturno
Se coloca mi máscara un instante
el eco sin palabras del espejo,
y en la penumbra, lívido y perplejo,
me inquieta con el viejo interrogante:
¿Cuál es el atrás, cuál el adelante,
quién es el reflejado, y quién reflejo
en tu pálida luna, hermano espejo?...
y un silencio dual logra que me espante.
Tal vez en un recóndito universo
cuyo reflejo es nuestro mundo vano,
al revés, siendo diestro, tergiverso
con argumento mágico y lejano
el espejismo de este mismo verso,
y ésta es la sombra de un soneto arcano.
Soneto XLV
de amor divino
Soneto al Alba
De pájaros tempranos y perplejos
que en contrapunto agudo y desbordante
son uno y muchos en el mismo instante,
de ladridos perdidos y a lo lejos,
de rumores lejanos y complejos
en pulular creciente y palpitante,
de rosa y azafrán en el levante,
del lento despertar de los espejos,
del soneto, variante del desvelo
y forma más sutil de sus abismos,
del momentáneo éxodo en el cielo,
y del oscuro sueño que nos salva
y nos exime de nosotros mismos,
fue forjado el espíritu del alba.
Soneto XLVI
de amor divino
Estado de desazón del Poeta cuando su alma no puede entender la finalidad del sufrimiento de la vida
¿En dónde quedará tanto desvelo,
tanto insomnio de silencioso llanto,
que no alcanza a cubrirse con el manto
de la noche, y ve aclararse el cielo?
¿en qué sublimará todo este anhelo,
hace tiempo habituado al desencanto,
cuando mi corazón, que hoy late tanto,
no sea más que un mustio terciopelo?
Primero será un lívido calambre
acicalado en un cajón de olvido,
y después el plural rumor del hambre,
que hará de mi cadáver corrompido
marioneta de tiesa carcajada,
hecha, no más que yo, de pura nada.
Soneto XLVII
de amor divino
acerca de la poesía como un elíxir fugaz
Nuevamente, Soneto, mis dolores
en tu crisol hermético sublima,
que en su alquimia tus versos y tu rima
fabriquen oro y luz de mis temores;
pero por más que mis quebrantos dores
con débil hoja de oro por encima,
desespero que el tiempo con su lima,
no desmienta tus falsos atanores.
En vano busco panacea al llanto,
si esencia es el dolor a cada cosa,
si centro al laberinto es el espanto,
y no amaina esta vida tormentosa;
pero el alma, Soneto, mientras tanto,
quiere beber tu momentánea rosa.
Soneto XLVIII
de amor divino
Zozobra del Poeta al sentir que todo entusiasmo, todo vigor, toda juventud, paran en el oscuro reposo sin respuesta.
Vertiente azul de cristalino manto,
de aguas hirvientes y de helada espuma,
dime por qué tan rápido se esfuma
tu leve nieve, tu irisado canto;
que no deja de producirme espanto
que el tiempo nos engendre y nos consuma,
y todo lo que escribe con su pluma
lo borre con el codo mientras tanto.
Yo también fui fantástica cascada,
incesante fluir, delirio puro,
entusiasmo indomable y alma alada;
pero igual que tu risa al fin reposa
y de vertiente muda a estanque oscuro,
ya no soy más que un agua tenebrosa.
Soneto XLIX
de amor humano
Apresuramiento del amante desesperado al juzgar sobre lo que por él sentía su amada y su obrar al respecto.
“Eco veloz, que mi penar esquivo
finges llanto del monte y la quebrada,
revela a los oídos de mi amada,
que sin ella ni muerto estoy, ni vivo”
“Nómade cristal, río fugitivo,
las lágrimas ardientes de mi espada,*
en tu seno de espuma y agua helada
hazlas llegar hasta su seno altivo”
“Una vez que abandone estos despojos,
mudado en larva pálida y nocturna
de un indecible espanto la haré esclava”
dijo, y rindió el alma taciturna,
pero antes de morir alzó los ojos
y tarde ya, vio que ella se acercaba.
Soneto L
de amor humano
Aurea mediocritas en el amor no correspondido
Si de mis ojos, lágrimas serenas,
un dulce manantial hacéis torrente,
al huir presurosas vuestra fuente
callaréis en el mar todas mis penas.
No publiquéis entonces las cadenas
que porto condenado y penitente,
que si herido su amor el alma siente,
no pretende juzgar culpas ajenas.
Prefiere el abandono y el destierro,
la selva oscura, la caverna umbría,
espejos de mi vida y de mi suerte;
demasiado cobarde para el hierro,
para el ruego orgulloso en demasía,
con el cansancio llamaré a la muerte.
Soneto LI
de amor divino
De la peregrinación y vicisitudes del Amante de la Belleza
Belleza alada, eterna, y verdadera,
que el hombre nunca ve, pero presiente,
en vano fue el buscarte con la mente
y la razón, que no hay mayor quimera.
Solamente entregando el alma entera
en búsqueda sagrada y permanente,
pudo ascender mi amor hasta tu fuente,
y lograr que yo al fin te comprendiera.
Mis ojos de tus raros esplendores,
de tus esferas diáfanas testigos,
nuncio yo de tu luz y tu pureza,
regreso a las regiones inferiores,
y aunque aquí se me paga con castigos
y con burlas, predico tu grandeza.
Soneto LII
de amor divino
De la peregrinación y vicisitudes del Amante de la Belleza (versión 2)
Belleza alada, eterna, y verdadera,
de todo lo creado fin y fuente,
en vano fue el buscarte con la mente
y la razón, que no hay mayor quimera.
Solamente entregando el alma entera
en búsqueda sagrada y permanente,
el amor, que no ve, pero que siente,
pudo guiarme a tu divina esfera.
Mis ojos de tus raros esplendores,
de tus arcanos diáfanos testigos,
nuncio yo de tu luz y tu pureza,
regreso a las regiones inferiores,
y aunque aquí se me paga con castigos
y con burlas, predico tu grandeza.
Soneto LIII
de amor divino
Devaneos del Poeta acerca de si el camino debe ser por lo pasional, o por lo racional. Al final, corta por lo sano el nudo gordiano y se decide.
No hay refugio, descanso, ni morada,
donde agoten mis dudas su extravío:
si la razón cultivo, me desvío,
y también si hago al alma apasionada;
así estoy confundido, que no hay nada
que me guíe, ni hay faro a mi navío,
se exige al corazón que abrigue frío,
y a la razón que sufra, enamorada.
Si de su natural arder debiera,
no fuera el pensamiento tan helado;
si esencia fuera nieve a las pasiones,
no hicieran del espíritu una hoguera,
pero si he de morir, lo haré abrasado,
te suplico razón que me perdones.
Soneto LIV
de amor divino
De la belleza alada y fugitiva, que el Poeta querría como a la Niké Apteros, más estable y menos huidiza.
Belleza, sol ardiente y leve estrella,
pues sólo de soslayo puedo verte,
si a tu fuente iré luego de la muerte,
la misma muerte me parece bella.
Que en esta vida efímera es tu huella,
y encontrarte es seguro de perderte,
y aun el que logró esa rara suerte
no te vio por más tiempo que a centella.
Belleza, dónde estás, que ya me huyes
cuando intento ascender hasta tu esfera,
ya vienes a mi encuentro y me destruyes
cuando empiezo a creerte una quimera;
yo te quisiera diáfana y sagrada,
y prístina y sutil, pero no alada.
Soneto LV
de amor divino
De la belleza alada y fugitiva, que el Poeta querría como a la Niké Apteros, más estable y menos huidiza (versión 2)
Belleza, sol ardiente y leve estrella,
pues sólo de soslayo puedo verte,
si a tu fuente iré luego de la muerte,
la misma muerte me parece bella.
Que en esta vida efímera es tu huella,
y encontrarte es seguro de perderte,
y aun el que logró esa rara suerte
no te vio por más tiempo que a centella.
Belleza, dónde estás, que ya me huyes
cuando intento ascender a tu morada,
ya vienes, me arrebatas, y destruyes,
cuando empiezo a creerte una quimera;
prístina y sutil, diáfana y sagrada
te quiero, mas sin alas te quisiera.
Soneto LVI
de amor divino
De que risa y llanto son el punto donde la cinta de Moebius de la belleza del mundo gira sobre sí misma.
Belleza que en el alma te me asientas
y me alumbras la noche de mi mente,
Belleza que te elevas y que aumentas
al punto de que casi a Dios se siente;
Belleza que en el mundo te presentas,
y de poco en el mundo estás ausente,
brisa en la calma y furia en las tormentas,
paz del estanque, risa de la fuente;
ya me duele en el alma tu contento,
y es dolor y placer esto que adoro,
que me arrebata el alma, y no me avisa,
y lloro por la luz y por el viento,
por las estrellas y los bosques lloro,
porque ya no me alcanza con la risa.
Soneto LVII
mitológico
Pigmalión
“Mármol su cuello, mármol su cintura,
sus ojos y sus manos mármol ciego,
sordo mármol su oído ante mi ruego,
mármol su corazón con mi tortura”
“Mármol su frente y su mirada dura,
mármol frío su pecho ante mi fuego,
mármol sus labios, aunque no despego
de ese mármol mi boca y mi locura”
“Y siento tan agudo este castigo,
y me consume una pasión tan fatua,
que si no tengo a su pasión derecho,
al menos de mi fin será testigo”
lloraba Pigmalión ante la estatua,
y el cincel apoyaba sobre el pecho.
Soneto LVIII
mitológico
Dafne
Perdida en la recóndita espesura,
palpitante bajo insensible manto,
se ha vuelto fronda su pasado encanto,
su delicada tez, corteza dura,
ciega su vida, estéril su ternura,
susurros sus lamentos y su llanto,
mudo y eterno el grito de su espanto,
fijado en una muerte de locura.
Oblicuas ya las sombras, muere el día,
y aunque el viento la mece, ella lo ignora,
callada, y para siempre agonizante...
Si pudiera volver atrás la hora
en lugar de escapar, no evitaría
entregarse a los brazos de su amante.
Soneto LIX
mitológico-melancólico
Asterión
Confinado entre límites fatales,
ardua prisión, plural arquitectura,
ignorante del viento en los trigales,
del mar y la fantástica llanura;
privado del torrente que se apura
y se rompe en magníficos caudales,
sólo frutos del sueño y la locura
entre sendas y pórticos iguales,
al cielo parcelado da un mugido,
vagando por los patios incontables,
mientras tiende las manos a la luna;
y no deja caer en el olvido
ni la noche de lágrimas culpables,
ni los besos fugaces, en su cuna.
Soneto LX
mitológico
Orfeo y Eurídice
En el final de la fatal caverna,
incrédulos aún de su regreso,
en éxtasis el alma, el cuerpo ileso,
ilumina sus pasos la linterna.
Un amor inefable los consterna:
él piensa en el desesperado ingreso,
ella en la serpiente... pero el acceso
ya los devuelve hacia la luz externa.
Él se envanece del triunfal suceso
y ríe su felicidad eterna;
un impulso de pronto lo gobierna,
y si en sus ojos se halla el sol impreso,
sólo ha tocado de su amor la pierna:
se vuelve Orfeo, codiciando un beso.
Soneto LXI
mitológico
Criseida o En la Costa de Ténedos
Plata en la frente, noche en la mirada,
en el semblante silencioso río,
otoño en el espíritu vacío,
invierno en la mejilla delicada.
Los ojos están fijos en la nada,
el corazón, en ciego desvarío:
en vano espera al rey y su navío,
pues él ha sido presa de la espada,
estéril el oráculo prudente,
cuando lanzó sus redes la lujuria,
y la sangre llovió sobre la alfombra;
y aunque la anciana siempre fue paciente,
al fin vence su cuerpo la penuria,
y muy pronto también será una sombra.
Soneto LXII
mitológico
Narciso o El Perdón de Aminias
Un frío lago de envidiosa plata,
inmutable y eterno en su ser puro,
desafiaba la voz del Sabio Oscuro,
y aspiraba a los versos del Eleata.
Jadeante por la sed que lo arrebata,
llega un joven, creyéndolo seguro,
ignorante de su fatal futuro
si en su cristal el lago lo retrata.
Hermoso como un dios, en él se inclina,
y al tocar con sus labios el espejo,
ve un rostro que al instante lo fascina.
Pero Aminias, piadoso, vierte el llanto,
y al perdonarlo, rompe aquel reflejo,
liberando a su amado del encanto.
Soneto LXIII
mitológico
Ariadna abandonada
Yacen flojos sus miembros en la arena,
sol, sal y sueño besan su semblante,
con diadema indecisa y palpitante
la espuma sus cabellos desordena,
cuando a la frente pálida y serena
corona alguna vez de alga danzante;
sin toro o laberinto que la espante,
ajena al miedo, y al dolor ajena.
Atrás el paso lento y anhelante,
el ovillo vibrante y agotado,
los umbrales y el túnel opresivo,
la espera y la demora del amado.
Ignora que su horror será más vivo,
distante el padre, y el amor distante.
Soneto LXIV
acerca de Roma y de Cartago como ciertos arquetipos
Castigada por el destino aciago,
maldita por la voz de los augures,
aniquilada a fuerza de segures,
de sal, de hierro y fuego, y del estrago
que sólo nos dejó tu nombre vago,
en mis versos te pido que perdures,
a despecho de Roma y sus lemures
¡oh púrpura y marítima Cartago!
pero aunque resucite tu memoria
como un mármol decrépito y partido,
con todo, no podré cambiar la historia
ni la lengua que el tiempo ha erigido,
donde Roma es el nombre para gloria,
y Cartago es el nombre para olvido.
Soneto LXV
¿Flor de verdad o flor de letras?
Perdida entre la hierba y otras flores
que en vano le ofrecían compañía,
una flor poco a poco se moría,
requerida de falsos picaflores.
Así en un mundo lleno de colores
que sin color a todos los fingía,
de noche, aunque a plena luz del día,
esperaba esporádicos lectores.
Al fin se hizo papel, por más que hubiera
preferido por féretro un florero,
un pobre ojal, alguna cabellera,
o aquel mismo lugar donde crecía
antes que este poeta chapucero
la entregase a su libro de poesía.
Soneto LXVI
de amor divino
Definición de esperanza por sus manifestaciones
Definir la esperanza es cosa dura,
mas de lograrlo tengo la esperanza,
porque el más alto sueño al fin se alcanza
si esperanza en su búsqueda perdura.
El manantial que surge y que se apura,
y aunque corre entre escollos siempre avanza,
la fruta que con íntima pujanza
bajo climas inhóspitos madura.
El templo en el soñar del peregrino,
cuando aún no despunta la jornada
y lo espera entre sombras el camino.
El súbito trinar que funda el día
y transmuta a la noche en madrugada...
así dice “esperanza” la poesía.
Soneto LXVII
de amor divino
Intercambiabilidad entre la esperanza y la poesía mediante el gozne de la palabra.
Inagotable fuente de los prados
interiores del alma florecida,
divina fénix que en el pecho anida,
despreciando al destino y a los hados.
Verdor viviente en los bosques sagrados
del espíritu, savia de la vida,
néctar que el cielo a todos nos convida,
mas beben unos pocos iniciados.
Así en mis versos déjame cantarte,
sacra Esperanza, hija de Utopía,
hermana de la Fe y de la Pujanza,
manantial de los Sueños y del Arte,
que poesía es palabra hecha esperanza,
y esperanza es palabra hecha poesía.
Soneto LXVIII
de amor divino
Acerca del ingrediente secreto para la crisopeia
En este laberinto de la vida
sin límites ni centro o senda clara,
no podemos saber qué nos depara
el destino, qué golpe o nueva herida
nos hará anhelar esa salida
que al fin del laberinto nos separa,
y dudar si hay un dios que nos ampara,
o más bien nos desprecia y nos olvida.
Pero aunque arrastra plomo el peregrino,
lo consumen los fríos y los soles,
y es fértil en espinas su camino,
si proyecta esperanza en sus crisoles,
obtendrá, la milésima mañana,
elíxir, alas de oro, y rosa arcana.
Soneto LXIX
de amor divino
La omnipotente pero humilde demiurgia del hombre
Yo quisiera poder labrarte en viento,
en luz diáfana, en río, en bosque oscuro,
modelarte, Soneto, no en aliento
ni palabras, sino en soneto puro;
darte la eternidad del mármol duro,
y la frágil espuma del momento,
librarte del pasado y del futuro,
y así forjarte intemporal portento;
hacerte de silencios infinitos,
de cóncavo sentir que no se nombre,
y no de pobres símbolos escritos;
pero este poetastro que te labra
(perdóname, Soneto, soy un hombre)
sólo puede parirte en su palabra.
Soneto LXX
de amor divino
A Miguel Ángel
Acerca del soneto como un ser que el poeta descubre, no crea; exhuma, no construye.
El soneto preexiste a su poeta
y en toda cosa bella está presente,
como larva esotérica y latente,
como esencia recóndita y secreta.
Cuando al fin aparece aquel profeta
para quien la belleza es evidente,
una vez que ha bebido de su fuente
con aladas palabras lo concreta.
Así labra en la música del verso
el oculto principio y la armonía,
el ritmo y la medida misteriosa
que laten en el ser del universo,
y el soneto, que tácito dormía,
despierta sublimado en mariposa.
Soneto LXXI
Mitológico (a Juan de Arguijo)
Jacinto
De aliento el plectro y de árboles la lira,
el Céfiro entreteje sus congojas,
y al verter su canción entre las hojas
reconoce la culpa que suspira.
A lo lejos, Jacinto casi expira,
fugándose su vida en gotas rojas,
y después de palpar con manos flojas
el rostro de su dios, ya no respira.
Apolo llora lágrimas de oro
que besan con su luz al bien perdido,
constelando su frente de diamantes,
y dice, arrebatándolo al olvido:
“al menos este amor que en vano lloro
se vuelva flor de pétalos sangrantes.”
Soneto LXXII
de amor divino
Acerca de la energía arquetípica del Soneto, existente incluso sin tema que lo traiga a la existencia.
No tengo qué cantar, pero el Soneto
invade los recintos de mi mente,
me asalta con la fuerza de un torrente,
me arrebata de noche, y en secreto.
Rendido y de sus númenes objeto,
subyugado sabiéndome su puente,
dejo que fluya esa tremenda fuente,
no opongo resistencia, y me someto.
Una vez que ha vertido sus caudales
por el cauce del ritmo y la cadencia
y a través de mis versos se ha calmado,
disminuye sus ímpetus bestiales,
repliega sus corrientes, agotado,
y volviendo a la sombra, se silencia.
Soneto LXXIII
de amor divino
Alquimia del Soneto
Se parte al fin la vida destrozada,
sin fuerzas el espíritu deshecho,
y rendido e inútil en el pecho
el corazón no es corazón, es nada.
Todo anhelo del alma ilusionada
murió sin prosperar, insatisfecho,
como la flor que muere sin provecho,
aún no florecida, y ya tronchada.
Pero en medio de tanto y tanto llanto
empiezo a comprender, de mi existencia
y su dolor, el místico secreto:
con la alquimia del verso y su cadencia,
del sufrir debo hacer nacer el canto,
y proyectar el oro del soneto.
Soneto LXXIV
de amor divino
Inmortalidad del alma más allá de los dolores y los miedos
Urdan vastas, magníficas labores
los dioses en la trama de mi vida,
volviéndola una tela enriquecida
e historiada de crueles esplendores.
Borden quebrantos, lágrimas y horrores
dando en cada puntada nueva herida,
mas no conseguirán que yo les pida
alejar sus telares de dolores.
Después de labrar tanta desventura,
despiadados destrocen con el filo
de sus dientes la vida que no lloro,
pues soporto en silencio mi tortura,
que aunque suya es la urdimbre es mío el hilo,
es mi ser, es mi alma, y es de oro.
Soneto LXXV
¿Qué fue antes, el poeta o su soneto?...
Antigua como el tiempo en la cantera
duerme oculta y latente la escultura,
y en su pálido sueño siempre espera
al artista que intuye su figura
y del mármol superfluo la libera.
Así también, Soneto, tu estructura,
del mármol del silencio prisionera,
desespera el cincel de la escritura.
Mas, ¿qué será de ti si no hay poeta
que te libre del mudo mausoleo
de la nada, y al ritmo te someta?...
Dormirás obsoleto e impreciso,
como cítara huérfana de Orfeo,
como espejo sediento de Narciso.
Soneto LXXVI
De este soneto como dictaminador de nuestros destinos
Ignoro si del agua de mi vida
agota este soneto los caudales,
y menguando mis ímpetus vitales
en el último verso los liquida.
Pero sin importar lo que decida
el rigor del azar en los fatales
designios que no alcanzan los mortales,
puliré su cadencia, aunque homicida.
También tú, que lo lees y en secreto
consideras que tu alma está salvada,
(pero un instante emerges del olvido
y de los ciegos mares de la nada)
quizá para arribar a este soneto
y ya después morir, sólo has nacido.
Soneto LXXVII
de amor divino
Epitafio de un Sonetista
Sólo lloro del hecho de mi muerte,
el no poder ya más hacer poesía,
en cuanto a lo demás, con alegría
acepto el cumplimiento de esa suerte.
Tal es el sentimiento ante el perderte,
¡oh mundo de pesares y agonía!
que antes bien el momento en que nacía
y no este en que muero, llamo muerte.
Callarán para siempre mis sonetos,
unos pocos, dispersos y olvidados,
otros nunca paridos y secretos...
¡pero no!, que estarán en mi memoria,
y aunque en el mundo fueron despreciados,
tal vez en otro mundo me den gloria.
Soneto LXXVIII
Al Monserrat
Si en mis noches, Colegio, se aparece
amargo el desaliento perturbando
todo afán, vuelvo el tiempo atrás, y cuando
vuelvo, mi corazón rejuvenece.
Entonces todavía me parece
oír al alba tu ciprés rezando,
y tu palmera ver aún danzando
al ritmo de la brisa que la mece.
Ya al recuerdo mi espíritu encendido,
remonta el tiempo hasta la dulce fuente
de lo eterno, lo mítico y sagrado,
donde no hay muerte, devenir, ni olvido;
y en ese áureo centro entiende y siente
que su luz eres tú, colegio amado.
Soneto LXXIX
Paracelso
Alambiques, retortas y atanores
cubre el polvo y devora la penumbra
del oscuro salón que sólo alumbra
un fuego de inquietantes resplandores.
Ya no emprende la búsqueda de honores
ni el oropel del oro lo deslumbra,
y meditando ante el hogar vislumbra
cómo el fuego consume algunas flores
que al acaso ha cortado en una fosa.
Luego recoge un poco de ceniza
y usando de crisol el pensamiento,
sin verla, en su otra mano la desliza;
entonces, por alquímico portento,
la ceniza renace en una rosa.
Soneto LXXX
Heráclito
Sé que el ritmo de todo el universo
y la clara armonía de las cosas
se ocultan tras las máscaras tortuosas
de lo oscuro, lo opuesto y lo diverso.
Todo consta de anverso y de reverso,
y uno son las espinas y las rosas,
uno solo los dioses y las diosas,
y el silencio y la música del verso.
Tensada por contrarios sé que vibra
la cuerda en la que el ser se manifiesta
y en un combate armónico equilibra
cada cosa enfrentándola a su opuesta;
mas la nada entre un polo y otro polo
se hace amor en el todo de uno solo.
Soneto LXXXI
de amor divino
Consuelo a la Brevedad de la Rosa
Al verla de su gloria en la alta cumbre
manda el tiempo a la rosa que decline,
y en su dictamen cruel así define
la médula voraz de su costumbre.
Pero aunque el tiempo en su cenit la encumbre
sólo por ver que en su nadir termine,
no me podrá impedir que le destine
algún verso al ocaso de su lumbre:
“¿Qué fin tiene tu vida, leve rosa,
lampo rosáceo, púrpura cometa
de efímera pasión, de breve suerte?...
mas consuélate al menos, ya que hermosa
(con voz también mortal) este poeta
canta tu vida y llora ante tu muerte.”
Soneto LXXXII
de amor divino
De cierto proceso alquímico de destilación a través de la composición del soneto
Hay cosas inefables y secretas
vedadas al común de los mortales,
que sólo alcanza en ecos fantasmales
la voz oracular de los poetas.
En su atanor alquímico de ascetas
descienden a las simas abismales
y ascienden a los coros celestiales,
sublimando su lengua de profetas.
Visitadas las lúgubres mansiones,
domados los indómitos cerberos,
bebida con los dioses la ambrosía,
divinales ya entonan sus canciones,
sus acentos deslumbran por certeros,
y su voz está libre de falsía.
Soneto LXXXIII
de amor humano
Impotencia de toda la astronomía ante la fuerza del amor
(L’amor che mueve il sole e l’ altre stelle)
Ya siento que dispones tus esferas,
cielo mezquino, máquina de espanto,
para poder mudar mi risa en llanto
y resolver mis sueños en quimeras.
Lo sé porque pasé noches enteras
observando tu constelado manto,
y vi que en él bordaban mi quebranto
con su curso tus cósmicas lumbreras.
Mas desprecio la acción de tus planetas,
tus fuegos de artificio no me afligen,
y tu vano conato estimo en nada,
pues anulan tu influjo dos cometas
(únicos astros que mi vida rigen)
al brillar en el rostro de mi amada.
Soneto LXXXIV
de amor divino
Cómo es que el poeta doblega la muerte y triunfa del mundo.
Aunque este verso ruede con el viento,
y éste muera nutriendo alguna planta,
aunque el mar trague a éste en su garganta,
y éste sea de hogueras alimento,
y todos del olvido monumento,
al poeta esa suerte no lo espanta,
ni vencido enmudece y ya no canta,
sino que fortalece más su acento,
y alzando, prometeica, su osadía
que se mofa del tiempo y del destino
y al monstruo del olvido desafía,
evidencia su espíritu divino;
es por cantar con voz aún más fuerte
que al olvido doblega, y a la muerte.
Soneto LXXXV
(satírico, compuesto por el despecho que me produjo ver cómo cierta persona recibía honores siendo -o pareciéndome a mí- soberbio, mientras que yo era olvidado, a pesar de ser -o creyendo serlo- humilde).
A: Mi Estimada Compañera De Delicias,
que vio en ridículas sandeces torpes
espejismos de virtud e inteligencia.
Guiada por la ciega complacencia
que fascina razón y corazones,
obnubiló tu mente la apariencia
lanzándote su red de adulaciones.
Cautiva entre espejismos de excelencia,
hallas prudencia en huecas opiniones,
asocias elegancia e inteligencia,
y en el poco saber ves grandes dones.
No te quejes después, si desengaña
tu afán el oropel que hoy, vano, brilla
con la capa mezquina en que se baña
de fingida virtud, de falso aplomo,
que si oropel con oro se maquilla,
delata al poco tiempo alma de plomo.
Soneto LXXXVI
A la fuente de Bandusia,
(Horacio, Oda III, 13)
He venido hacia ti, sagrada fuente,
con dulce sed de ceremonia y rito,
porque siempre en tu linfa resucito
la paz del ser, la calma de la mente.
He venido hacia ti porque eres puente
que cruza el mundo efímero y finito,
y me eleva, si audaz lo solicito,
al mundo de lo eterno y permanente.
Pudiera yo retribuir el mito
que tu canto inefable me concede
hexámetro poniendo a su infinito...
mas ¿cómo hacer tal cosa un hombre puede,
si queriendo plasmarte en verso escrito,
o muere tu cantar, o el verso cede?
Soneto LXXXVII
de amor divino
De la imprevisibilidad de los arrebatos místicos hacia la belleza
Cautivo de mi mente en la caverna,
(matriz de sombra dulce y uterina)
creciendo poco a poco me ilumina
el fulgor de una luz suave y materna.
Cuando ya, poderosa, me gobierna
hecha esfera viviente y cristalina,
en su seno de fuego me fulmina
y me disuelve en su armonía eterna.
Entonces, con afán de mariposa
que enamorada desmayar pretende
entre las lenguas de su amante flama,
a su primer morada el alma asciende,
en el seno divino al fin reposa,
y la fuente del ser comprende y ama.
Soneto LXXXVIII
De amor divino
Juramento del Poeta de realizar su misión, y vaticinio del premio que recibirá por ello.
Haré poesía el crudo sufrimiento
que hiela el corazón con su nevada,
y el incendio del alma apasionada
que se abrasa en el mar del sentimiento.
Haré poesía el mudo pensamiento
que interroga la noche constelada,
e indaga si fue un dios o fue la nada
el origen del vasto firmamento.
Haré poesía todo lo que siento,
y aunque de la poesía haga mi muerte
incluso de la muerte haré poesía,
y cuando llegue ese fatal momento
y la muerte me robe a la poesía,
la poesía me robará a la muerte.
Soneto LXXXIX
de amor divino
A la eternidad de la poesía
(Horacio, III, 30)
Aere perennius
Que mármoles más firme un monumento,
que obeliscos más alto he construido,
faraónico triunfo ante el olvido,
para dioses y héroes digno asiento.
Indemne ante las lluvias y ante el viento
su olímpico baluarte establecido,
cincelados sus muros en sonido,
y en perennes ideas su cimiento.
Viviré eternamente en sus alturas
cual águila real en alto nido,
y oteando alguna vez desde mi cumbre
veré de otros las obras mal seguras
hundirse devoradas por la herrumbre
que, en su piedad, les impondrá el olvido.
Soneto XC
de amor divino
La transfiguración (con final icario)
Si al éter me arrebata en aura leve
de un cisne la purpúrea travesía,
y extasiada mi alma se confía
a su plumaje de cristal y nieve,
si las musas permiten que me eleve
y bebo de sus fuentes ambrosía,
porque sé con el don de la poesía
hacer perenne lo mortal y breve,
si de la misma eternidad se adueña
cuando canto, mi espíritu un momento,
¿qué me importa si luego se despeña?
Dulce es gozar la gloria de la cumbre
y del vuelo el efímero portento,
aunque después caer sea costumbre.
Soneto XCI
de amor divino
La Apoteosis del Poeta
Si al éter me arrebata en aura leve
de un cisne la purpúrea travesía,
y extasiada mi alma se confía
a su plumaje de cristal y nieve,
si los dioses permiten que me eleve
y beba entre sus risas ambrosía,
es que sé con el don de la poesía
hacer perenne lo mortal y breve.
El templo de mis versos atesora
y del incierto devenir exime
lo que no robará, fugaz, la hora,
ni encanecer jamás podrá el invierno,
nuncio yo de lo bello y lo sublime,
y sumo sacerdote de lo eterno.
Soneto XCII
de amor divino
Acerca del poeta como cisne pindárico y abeja horaciana
Ímpetu ciego es el poeta un día,
bestial y dionisíaca locura;
torrente que sin freno se apresura
volcando sus caudales de poesía.
Al siguiente, es dorada medianía,
suave decoro y délfica mesura,
manantial majestuoso de agua pura
que fluye por senderos de armonía.
Unas veces al cielo, audaz, se aleja,
como el cisne purpúreo y desbocado,
y otras veces planea humildemente
como la parda y minuciosa abeja…
(pero siempre su canto traza un puente
al mundo de lo eterno y lo sagrado).
Soneto XCIII
de amor divino
Soneto al arquetipo de la Rosa
(a mi Madre)
La rosa es sin porqué, florece porque florece;
no cuida de ella misma, no pregunta si se la ve.
(Angelus Silesius)
No a la rosa que nace, no a la rosa
que ostenta en el jardín su lozanía,
no a la rosa que enfrenta su agonía
y es en mis manos una simple cosa…
no a la rosa que en sueños, tenebrosa,
empobrecida, fantasmal y fría
ensaya nuestra vana fantasía,
cantar quiero, sino a la misma Rosa.
A la Rosa ideal, que un solo instante
el espíritu alcanza, y pierde luego,
como efímera y ciega mariposa.
A la secreta, inmóvil y constante
rosa sin tiempo, hecha de luz y fuego,
al eterno arquetipo de la rosa.
Comentario al Soneto al arquetipo de la Rosa
Mi rosa es mi madre. Ahora entiendo que ella es el anhelo de mi amor, el amor que me dio la Fuente de todo amor, Dios. Debo haber recorrido mil mundos para estar en compañía de ese ser que en esta encarnación es mi madre, y sé que si Dios así lo quiere, eternamente estaré a su lado y que juntos subiremos a Dios, cuando Él nos llame y nos fundiremos en la Eternidad con Él. ¿Qué importa cuánto tiempo estemos separados si en la eternidad estaremos unidos?... He encarnado para estar con mi madre, porque en ella brilla a mis ojos la luz más pura.
Escucho siempre su frase más bella: “el amor más hermoso es darse sin esperar nada a cambio”, y me sorprende su igualdad con la frase de Angelus Silesius que coloqué como epígrafe a mi soneto. Esa, a mi entender, es la frase más hermosa que ha dicho mi madre en su vida. Yo entiendo que es así, y que ella, al ser así, demuestra que siempre mi alma ha estado enamorada de su alma, desde que fuimos creados.
Agradezco a Dios mi eternidad gozosa, que es estar al lado de mi madre. Ella es mi rosa.
Soneto XCIV
de amor divino
A una gaviota muerta, inspirada por la melancolía de Venecia
En el blando vaivén del agua helada,
un poco deshojada, un poco rota,
para siempre del cielo desterrada
danza muerta y helada una gaviota.
Como un trozo de nada en otra nada
su cuerpo sobrenada y mudo flota,
melancólica flor abandonada
que en el lánguido oleaje mustia brota.
Nube intrépida fue, que en raudo vuelo
aró el viento y surcó las auras suaves,
en su palacio azul de vastas salas…
hoy sólo es lenta espuma, y blando suelo
revuelven, cual oscuros remos graves
sin rumbo ni timón, sus muertas alas.
Soneto XCV
A algún rito oscuro, medieval y perdido
No pudo cronicarte el manuscrito
ni atraparte en su texto la escritura,
escapaste a la estricta miniatura
y libre permanece tu infinito.
No te podrá encontrar el erudito
en el frío rigor de su lectura,
y virgen tu secreto aún perdura,
¡oh, antiguo, oscuro y misterioso rito!
Salvaje merodeas todavía
en el rumor del bosque silencioso,
y así quiere sentirte mi poesía.
Yo te leo en los árboles y el viento,
en las grutas y el río tenebroso,
y a través de los siglos te presiento.
Soneto XCVI
mitológico
A Faetón y a Sor Juana
Arduo en su afán y firme en su locura
impar anhelo coronar pretende,
y más montado en su osadía asciende
que en el carro, del éter a la altura.
Cuando por fin domina la luz pura,
y de un polo a otro polo el día esplende,
lo abrasa con el rayo en que se enciende
la envidia enmascarada en la cordura.
Se precipitan ya del claro cielo
y en su abismo devora el agua oscura
caballos, carro, auriga, luz y anhelo…
Mas eclipsar en vano tu memoria,
tienta el olvido, o sofocar procura
pues osaste, Faetón, tu inmensa gloria.
Soneto XCVII
de amor divino
La divina insolencia del Poeta
La eternidad se nutre en mi poesía,
sus eones mi voz rejuvenece,
el infinito en mis palabras crece
y mi cantar su infinitud amplía.
Al ritmo de mis versos la armonía
la música del cosmos establece,
y la misma belleza se embellece
cuando su danza por mis pasos guía.
Sutil y alado, diáfano y sagrado,
en el cenit del ser mi canto admiro,
y el coro de los mundos lo interpreta.
De galaxias y abismos coronado,
reclamado a ser dios por ser poeta,
néctar bebo, icor sangro, éter respiro.
Soneto XCVIII
de amor divino
De la búsqueda del Arquetipo del Soneto
Busco un soneto de silencio puro,
infinito en su ser no proferido,
forjado con el hielo del olvido
y esculpido en la niebla del futuro.
Busco un soneto hecho de luz y oscuro,
caos tácito y cósmico vagido,
canto sublime, pánico alarido,
amalgama de santo y de perjuro.
Busco el soneto prístino y secreto
que subyace latente en lo profundo
del ser, y nunca se ha manifestado.
Busco el mismo arquetipo del soneto,
el que nunca podré traer al mundo,
el que sé que jamás me será dado.
Soneto XCIX
de amor divino
Transfiguración en el Adam Kadmón
Un súbito plumón de alta blancura
divino despuntar en mí ya siento,
crecer en alas y entregarse al viento
en busca de los cielos y su altura.
Y un torrente ya siento de agua pura
surgir del pecho en éxtasis violento,
pretendiendo elevar al firmamento
el diáfano fervor de su frescura.
Así en pájaro y río transformado,
me rapta una vorágine ascendente
hasta el origen de las cosas bellas,
del ser y del amor hasta la fuente;
y en este nuevo y más sutil estado
mar hallo el cielo y nido las estrellas.
Soneto C
(satírico, a un petimetre que en su miopía, pretendía llegar a saberlo todo)
Todo quiere saber tu ingenuo anhelo,
y a todos superar tu desmesura,
mil libros te devoras sin hartura
y en ninguna otra meta pones celo.
Yo te quiero advertir, porque recelo
que muy pronto tu mal no tendrá cura:
sin freno tu carrera se apresura
y obtendrás sólo el titulo de lelo.
Y a tu afán, que al saber volar procura
con alas que fraguó de blanda cera,
en exceso su luz le será fuerte;
Tu miopía se agravará en ceguera,
tu ceguera se volverá locura,
y tu locura parará en tu muerte.
Soneto CI
de amor divino
Del fuerte estado melancólico
Quiero verter el néctar del olvido
y la dulce ambrosía de la nada
en el cuenco del alma, que agotada
quiere huir lo que es y lo que ha sido.
Venga la muerte tibia, y en su nido
construyan mis anhelos su morada,
que feliz la recibo en su llegada,
y feliz de este mundo me despido.
Superar quiero, vida, tu desierto,
tantálico escenario en que nos tientas
con frutos que resultan espejismos.
Abrazar busco el silencioso puerto
al mar del ser, espléndido en tormentas,
fértil en sombras, pródigo en abismos.
Soneto CII
De amor divino
a Borges
¿Qué mitos, qué remotas teogonías,
labradas con metáforas lejanas
redimen el dolor de mis mañanas,
de mis tardes, mis noches y mis días?
¿Qué fe, qué ciencia, qué filosofías
en sus castillos de palabras vanas,
justifican mis lágrimas tempranas,
mis quebrantos y mis melancolías?
¿Qué cábala, qué formula o guarismo
trazado por un dios senil y oscuro
con un poco de cielo y más de abismo
la esencia de mi ser abre y descifra?
no lo sé… solamente estoy seguro
que entre el polvo y la sombra está la cifra.
El título de los poemas que te entrego, Lector, respeta el orden ontológico en que se entienden estos amores, si bien (tal vez) son uno y el mismo, y la división es un engañoso espejismo de la debilidad humana. Como quiera que sea, en el interior, el orden de los poemas se amolda a un patrón inverso: el de la ascesis del alma del poeta. He dispuesto los sonetos respetando un orden aproximativo a como me fueron llegando, cedidos por la fricción y el encuentro de mi alma, la divinidad y la exterioridad, o -lo que es lo mismo- de mi corazón, la unidad y la pluralidad, con la inevitable bisagra del desengaño y el dolor del amor profano, como intermedio necesario para la ascensión al Amor Divino y el éxtasis.
Conforme a mis propias experiencias, creo que la circunvolución del alma pasa por diferentes estancias, en camino espiralado, de sístole y diástole, como la respiración de las mareas o el acercamiento al centro del laberinto de una catedral medieval: siguiendo el patrón de un movimiento circular y centrípeto que va desde los confines del mundo exterior, paulatinamente, a un centro ideal que quizás nunca se alcanza pero que debe buscarse. La tortuosa odisea de la mente, desde el pensamiento racional al intuitivo, es un reflejo, también, del anhelo del centro, reflejado, según algunos gnósticos, en las circunvoluciones de la masa encefálica. Es un proceso que químicamente podría asimilarse a una decantación, formada por sucesivas destilaciones y precipitaciones, las cuales van purificando una prima materia en principio densa y plúmbea, y en la que poco a poco germinan las semillas áureas de su verdadera naturaleza interna y latente. Supongo ahora que el camino no es rechazar el amor humano por el amor divino, sino saber conjugarlos sabiamente.
La “celeste agricultura” de la lira (y especialmente en el exigente y exquisito plectro del soneto) hace de este movimiento, de esta danza laberíntica, un viaje lento, pero claro. Con todo, no hay navegaciones portuarias para los que emprenden un viaje sincero. Siempre nos amenazan a los poetas Escilas y Caribdis, y los vientos de nuestra interna naturaleza.
Es una navegación que ya simbolizaban los coros cretenses cuando, en un mosaico en el que estaba trazado el laberinto, los efebos y las doncellas equilibraban la búsqueda del corazón medular con delicados pasos, medidos por la áurea proporción de cordeles que entretejían entre sus dedos; perfumado ritual que casi se entrevé intuitivamente, tan erosionado por el tiempo y las guerras y los odios todo rastro suyo. Pero el elocuente silencio del símbolo y su rito resurge siempre. Cada cultura lo tiene, con voz diferente. Renace inmortal como el fénix y nunca silenciará, mientras haya el Hombre, su llamada impostergable.
Soneto I
de amor humano
Acerca de que el Poeta sospecha una laberíntica estrategia de su propia mente para no darse cuenta de la verdad desnuda: que Filis no ama al Poeta.
Imagino que Filis no me ama,
que me olvida, me miente y me desdeña,
y cuando el alma este tormento sueña
canta a Filis con injuriosa fama.
Pero si su bondad mi lira infama,
y en celebrarla ingrata su arte empeña,
porque sabe que Filis es su dueña
el dulce engaño mi pasión inflama.
Así pueblo de mentirosos llantos
los versos que la muestran despiadada
cuando fingen ajenos sus encantos;
¿o será que es muy otra la celada
que la locura impone a mis quebrantos
para alejar del pecho aquella espada?...
Soneto II
de amor humano
De la imposibilidad que tiene de autoengañarse con el despecho el corazón sensible.
Mi fatal desventura en vano niego,
el alma reconoce esta mentira;
inútil es fingir que ya no inspira
la pasión de su cuerpo un amor ciego.
¿Que extinguió su crueldad mi loco fuego?
¿que mi libertad a otro amor aspira?
¿cuando arde de versos esta lira?...
¿cuando muero en la cárcel de mi ruego?...
Con el martillo amargo del despecho
en vano me forjé tal impostura
en la fragua candente de mi pecho:
Porque el yunque adolece de blandura,
porque se parte el corazón deshecho,
cuando intento golpear con mano dura.
Soneto III
de amor humano
En que el Poeta interroga a su obra como si fuera un oráculo.
Dice el Poeta:
Canta, Soneto, la pasión funesta
del amor imposible que persigo,
y cuando llores mi dolor conmigo,
redoblarán tus versos mi protesta;
canta, Soneto, mi pasión funesta
y dime la razón de este castigo,
que si de sus rigores soy testigo,
no obtiene mi inquietud una respuesta.
Contesta el Soneto:
Cantaré con mis versos tu dolencia
y a tu destino llamaré inhumano
diciendo que es más duro que la muerte;
pero en vano puliste mi cadencia
si buscas en mi ritmo algún arcano
que resuelva el enigma de tu suerte.
Soneto IV
de amor humano
Acerca de que es mejor sentir amor con sus dolores, que inocua libertad y su insípida paz.
Si este amor es del alma una condena,
(pues preso al corazón el alma siente)
sumiso a sus rigores y obediente
encontrarán que sufriré mi pena.
Si este amor es del alma una condena,
en vano buscarán verme inocente,
que tal castigo el alma lo consiente,
y porta deleitosa su cadena.
Y firme asentaré mi pie descalzo
si está lleno de espinas el camino,
y veré con ternura a mi verdugo
cuando el tiempo me lleve hacia el cadalso;
y deudor quedaré de mi destino,
a quien muerte tan dulce darme plugo.
Soneto V
de amor humano
Estrategia posible de la amada para saber si el amante es digno de su corazón
¿Qué te diré, Soneto, si a mi pecho
lo enmudece la angustia de mi vida?
¿si mi cuerpo, aunque intenta, nunca olvida
el calor que ella daba a nuestro lecho?
Nada puede el consuelo del despecho,
y si busco al dolor una salida,
abriéndose al recuerdo cada herida,
sólo el morir parece de provecho.
Pero al ir terminándote, Soneto,
renace la esperanza entre mis llantos,
tratando de ser fuerte y no perderla;
sospecho entonces un ardid secreto:
que un momento me niega sus encantos
para ver si soy digno de tenerla.
Soneto VI
de amor humano
Despecho ante el rigor mostrado por la amada.
¿Qué te diré, Soneto, si a mi pecho
lo enmudece la angustia de mi vida?
¿si mi cuerpo, aunque intenta, nunca olvida
el calor que ella daba a nuestro lecho?
Nada puede el consuelo del despecho,
y si busco al dolor una salida,
abriéndose al recuerdo cada herida,
sólo el morir parece de provecho.
Pero al ir terminándote, Soneto,
renace la dureza entre mis llantos
y destierra al deseo de la muerte,
pues siento nacer un rigor secreto
que dice que mis males no son tantos,
y que ella no era digna de mi suerte.
Soneto VII
de amor humano
Duda acerca de los recursos de comparación usados por el Poeta
¿Apelaré a la púrpura de Tiro
para alabar los labios de mi amada?
¿la púrpura que bañará esta espada,
cuando acalle el dolor en que deliro?...
¿o al mármol con torrentes de zafiro
para elogiar su mano delicada?
¿el mármol de mi última morada
cuando ya no le importe si respiro?...
¿con cuál abismo de cuál mar profundo
compararé la noche de sus ojos
y el vértigo mortal de su mirada?
¿con el horror, tal vez, en que me hundo
cuando me siento afán de sus antojos,
y pienso que a mi amor lo estima en nada?...
Soneto VIII
de amor humano
Acerca de la debilidad de la fingida cólera para con la amada estando ella ausente, en comparación con la realidad de su presencia.
“Me invade todo el cuerpo este veneno,
y azul transita las azules venas:
amargo te será si me envenenas
despreciando mi amor por otro ajeno;
pues cuando la ponzoña llegue al seno
que ahora con tus labios desenfrenas,
llorarás haber roto mis cadenas,
y entonces seré mármol a tu treno.”
así mentía y prometía hielo,
armándome de efímera dureza,
a la que provocaba mis enojos,
pero en medio de mi profundo duelo
llegó y me calmó con su belleza,
y desarmó mis celos con sus ojos.
Soneto IX
de amor humano
Amenazas de venganza del amante ante el alejamiento de su amada, y conversión en odio del antiguo amor.
¿Huyes de mí, te apartas, traidora,
ahora que acertaste ya tu flecha?
¿no te espanta la muerte que me acecha,
ni la amarga pasión que me devora?
Mira que si este corazón te adora,
y si hoy tu boca mi pasión cosecha,
cuando sepa que tu alma lo desecha,
y otro rostro tus ojos enamora,
no entregará sus fuegos a la muerte,
ni impotente, o rendido a tu inclemencia,
lamentando el destino de perderte,
llorará obediente tu sentencia;
antes será verdugo de tu suerte,
y expiará tu dolor mi penitencia.
Soneto X
de amor humano
Acerca del amor como navegación
Si el mar del desconsuelo me extravía,
si en medio de la noche no hallo amparo,
el plenilunio de tu rostro claro
impide que naufrague el alma mía;
y mientras la tormenta me desvía,
si no viera en tus ojos mi reparo,
no encontraría entre las olas faro
que me dejase andar mi travesía.
Cuando al fin a mi nave le das calma,
y el cielo de tu cuerpo estrellas riela,
dando al timón del pecho rumbo cierto,
avista tierra desde el barco el alma,
a la brisa inconstante niega vela,
y al muelle de tu seno quiere puerto.
Soneto XI
de amor humano
El Amor como forma de despertar del sueño de una existencia indiferente
Canto al Amor, que me arrebata el vuelo,
y me somete a una prisión de penas,
pues aunque esté cargado de cadenas,
cuando era libre, ignoraba el cielo.
Canto al Amor, que me enseñó el desvelo,
agitando mis noches más serenas,
cargándome de culpas y condenas,
mostrándome el insomnio y el anhelo.
Pero si alguna vez mis alas lloro,
o si mi antigua libertad extraño,
mientras deploro mi presente suerte,
meditando en la cárcel donde moro
encuentro que el Amor no me hizo daño
al sacarme del sueño de la muerte.
Soneto XII
de amor humano
Regreso a la libertad sin amor por alejamiento de la amada y la imposibilidad de querer autoimponerse otros amores
Este soneto que el amor me inspira
me despoja del último lamento,
pues no queda en mi música el aliento
para templar con el dolor la lira;
y así como la musa se retira
si privado de aquel amor me siento,
inútil es buscar otro sustento,
y no engaña a mi plectro la mentira.
Encerrado en las cárceles del verso,
encadenado a ti y a mi locura,
condenado a ensalzarte con mi canto,
contemplaba seguro el universo,
y la pena sufrida no era dura,
pero esta libertad produce espanto.
Soneto XIII
de amor humano
Terribilis ut castrorum acies ordinata
El Poeta vislumbra la terrible fuerza de la amada y el combate que contra ella misma tendrá que emprender para conquistarla, más el pánico ante la posibilidad de que su amor, para ella, sólo sea un juguete y así él quede librado al desvarío.
Poco podrá mi corazón de hielo
contra el fuego de tu mirada ardiente,
temblando ya, mi espíritu presiente
la batalla entre el sueño y el anhelo,
la amistad entre el alba y el desvelo,
mi locura cierta, mi razón ausente;
y aunque armado de hierro te hago frente,
ya cincelo sonetos con mi duelo.
¿Qué escudo me armará contra tu vista,
si evitarla yo mismo siempre evito,
y extravío en tus ojos la mirada?
¿de qué te servirá esta cruel conquista,
si al haber consumado tu delito,
me condenas, matándome, a ser nada?
Soneto XIV
de amor humano
Desesperación del amante por el indiferente alejamiento de la amada
Aunque la causa de su obrar ignoro,
sé bien la gravedad de su delito:
me deja cuando más lo necesito
aquel injusto corazón que adoro;
en vano con mis súplicas le imploro,
o con mis llantos este pecho agito,
y pues he sido de su amor proscrito,
inútilmente mis sonetos lloro;
y aunque el ritmo del pulso desenfreno,
y late el corazón desesperado
mientras palpita mi alma enloquecida,
y se desboca el frenesí en mi seno,
poco le importa hacer la vista a un lado,
e ignorar la tragedia de mi vida.
Soneto XV
de amor humano
Imposibilidad de publicar el amor que amante y amado se tienen. Sufrimiento del amante por no poder exteriorizarle en público su amor al amado, y petición de que no se ofenda por ello.
Ídolo mío que en silencio adoro,
no consideres mi silencio altivo,
ni creas que si a tu mirar esquivo,
a tu amor en secreto no lo añoro;
Que si parece que tu ser ignoro
volviéndome tu eterno fugitivo,
sin verte a cada instante, ya no vivo,
y mientras finjo, mi ficción deploro.
Mas si mira la sombra esta mirada
y si callo el amor que gritaría,
es que temo el castigo del destierro;
y aunque más grande que este amor no hay nada,
ni nunca otro tan fuerte se hallaría,
el mundo le condena y dice yerro.
Soneto XVI
de amor humano
Desesperación del Poeta ante el hecho consumado de que su amor, para ella, era sólo un juego. Determinación de suicidarse y advertencia al cruel corazón de la mujer de que se arrepentirá de haberlo sumido en la desesperación y haberlo empujado a tan terrible decisión al leer este soneto en que todo lo explicado él confiesa.
Triunfo de tu desdén estos despojos,
contento de tu espíritu estas penas,
fluye siempre la fuente de mis ojos,
y está presta a fluir la de mis venas.
Una vez que estén rotas las cadenas,
y se inunde el papel de versos rojos,
pues tú misma a la muerte me condenas,
en vano estrecharás mis miembros flojos.
Cubra entonces tu llanto este soneto,
tus sollozos adornen su cadencia,
y la culpa florezca entre tus manos.
del más allá observándote en secreto,
aliviará quizá mi penitencia
ver tus ojos un poco más humanos.
Soneto XVII
de amor humano
El Poeta toma conciencia de que es cobarde y miope atribuir su desgracia en el amor al destino, y se hace cargo de sus errores.
¿Lloraré otra vez, cielo, mi destino,
culpándote de tanta desventura,
y buscando en los astros de tu altura
la razón del dolor en que me obstino?
Aunque llame a este cielo mi asesino
diciendo que mi fin su mano apura,
cuando ciegue mi mente esa locura,
calla Soneto, tanto desatino.
Sé testimonio en cambio del fracaso
del amor que no supo amar sin queja
ni entregarse sin miedo a la alegría,
o ver en ese error su propio ocaso.
Culpable muéstrame, Soneto, y deja
inocente a la vasta astronomía.
Sonetos XVIII y XIX
de amor humano (soneto dentro de un soneto)
Desesperación e impotencia del Poeta ante el rigor y las dificultades impuestas por el amor, cantados desde la proa de un navío. Decisión de suicidarse, pero antes, último soneto en que declara los duros sufrimientos de la vida y los débiles momentos de contento. Se cierra el soneto con la escena en que el Poeta arroja su lira y luego se entierra su propia espada, entregándose a las aguas del mar.
El amor, más que amor, una mentira,
imposible a ese espectro hacerle frente,
la vida, más pasada que presente,
más próxima la espada que la lira.
Aunque agotada la razón expira,
y crece el devaneo de la mente,
el corazón dirá a su dios ausente
el último soneto que le inspira:
“Ausentes horas, de contento llenas,
años presentes, llenos de tormentos,
felicidad, fugaz como los vientos,
eternas como estrellas, duras penas.
Si de amor mutuo, frágiles cadenas,
implacable eslabón, si de lamentos,
para muerte ocasión de sufrimientos,
de alegría, para sonrisa apenas.
Todo anhelo, motor de desalientos,
toda esperanza, canto de sirenas,
de los males los bienes nacimientos,
los males de los males incrementos,
el nacer, puerta a los padecimientos,
otra puerta el morir, a más condenas.”
Cae el plectro y la pluma al fin reposa,
y una vez que ha llorado este soneto,
no quiere el corazón sufrir más nada;
entrego al mar la lira silenciosa,
y a su última orden me someto,
llora entonces sus lágrimas la espada.
Soneto XX
de amor humano
(venganza a través del Soneto)
El Poeta decide sacar a la luz la crueldad de su amada después de que ella lo ha abandonado, a pesar de haber jurado no revelar la dureza de su amada.
Los lamentos que impuso a mi quebranto
juré siempre guardarlos en secreto,
pero aquí los publica este soneto,
desnudos de su silencioso manto.
Ni me detiene su pasado encanto,
ni me importa el perjurio que cometo,
si de este modo su impiedad someto
a la pública luz, y a vuestro espanto.
Una vez que circule este billete,
y la herida a su fama se concrete,
quizá caiga también entre sus manos,
lo recorra nerviosa su mirada,
reconozca sus actos inhumanos,
y sin máscara ya, llore indignada.
Soneto XXI
de amor humano
acerca del Soneto como geométrica túnica del Amor
¿El éxtasis vestir de mil mentiras?
¿someter a tu rígida estructura
el alado corcel de mi locura,
que no sabe de frenos ni de liras?
¿en verdad a tan alta gloria aspiras?
¿confiar cosa tan leve a otra tan dura,
cifrarla en tu mezquina arquitectura?...
Si tal deseo alientas, tú deliras,
tú desvarías como yo, Soneto;
si a tu loco pedido me someto,
no es que asalte a mi mente esa insolencia,
pero muere quien su dolor silencia,
y apresando el amor en tu cadencia,
libraré de su cárcel mi secreto.
Soneto XXII
de amor humano
Protestas del Poeta ante el destino por los sufrimientos que ha debido sobrellevar, y demanda de explicación acerca de cuál ha sido su tan grave yerro para tener que sufrir tantos males. Visión melancólica de la felicidad pasada.
¿En qué pude ofenderte, Hado mezquino,
alguna vez, si nunca mi obediencia
rebelde protestó de tu sentencia,
cuando la pena en mi desmedro vino?...
Sufrí siempre callado mi destino
intentando cumplir la penitencia:
esperaba confiado tu clemencia,
honraba, sin saberlo, a mi asesino.
¿Dónde huyeron mis flacas alegrías,
sólo recuerdos y fantasmas vanos,
sólo espejismos de pasados días,
triste consuelo de mi mal presente?
se escaparon los sueños de mis manos,
la musa sólo canta amor ausente...
Soneto XXIII
de amor humano
El poeta se encuentra con el viejo árbol en el que, hacía años, había grabado, lleno de esperanzas, sus anhelos de amor, y recibe de sí mismo el cachetazo por haber sido tan iluso, al comparar esas esperanzas con su situación presente. Se detiene a grabar nuevos versos, que, esta vez, pongan en prudencia a los amantes desprevenidos acerca de los tormentos y peligros del amor.
Corteza ruda en que por vez primera
grabé versos forjados en el pecho,
te enfrenta hoy mi corazón deshecho,
otra vez le recuerdas su quimera.
Si en esas cicatrices persevera
como anhelo el amor insatisfecho,
otra musa, nutrida en el despecho,
hundirá su punzón en tu madera:
cantarán sin reparos mi protesta
tus nuevas y dactílicas heridas,
perdidas en recóndita espesura;
y al amante emboscado en la floresta
mostrarán mis sentencias advertidas,
previniéndolo así de la locura.
Soneto XXIV
de amor humano
La vena poética del pasado del Poeta es el arma misma que lo reconviene por haber sido tan crédulo, y la actual le hace presentir su próximo final. Sólo le queda usarla para cantar sus desventuras actuales. En una serie de raros oximoron, declara su deseo de la muerte.
Lira de ayer, ilusa e inexperta,
flagrante escarnio de mi mal presente,
presente lira, estéril y doliente,
presagio firme de mi muerte cierta.
burladas esperanzas, senda abierta
al duro desengaño de la mente,
anhelos desechados, vana fuente
de viva pesadilla y vida muerta.
Íncubo despierto, vívida nada,
mengua creciente, silenciosa lira,
crasa miseria, prófuga cordura,
naciente ocaso, lógica locura,
áspide suave, hospitalaria pira,
exquisita cicuta, amante espada.
Soneto XXV
de amor humano
Sencillo pedido a la Naturaleza para que, pudorosa, cubra ella su cadáver cuando finalmente haya el Poeta rendido su alma al dolor causado por el desamor de la amada.
Doblad, Soneto, lira y plectro míos
el dolor que me impone con su ausencia,
que si mata mi amor no me silencia,
aunque me inspire versos más sombríos:
“Nutríos de mis llantos, fuentes, ríos,
ahora que contáis con mi presencia,
consumirán en breve mi existencia,
y entonces nutrirán a los rocíos”
“Hondonadas desiertas y baldías,
inhóspitos solares olvidados,
desnudos pedregales, sauces flojos,
regiones espantosas y vacías
que cobijáis mis últimos cuidados,
ocultad estos próximos despojos”
Soneto XXVI
de abandono del amor humano, y albur de la tendencia hacia el amor divino
Esperanza del poeta de que, después de haber expirado como efecto de los dolores del amor, que le hicieron componer tantos versos tristes, al fin se reencuentre con la Fuente de toda belleza, y entonces nazcan de su corazón no ya cantos sombríos, sino plenos de belleza y contento.
Sonetos inconclusos y olvidados,
reflejo fiel de mi impotente lira,
truncos anhelos que la musa inspira,
para dejar después abandonados.
Rimada confesión de mis cuidados,
altura a la que el canto en vano aspira,
me entrego con mis versos a la pira,
incapaz de arrebatos más osados.
Siquiera el alma, huyendo de mi pecho,
entonces soplo tibio y sin cadenas,
con un murmullo de alas desplegadas,
de súbitas palomas liberadas,
deponiendo el acento del despecho
entone voces de belleza plenas.
Soneto XXVII
de acercamiento hacia el amor divino
Acerca de que la totalidad es la totalidad.
El rostro del amado y de la amada,
los fugaces murmullos de la espuma,
las finas estocadas de la pluma,
las páginas escritas con la espada;
el constante pulsar de la cascada,
el sólido basalto de la bruma,
el incienso, que queda y que se esfuma,
el lapso de la voz y la mirada;
no hay nada que persista o se consuma,
y todo dura todo y dura nada,
¡oh tiempo que ya olvidas, ya devoras,
con los siglos, los días y las horas!
Todo está presente, todo se ha ido,
uno son la memoria y el olvido.
Soneto XXVIII
de amor humano
El Poeta declara su contumaz consagración al amor, a pesar de las reconvenciones de los avisados ancianos y los experimentados peregrinos de vuelta de su odisea en pos del amor, incluso si luego, una vez vencido por el amor, se da cuenta demasiado tarde su yerro, ya del otro lado.
Efímera belleza de las flores,
cabelleras celestes de un instante,
lívido lampo, azul y fulminante:
no más que vos alientan los amores.
Y yo, con todo, busco los honores,
de poder con verdad llamarme amante,
dejad en la otra vida que me espante
de tan vanos afanes y labores.
Porque ahora no sé vivir sin ellos,
ni recelo futuros desengaños,
que tal no cuidan mis escasos años;
y mientras vivo, me parecen bellos,
y nadie me hace verlos sinrazones,
que no escuchan razón los corazones.
Soneto XXIX
de amor por el soneto
Acerca de que el Soneto domina a Poeta y éste no es sino un instrumento de la energía del primero, que quiere manifestarse a la luz.
Me concedió la noche otro soneto,
y creo que uno más me trae el día,
misteriosa y poética porfía
a la que desvelado me someto.
Ya he superado su primer cuarteto,
y no hay sueño en la pluma todavía,
pensé que en el segundo se dormía,
pero con este verso está completo.
No entiendo qué verdad quiere decirme;
en nada se detiene si la aprieto,
y sigue y sigue con su paso firme...
me parece una falta de respeto,
menos mal que es el último terceto,
y agotado, por fin puedo dormirme.
Soneto XXX
de amor por la pasión
De la razón del corazón, y de la sinrazón de la razón.
¿Por qué tienes razón, si no la tienes,
corazón que mi sinrazón produces?
pero con gran razón razón aduces,
si de este mal, razón son los desdenes.
Razonemos, para que al fin ordenes
este defecto de razón que induces;
apaguemos de amor las falsas luces,
y encendamos las luces de las sienes;
mas no, que sin razón te solicito
la ciega luz de la razón odiosa,
del corazón la falta de razones;
que pedir la razón es un delito,
y mejor que el amor no hay otra cosa...
te pido corazón que me perdones.
Soneto XXXI
de amor humano
Del amor como de un encantamiento, afín al de castillo de Atlante en el Orlando Furioso, pues aun gustado su sabor amargo, el alma pide volver a gustarlo, inmediatamente olvidada de su acritud no bien ha dejado de saborearlo.
Imaginé el amor como un ensueño,
enseguida gusté su desencanto,
afronté sus vaivenes con empeño,
comprobé el desengaño con espanto;
compuse mis sonetos entretanto,
robando tiempo y tramas de mi sueño,
parcelé con la métrica mi llanto,
más siervo de los versos que su dueño;
ensombrecí las cuencas de mis ojos,
llamé a la muerte en busca de cordura,
pude ver desde lejos mis despojos;
y aunque tuve de amor la sola cura,
volví a beber la copa del olvido,
y amar, vivir, nacer, de nuevo pido.
Soneto XXXII
de despedida del amor humano
Vanidad del mundo
Torres de humo, bóvedas de viento:
juguetes del futuro y de la muerte,
estatuas y palacios del aliento:
marionetas del tiempo y de la suerte;
frágiles actos, flaco pensamiento,
endeble voluntad, destino fuerte,
blanda pasión, escaso entendimiento,
deseada indiferencia, acción inerte;
molino destructor de la fortuna,
sólido pedestal de incertidumbre,
que plagia con sus cambios a la luna,
y humilla todo aquello que se encumbre...
no es el hombre en medio de esta nada
más que un cuerpo y un nombre, y otra nada.
Soneto XXXIII
de despedida del amor humano
Vanitas vanitatum, et omnia vanitas.
Acerca de la caducidad de todo
El mismo corazón de la montaña,
por bloques dividido en la cantera,
dispuesto para lápida postrera,
o recuerdo perenne de una hazaña,
ese pálido mármol nos engaña;
pero el agua, de bronces alfarera,
gota a gota desmiente la quimera
de que el tiempo los mármoles no daña,
y con cincel paciente nos enseña,
derriba nuestro orgullo, y nos advierte
que la muerte los mármoles desdeña,
y del hombre y sus méritos se adueña...
que en vano en la memoria su arte empeña,
y que el olvido seguirá a la muerte.
Soneto XXXIV
de amor humano
escena onírica
Ruedan mínimas lunas de tus ojos
y me eclipsan el sol de tu mirada,
entonces me parece que soy nada,
e intento devorar tus labios rojos;
me animo a confesar mis versos cojos,
tú sigues melancólica y callada...
te alejas de repente con mi espada:
cuando llego, tus miembros ya están flojos;
llueve sangre caliente de la herida,
y vomita al salir toda tu vida,
empapando mis manos, tu cintura...
me arrebata una súbita locura,
me rindo, me suicido, caigo muerto,
ya no soy, ya no existo, me despierto.
Soneto XXXV
de alejamiento del amor humano
El poeta se halla agobiado por la sensación de que, todo lo que es, será entregado a la omnipotencia del olvido, y reconviene al lector sobre el caso.
Te cubrirán las sombras poderosas
del tiempo, del azar, y del destino,
que en el ciego fluir de su camino
ni perdonan los templos, ni las rosas,
que imponen nuevos dioses a las cosas
con prolijo descuido y desatino,
palimpsesto perpetuo el pergamino
donde escriben con manos temblorosas...
¿qué esperas de los siglos, si la brisa,
besando el labio mudo con su soplo,
arrebata a la estatua su sonrisa
al servirse del polvo como escoplo?...
nada que hayas amado o conseguido
escapará del memorioso olvido.
Soneto XXXVI
de acercamiento al amor divino
Estupidez del hombre que pretende tener algún dominio sobre las fuerzas que rigen su vida.
Alcé mi brazo con la mano abierta
buscando apoderarme de la luna,
cegado por los cambios de fortuna
creí que de su arcano era la puerta;
por mi puño un instante fue cubierta:
ese instante mi puño fue la luna,
y al soñarme señor de la fortuna
vi mi vida feliz, fácil, y cierta;
pero al mirar mi codiciosa palma
sólo sentí el murmullo de la brisa
que la noche arrancaba de las hojas,
y el rumor de su burla y de su risa...
los ojos levanté y perdí la calma,
y volvieron a mi alma las congojas.
Soneto XXXVII
de búsqueda del amor divino
Acedia causada por una lluvia persistente.
Se despierta entre lágrimas el día,
y yo también llorando me levanto:
extraño azar de compartir el llanto,
hermética y arcana simetría;
pasa el tiempo y no amaina todavía,
alma y cielo redoblan su quebranto,
quizá nunca llover ni llorar tanto
se vio en humana o celestial porfía...
Este llorar que nutre mi desvelo
tiene causa mortal y fuente cierta
en una sed de sombras y de olvido
que borren el dolor de lo que he sido;
pero en su eternidad de causa incierta,
¿qué grises desengaños llora el cielo?
Soneto XXXVIII
de alejamiento del amor humano
Correspondencias entre el agua de cielo y la sangre del poeta. Del suicidio como lluvia de la melancolía
Con una voz serena y dilatada,
y cercana, y lejana, y susurrante,
y menguante, y creciente, y palpitante,
me despierta la lluvia desvelada;
A un tiempo en su llorar me dice nada,
y todo ese sutil significante:
con un suicidio tímido y constante,
sé que llora el ayer la madrugada;
en un eco fugaz del otro llanto
se desangra también el alma mía,
y acompaña al llover en su quebranto...
pero no es tan cabal la analogía,
ni sus lamentos se parecen tanto:
roja es mi sangre, y la lluvia fría.
Soneto XXXIX
de acercamiento hacia el amor divino
Indagación perpleja sobre las circunstancias que el destino tenga reservadas para el momento de expirar el Poeta. Dudas sobre el más allá.
¿En qué noche o crepúsculo lejano,
en qué oscura prisión, o cielo abierto,
perdido entre los sueños, o despierto,
olvidado o asido de una mano,
dejando en el ayer un mundo vano,
para ingresar también en uno incierto,
tendré la dicha de saberme muerto
y poder develar el gran arcano?
¿a qué horizonte llevaré mis pasos?
¿al fulgor, tal vez, de una luz sublime,
que me perdone todos mis fracasos
y me funda en el sol de su mirada?
¿o al olvido final que nos exime
del ser, y nos enfrenta con la nada?
Soneto XL
de amor divino
Panta rei?
Pasará el tiempo, y estos pedregales,
abrasados y huérfanos de río,
limados por el viento y el rocío,
serán playa de gránulos iguales,
y el mínimo cristal de los vitrales,
geométrico arrebol del sol tardío,
lágrimas llorará de un licor frío,
en las graves y etéreas catedrales;
se poblarán de selvas los desiertos,
las cumbres serán tumbas de los peces,
las cavernas se harán cielos abiertos,
se mudará la muda astronomía,
y el mar se agotará miles de veces,
pero nunca el amor, ni la poesía.
Soneto XLI
de amor divino
Tristeza ante la caducidad de la rosa. Consuelo por medio de la conciencia de nuestra propia caducidad.
Admirándola anoche entre mis manos
para ahogar en su marfil mi pena,
creí la blanca rosa luna llena,
cuando a mi sed abría sus arcanos;
hoy vuelvo, con los pájaros tempranos,
para ver otra vez la rosa plena,
y encuentro su cadáver en la arena
como un rocío de marfiles vanos,
corazón deshojado y esparcido,
plural despojo de mi rosa amada,
festín de terciopelo del olvido...
de la efímera rosa no te asombres,
que también de cenizas y de nada,
y de polvo y de sueño son los hombres.
Soneto XLII
de acercamiento al amor divino
Acerca de la incertidumbre del momento en que se halla la eternidad, porque autor y lector, indudablemente pasarán.
En este mismo instante cuando escribo
yo soy el que es, tú eres sólo un vago
sueño del futuro, quizá deshago
en el destino tácito el motivo
para el que servirías de objetivo...
o tal vez, cuando leas lo que hoy hago,
este soneto que al azar divago
sea entonces de mí lo único vivo...
¿en dónde está el presente, en mi escritura
febril de este soneto ya olvidado,
o en el futuro actual de tu lectura?
como en el Jano dual de la moneda,
nuestras manos, lector, ya son pasado,
y sólo el bronce de los versos queda.
Soneto XLIII
de acercamiento al amor divino
(sobre la empecinada misión del Poeta)
Como el reflujo de los mares lima
las rocas que se mudan en arena,
así pule los versos que encadena
con el alado bronce de la rima
el poeta que no se desanima,
sino que liba cantos de su pena,
alivia con la lira su cadena,
y a sus mudos dolores los sublima
en la fragua ancestral de la poesía,
con la maza febril de la palabra,
volviéndolo belleza o profecía,
sobre el yunque marcial de la cadencia;
como al divino herrero que nos labra,
nada quiebra su voz, ni la silencia.
Soneto XLIV
de amor divino
Al espejo nocturno
Se coloca mi máscara un instante
el eco sin palabras del espejo,
y en la penumbra, lívido y perplejo,
me inquieta con el viejo interrogante:
¿Cuál es el atrás, cuál el adelante,
quién es el reflejado, y quién reflejo
en tu pálida luna, hermano espejo?...
y un silencio dual logra que me espante.
Tal vez en un recóndito universo
cuyo reflejo es nuestro mundo vano,
al revés, siendo diestro, tergiverso
con argumento mágico y lejano
el espejismo de este mismo verso,
y ésta es la sombra de un soneto arcano.
Soneto XLV
de amor divino
Soneto al Alba
De pájaros tempranos y perplejos
que en contrapunto agudo y desbordante
son uno y muchos en el mismo instante,
de ladridos perdidos y a lo lejos,
de rumores lejanos y complejos
en pulular creciente y palpitante,
de rosa y azafrán en el levante,
del lento despertar de los espejos,
del soneto, variante del desvelo
y forma más sutil de sus abismos,
del momentáneo éxodo en el cielo,
y del oscuro sueño que nos salva
y nos exime de nosotros mismos,
fue forjado el espíritu del alba.
Soneto XLVI
de amor divino
Estado de desazón del Poeta cuando su alma no puede entender la finalidad del sufrimiento de la vida
¿En dónde quedará tanto desvelo,
tanto insomnio de silencioso llanto,
que no alcanza a cubrirse con el manto
de la noche, y ve aclararse el cielo?
¿en qué sublimará todo este anhelo,
hace tiempo habituado al desencanto,
cuando mi corazón, que hoy late tanto,
no sea más que un mustio terciopelo?
Primero será un lívido calambre
acicalado en un cajón de olvido,
y después el plural rumor del hambre,
que hará de mi cadáver corrompido
marioneta de tiesa carcajada,
hecha, no más que yo, de pura nada.
Soneto XLVII
de amor divino
acerca de la poesía como un elíxir fugaz
Nuevamente, Soneto, mis dolores
en tu crisol hermético sublima,
que en su alquimia tus versos y tu rima
fabriquen oro y luz de mis temores;
pero por más que mis quebrantos dores
con débil hoja de oro por encima,
desespero que el tiempo con su lima,
no desmienta tus falsos atanores.
En vano busco panacea al llanto,
si esencia es el dolor a cada cosa,
si centro al laberinto es el espanto,
y no amaina esta vida tormentosa;
pero el alma, Soneto, mientras tanto,
quiere beber tu momentánea rosa.
Soneto XLVIII
de amor divino
Zozobra del Poeta al sentir que todo entusiasmo, todo vigor, toda juventud, paran en el oscuro reposo sin respuesta.
Vertiente azul de cristalino manto,
de aguas hirvientes y de helada espuma,
dime por qué tan rápido se esfuma
tu leve nieve, tu irisado canto;
que no deja de producirme espanto
que el tiempo nos engendre y nos consuma,
y todo lo que escribe con su pluma
lo borre con el codo mientras tanto.
Yo también fui fantástica cascada,
incesante fluir, delirio puro,
entusiasmo indomable y alma alada;
pero igual que tu risa al fin reposa
y de vertiente muda a estanque oscuro,
ya no soy más que un agua tenebrosa.
Soneto XLIX
de amor humano
Apresuramiento del amante desesperado al juzgar sobre lo que por él sentía su amada y su obrar al respecto.
“Eco veloz, que mi penar esquivo
finges llanto del monte y la quebrada,
revela a los oídos de mi amada,
que sin ella ni muerto estoy, ni vivo”
“Nómade cristal, río fugitivo,
las lágrimas ardientes de mi espada,*
en tu seno de espuma y agua helada
hazlas llegar hasta su seno altivo”
“Una vez que abandone estos despojos,
mudado en larva pálida y nocturna
de un indecible espanto la haré esclava”
dijo, y rindió el alma taciturna,
pero antes de morir alzó los ojos
y tarde ya, vio que ella se acercaba.
Soneto L
de amor humano
Aurea mediocritas en el amor no correspondido
Si de mis ojos, lágrimas serenas,
un dulce manantial hacéis torrente,
al huir presurosas vuestra fuente
callaréis en el mar todas mis penas.
No publiquéis entonces las cadenas
que porto condenado y penitente,
que si herido su amor el alma siente,
no pretende juzgar culpas ajenas.
Prefiere el abandono y el destierro,
la selva oscura, la caverna umbría,
espejos de mi vida y de mi suerte;
demasiado cobarde para el hierro,
para el ruego orgulloso en demasía,
con el cansancio llamaré a la muerte.
Soneto LI
de amor divino
De la peregrinación y vicisitudes del Amante de la Belleza
Belleza alada, eterna, y verdadera,
que el hombre nunca ve, pero presiente,
en vano fue el buscarte con la mente
y la razón, que no hay mayor quimera.
Solamente entregando el alma entera
en búsqueda sagrada y permanente,
pudo ascender mi amor hasta tu fuente,
y lograr que yo al fin te comprendiera.
Mis ojos de tus raros esplendores,
de tus esferas diáfanas testigos,
nuncio yo de tu luz y tu pureza,
regreso a las regiones inferiores,
y aunque aquí se me paga con castigos
y con burlas, predico tu grandeza.
Soneto LII
de amor divino
De la peregrinación y vicisitudes del Amante de la Belleza (versión 2)
Belleza alada, eterna, y verdadera,
de todo lo creado fin y fuente,
en vano fue el buscarte con la mente
y la razón, que no hay mayor quimera.
Solamente entregando el alma entera
en búsqueda sagrada y permanente,
el amor, que no ve, pero que siente,
pudo guiarme a tu divina esfera.
Mis ojos de tus raros esplendores,
de tus arcanos diáfanos testigos,
nuncio yo de tu luz y tu pureza,
regreso a las regiones inferiores,
y aunque aquí se me paga con castigos
y con burlas, predico tu grandeza.
Soneto LIII
de amor divino
Devaneos del Poeta acerca de si el camino debe ser por lo pasional, o por lo racional. Al final, corta por lo sano el nudo gordiano y se decide.
No hay refugio, descanso, ni morada,
donde agoten mis dudas su extravío:
si la razón cultivo, me desvío,
y también si hago al alma apasionada;
así estoy confundido, que no hay nada
que me guíe, ni hay faro a mi navío,
se exige al corazón que abrigue frío,
y a la razón que sufra, enamorada.
Si de su natural arder debiera,
no fuera el pensamiento tan helado;
si esencia fuera nieve a las pasiones,
no hicieran del espíritu una hoguera,
pero si he de morir, lo haré abrasado,
te suplico razón que me perdones.
Soneto LIV
de amor divino
De la belleza alada y fugitiva, que el Poeta querría como a la Niké Apteros, más estable y menos huidiza.
Belleza, sol ardiente y leve estrella,
pues sólo de soslayo puedo verte,
si a tu fuente iré luego de la muerte,
la misma muerte me parece bella.
Que en esta vida efímera es tu huella,
y encontrarte es seguro de perderte,
y aun el que logró esa rara suerte
no te vio por más tiempo que a centella.
Belleza, dónde estás, que ya me huyes
cuando intento ascender hasta tu esfera,
ya vienes a mi encuentro y me destruyes
cuando empiezo a creerte una quimera;
yo te quisiera diáfana y sagrada,
y prístina y sutil, pero no alada.
Soneto LV
de amor divino
De la belleza alada y fugitiva, que el Poeta querría como a la Niké Apteros, más estable y menos huidiza (versión 2)
Belleza, sol ardiente y leve estrella,
pues sólo de soslayo puedo verte,
si a tu fuente iré luego de la muerte,
la misma muerte me parece bella.
Que en esta vida efímera es tu huella,
y encontrarte es seguro de perderte,
y aun el que logró esa rara suerte
no te vio por más tiempo que a centella.
Belleza, dónde estás, que ya me huyes
cuando intento ascender a tu morada,
ya vienes, me arrebatas, y destruyes,
cuando empiezo a creerte una quimera;
prístina y sutil, diáfana y sagrada
te quiero, mas sin alas te quisiera.
Soneto LVI
de amor divino
De que risa y llanto son el punto donde la cinta de Moebius de la belleza del mundo gira sobre sí misma.
Belleza que en el alma te me asientas
y me alumbras la noche de mi mente,
Belleza que te elevas y que aumentas
al punto de que casi a Dios se siente;
Belleza que en el mundo te presentas,
y de poco en el mundo estás ausente,
brisa en la calma y furia en las tormentas,
paz del estanque, risa de la fuente;
ya me duele en el alma tu contento,
y es dolor y placer esto que adoro,
que me arrebata el alma, y no me avisa,
y lloro por la luz y por el viento,
por las estrellas y los bosques lloro,
porque ya no me alcanza con la risa.
Soneto LVII
mitológico
Pigmalión
“Mármol su cuello, mármol su cintura,
sus ojos y sus manos mármol ciego,
sordo mármol su oído ante mi ruego,
mármol su corazón con mi tortura”
“Mármol su frente y su mirada dura,
mármol frío su pecho ante mi fuego,
mármol sus labios, aunque no despego
de ese mármol mi boca y mi locura”
“Y siento tan agudo este castigo,
y me consume una pasión tan fatua,
que si no tengo a su pasión derecho,
al menos de mi fin será testigo”
lloraba Pigmalión ante la estatua,
y el cincel apoyaba sobre el pecho.
Soneto LVIII
mitológico
Dafne
Perdida en la recóndita espesura,
palpitante bajo insensible manto,
se ha vuelto fronda su pasado encanto,
su delicada tez, corteza dura,
ciega su vida, estéril su ternura,
susurros sus lamentos y su llanto,
mudo y eterno el grito de su espanto,
fijado en una muerte de locura.
Oblicuas ya las sombras, muere el día,
y aunque el viento la mece, ella lo ignora,
callada, y para siempre agonizante...
Si pudiera volver atrás la hora
en lugar de escapar, no evitaría
entregarse a los brazos de su amante.
Soneto LIX
mitológico-melancólico
Asterión
Confinado entre límites fatales,
ardua prisión, plural arquitectura,
ignorante del viento en los trigales,
del mar y la fantástica llanura;
privado del torrente que se apura
y se rompe en magníficos caudales,
sólo frutos del sueño y la locura
entre sendas y pórticos iguales,
al cielo parcelado da un mugido,
vagando por los patios incontables,
mientras tiende las manos a la luna;
y no deja caer en el olvido
ni la noche de lágrimas culpables,
ni los besos fugaces, en su cuna.
Soneto LX
mitológico
Orfeo y Eurídice
En el final de la fatal caverna,
incrédulos aún de su regreso,
en éxtasis el alma, el cuerpo ileso,
ilumina sus pasos la linterna.
Un amor inefable los consterna:
él piensa en el desesperado ingreso,
ella en la serpiente... pero el acceso
ya los devuelve hacia la luz externa.
Él se envanece del triunfal suceso
y ríe su felicidad eterna;
un impulso de pronto lo gobierna,
y si en sus ojos se halla el sol impreso,
sólo ha tocado de su amor la pierna:
se vuelve Orfeo, codiciando un beso.
Soneto LXI
mitológico
Criseida o En la Costa de Ténedos
Plata en la frente, noche en la mirada,
en el semblante silencioso río,
otoño en el espíritu vacío,
invierno en la mejilla delicada.
Los ojos están fijos en la nada,
el corazón, en ciego desvarío:
en vano espera al rey y su navío,
pues él ha sido presa de la espada,
estéril el oráculo prudente,
cuando lanzó sus redes la lujuria,
y la sangre llovió sobre la alfombra;
y aunque la anciana siempre fue paciente,
al fin vence su cuerpo la penuria,
y muy pronto también será una sombra.
Soneto LXII
mitológico
Narciso o El Perdón de Aminias
Un frío lago de envidiosa plata,
inmutable y eterno en su ser puro,
desafiaba la voz del Sabio Oscuro,
y aspiraba a los versos del Eleata.
Jadeante por la sed que lo arrebata,
llega un joven, creyéndolo seguro,
ignorante de su fatal futuro
si en su cristal el lago lo retrata.
Hermoso como un dios, en él se inclina,
y al tocar con sus labios el espejo,
ve un rostro que al instante lo fascina.
Pero Aminias, piadoso, vierte el llanto,
y al perdonarlo, rompe aquel reflejo,
liberando a su amado del encanto.
Soneto LXIII
mitológico
Ariadna abandonada
Yacen flojos sus miembros en la arena,
sol, sal y sueño besan su semblante,
con diadema indecisa y palpitante
la espuma sus cabellos desordena,
cuando a la frente pálida y serena
corona alguna vez de alga danzante;
sin toro o laberinto que la espante,
ajena al miedo, y al dolor ajena.
Atrás el paso lento y anhelante,
el ovillo vibrante y agotado,
los umbrales y el túnel opresivo,
la espera y la demora del amado.
Ignora que su horror será más vivo,
distante el padre, y el amor distante.
Soneto LXIV
acerca de Roma y de Cartago como ciertos arquetipos
Castigada por el destino aciago,
maldita por la voz de los augures,
aniquilada a fuerza de segures,
de sal, de hierro y fuego, y del estrago
que sólo nos dejó tu nombre vago,
en mis versos te pido que perdures,
a despecho de Roma y sus lemures
¡oh púrpura y marítima Cartago!
pero aunque resucite tu memoria
como un mármol decrépito y partido,
con todo, no podré cambiar la historia
ni la lengua que el tiempo ha erigido,
donde Roma es el nombre para gloria,
y Cartago es el nombre para olvido.
Soneto LXV
¿Flor de verdad o flor de letras?
Perdida entre la hierba y otras flores
que en vano le ofrecían compañía,
una flor poco a poco se moría,
requerida de falsos picaflores.
Así en un mundo lleno de colores
que sin color a todos los fingía,
de noche, aunque a plena luz del día,
esperaba esporádicos lectores.
Al fin se hizo papel, por más que hubiera
preferido por féretro un florero,
un pobre ojal, alguna cabellera,
o aquel mismo lugar donde crecía
antes que este poeta chapucero
la entregase a su libro de poesía.
Soneto LXVI
de amor divino
Definición de esperanza por sus manifestaciones
Definir la esperanza es cosa dura,
mas de lograrlo tengo la esperanza,
porque el más alto sueño al fin se alcanza
si esperanza en su búsqueda perdura.
El manantial que surge y que se apura,
y aunque corre entre escollos siempre avanza,
la fruta que con íntima pujanza
bajo climas inhóspitos madura.
El templo en el soñar del peregrino,
cuando aún no despunta la jornada
y lo espera entre sombras el camino.
El súbito trinar que funda el día
y transmuta a la noche en madrugada...
así dice “esperanza” la poesía.
Soneto LXVII
de amor divino
Intercambiabilidad entre la esperanza y la poesía mediante el gozne de la palabra.
Inagotable fuente de los prados
interiores del alma florecida,
divina fénix que en el pecho anida,
despreciando al destino y a los hados.
Verdor viviente en los bosques sagrados
del espíritu, savia de la vida,
néctar que el cielo a todos nos convida,
mas beben unos pocos iniciados.
Así en mis versos déjame cantarte,
sacra Esperanza, hija de Utopía,
hermana de la Fe y de la Pujanza,
manantial de los Sueños y del Arte,
que poesía es palabra hecha esperanza,
y esperanza es palabra hecha poesía.
Soneto LXVIII
de amor divino
Acerca del ingrediente secreto para la crisopeia
En este laberinto de la vida
sin límites ni centro o senda clara,
no podemos saber qué nos depara
el destino, qué golpe o nueva herida
nos hará anhelar esa salida
que al fin del laberinto nos separa,
y dudar si hay un dios que nos ampara,
o más bien nos desprecia y nos olvida.
Pero aunque arrastra plomo el peregrino,
lo consumen los fríos y los soles,
y es fértil en espinas su camino,
si proyecta esperanza en sus crisoles,
obtendrá, la milésima mañana,
elíxir, alas de oro, y rosa arcana.
Soneto LXIX
de amor divino
La omnipotente pero humilde demiurgia del hombre
Yo quisiera poder labrarte en viento,
en luz diáfana, en río, en bosque oscuro,
modelarte, Soneto, no en aliento
ni palabras, sino en soneto puro;
darte la eternidad del mármol duro,
y la frágil espuma del momento,
librarte del pasado y del futuro,
y así forjarte intemporal portento;
hacerte de silencios infinitos,
de cóncavo sentir que no se nombre,
y no de pobres símbolos escritos;
pero este poetastro que te labra
(perdóname, Soneto, soy un hombre)
sólo puede parirte en su palabra.
Soneto LXX
de amor divino
A Miguel Ángel
Acerca del soneto como un ser que el poeta descubre, no crea; exhuma, no construye.
El soneto preexiste a su poeta
y en toda cosa bella está presente,
como larva esotérica y latente,
como esencia recóndita y secreta.
Cuando al fin aparece aquel profeta
para quien la belleza es evidente,
una vez que ha bebido de su fuente
con aladas palabras lo concreta.
Así labra en la música del verso
el oculto principio y la armonía,
el ritmo y la medida misteriosa
que laten en el ser del universo,
y el soneto, que tácito dormía,
despierta sublimado en mariposa.
Soneto LXXI
Mitológico (a Juan de Arguijo)
Jacinto
De aliento el plectro y de árboles la lira,
el Céfiro entreteje sus congojas,
y al verter su canción entre las hojas
reconoce la culpa que suspira.
A lo lejos, Jacinto casi expira,
fugándose su vida en gotas rojas,
y después de palpar con manos flojas
el rostro de su dios, ya no respira.
Apolo llora lágrimas de oro
que besan con su luz al bien perdido,
constelando su frente de diamantes,
y dice, arrebatándolo al olvido:
“al menos este amor que en vano lloro
se vuelva flor de pétalos sangrantes.”
Soneto LXXII
de amor divino
Acerca de la energía arquetípica del Soneto, existente incluso sin tema que lo traiga a la existencia.
No tengo qué cantar, pero el Soneto
invade los recintos de mi mente,
me asalta con la fuerza de un torrente,
me arrebata de noche, y en secreto.
Rendido y de sus númenes objeto,
subyugado sabiéndome su puente,
dejo que fluya esa tremenda fuente,
no opongo resistencia, y me someto.
Una vez que ha vertido sus caudales
por el cauce del ritmo y la cadencia
y a través de mis versos se ha calmado,
disminuye sus ímpetus bestiales,
repliega sus corrientes, agotado,
y volviendo a la sombra, se silencia.
Soneto LXXIII
de amor divino
Alquimia del Soneto
Se parte al fin la vida destrozada,
sin fuerzas el espíritu deshecho,
y rendido e inútil en el pecho
el corazón no es corazón, es nada.
Todo anhelo del alma ilusionada
murió sin prosperar, insatisfecho,
como la flor que muere sin provecho,
aún no florecida, y ya tronchada.
Pero en medio de tanto y tanto llanto
empiezo a comprender, de mi existencia
y su dolor, el místico secreto:
con la alquimia del verso y su cadencia,
del sufrir debo hacer nacer el canto,
y proyectar el oro del soneto.
Soneto LXXIV
de amor divino
Inmortalidad del alma más allá de los dolores y los miedos
Urdan vastas, magníficas labores
los dioses en la trama de mi vida,
volviéndola una tela enriquecida
e historiada de crueles esplendores.
Borden quebrantos, lágrimas y horrores
dando en cada puntada nueva herida,
mas no conseguirán que yo les pida
alejar sus telares de dolores.
Después de labrar tanta desventura,
despiadados destrocen con el filo
de sus dientes la vida que no lloro,
pues soporto en silencio mi tortura,
que aunque suya es la urdimbre es mío el hilo,
es mi ser, es mi alma, y es de oro.
Soneto LXXV
¿Qué fue antes, el poeta o su soneto?...
Antigua como el tiempo en la cantera
duerme oculta y latente la escultura,
y en su pálido sueño siempre espera
al artista que intuye su figura
y del mármol superfluo la libera.
Así también, Soneto, tu estructura,
del mármol del silencio prisionera,
desespera el cincel de la escritura.
Mas, ¿qué será de ti si no hay poeta
que te libre del mudo mausoleo
de la nada, y al ritmo te someta?...
Dormirás obsoleto e impreciso,
como cítara huérfana de Orfeo,
como espejo sediento de Narciso.
Soneto LXXVI
De este soneto como dictaminador de nuestros destinos
Ignoro si del agua de mi vida
agota este soneto los caudales,
y menguando mis ímpetus vitales
en el último verso los liquida.
Pero sin importar lo que decida
el rigor del azar en los fatales
designios que no alcanzan los mortales,
puliré su cadencia, aunque homicida.
También tú, que lo lees y en secreto
consideras que tu alma está salvada,
(pero un instante emerges del olvido
y de los ciegos mares de la nada)
quizá para arribar a este soneto
y ya después morir, sólo has nacido.
Soneto LXXVII
de amor divino
Epitafio de un Sonetista
Sólo lloro del hecho de mi muerte,
el no poder ya más hacer poesía,
en cuanto a lo demás, con alegría
acepto el cumplimiento de esa suerte.
Tal es el sentimiento ante el perderte,
¡oh mundo de pesares y agonía!
que antes bien el momento en que nacía
y no este en que muero, llamo muerte.
Callarán para siempre mis sonetos,
unos pocos, dispersos y olvidados,
otros nunca paridos y secretos...
¡pero no!, que estarán en mi memoria,
y aunque en el mundo fueron despreciados,
tal vez en otro mundo me den gloria.
Soneto LXXVIII
Al Monserrat
Si en mis noches, Colegio, se aparece
amargo el desaliento perturbando
todo afán, vuelvo el tiempo atrás, y cuando
vuelvo, mi corazón rejuvenece.
Entonces todavía me parece
oír al alba tu ciprés rezando,
y tu palmera ver aún danzando
al ritmo de la brisa que la mece.
Ya al recuerdo mi espíritu encendido,
remonta el tiempo hasta la dulce fuente
de lo eterno, lo mítico y sagrado,
donde no hay muerte, devenir, ni olvido;
y en ese áureo centro entiende y siente
que su luz eres tú, colegio amado.
Soneto LXXIX
Paracelso
Alambiques, retortas y atanores
cubre el polvo y devora la penumbra
del oscuro salón que sólo alumbra
un fuego de inquietantes resplandores.
Ya no emprende la búsqueda de honores
ni el oropel del oro lo deslumbra,
y meditando ante el hogar vislumbra
cómo el fuego consume algunas flores
que al acaso ha cortado en una fosa.
Luego recoge un poco de ceniza
y usando de crisol el pensamiento,
sin verla, en su otra mano la desliza;
entonces, por alquímico portento,
la ceniza renace en una rosa.
Soneto LXXX
Heráclito
Sé que el ritmo de todo el universo
y la clara armonía de las cosas
se ocultan tras las máscaras tortuosas
de lo oscuro, lo opuesto y lo diverso.
Todo consta de anverso y de reverso,
y uno son las espinas y las rosas,
uno solo los dioses y las diosas,
y el silencio y la música del verso.
Tensada por contrarios sé que vibra
la cuerda en la que el ser se manifiesta
y en un combate armónico equilibra
cada cosa enfrentándola a su opuesta;
mas la nada entre un polo y otro polo
se hace amor en el todo de uno solo.
Soneto LXXXI
de amor divino
Consuelo a la Brevedad de la Rosa
Al verla de su gloria en la alta cumbre
manda el tiempo a la rosa que decline,
y en su dictamen cruel así define
la médula voraz de su costumbre.
Pero aunque el tiempo en su cenit la encumbre
sólo por ver que en su nadir termine,
no me podrá impedir que le destine
algún verso al ocaso de su lumbre:
“¿Qué fin tiene tu vida, leve rosa,
lampo rosáceo, púrpura cometa
de efímera pasión, de breve suerte?...
mas consuélate al menos, ya que hermosa
(con voz también mortal) este poeta
canta tu vida y llora ante tu muerte.”
Soneto LXXXII
de amor divino
De cierto proceso alquímico de destilación a través de la composición del soneto
Hay cosas inefables y secretas
vedadas al común de los mortales,
que sólo alcanza en ecos fantasmales
la voz oracular de los poetas.
En su atanor alquímico de ascetas
descienden a las simas abismales
y ascienden a los coros celestiales,
sublimando su lengua de profetas.
Visitadas las lúgubres mansiones,
domados los indómitos cerberos,
bebida con los dioses la ambrosía,
divinales ya entonan sus canciones,
sus acentos deslumbran por certeros,
y su voz está libre de falsía.
Soneto LXXXIII
de amor humano
Impotencia de toda la astronomía ante la fuerza del amor
(L’amor che mueve il sole e l’ altre stelle)
Ya siento que dispones tus esferas,
cielo mezquino, máquina de espanto,
para poder mudar mi risa en llanto
y resolver mis sueños en quimeras.
Lo sé porque pasé noches enteras
observando tu constelado manto,
y vi que en él bordaban mi quebranto
con su curso tus cósmicas lumbreras.
Mas desprecio la acción de tus planetas,
tus fuegos de artificio no me afligen,
y tu vano conato estimo en nada,
pues anulan tu influjo dos cometas
(únicos astros que mi vida rigen)
al brillar en el rostro de mi amada.
Soneto LXXXIV
de amor divino
Cómo es que el poeta doblega la muerte y triunfa del mundo.
Aunque este verso ruede con el viento,
y éste muera nutriendo alguna planta,
aunque el mar trague a éste en su garganta,
y éste sea de hogueras alimento,
y todos del olvido monumento,
al poeta esa suerte no lo espanta,
ni vencido enmudece y ya no canta,
sino que fortalece más su acento,
y alzando, prometeica, su osadía
que se mofa del tiempo y del destino
y al monstruo del olvido desafía,
evidencia su espíritu divino;
es por cantar con voz aún más fuerte
que al olvido doblega, y a la muerte.
Soneto LXXXV
(satírico, compuesto por el despecho que me produjo ver cómo cierta persona recibía honores siendo -o pareciéndome a mí- soberbio, mientras que yo era olvidado, a pesar de ser -o creyendo serlo- humilde).
A: Mi Estimada Compañera De Delicias,
que vio en ridículas sandeces torpes
espejismos de virtud e inteligencia.
Guiada por la ciega complacencia
que fascina razón y corazones,
obnubiló tu mente la apariencia
lanzándote su red de adulaciones.
Cautiva entre espejismos de excelencia,
hallas prudencia en huecas opiniones,
asocias elegancia e inteligencia,
y en el poco saber ves grandes dones.
No te quejes después, si desengaña
tu afán el oropel que hoy, vano, brilla
con la capa mezquina en que se baña
de fingida virtud, de falso aplomo,
que si oropel con oro se maquilla,
delata al poco tiempo alma de plomo.
Soneto LXXXVI
A la fuente de Bandusia,
(Horacio, Oda III, 13)
He venido hacia ti, sagrada fuente,
con dulce sed de ceremonia y rito,
porque siempre en tu linfa resucito
la paz del ser, la calma de la mente.
He venido hacia ti porque eres puente
que cruza el mundo efímero y finito,
y me eleva, si audaz lo solicito,
al mundo de lo eterno y permanente.
Pudiera yo retribuir el mito
que tu canto inefable me concede
hexámetro poniendo a su infinito...
mas ¿cómo hacer tal cosa un hombre puede,
si queriendo plasmarte en verso escrito,
o muere tu cantar, o el verso cede?
Soneto LXXXVII
de amor divino
De la imprevisibilidad de los arrebatos místicos hacia la belleza
Cautivo de mi mente en la caverna,
(matriz de sombra dulce y uterina)
creciendo poco a poco me ilumina
el fulgor de una luz suave y materna.
Cuando ya, poderosa, me gobierna
hecha esfera viviente y cristalina,
en su seno de fuego me fulmina
y me disuelve en su armonía eterna.
Entonces, con afán de mariposa
que enamorada desmayar pretende
entre las lenguas de su amante flama,
a su primer morada el alma asciende,
en el seno divino al fin reposa,
y la fuente del ser comprende y ama.
Soneto LXXXVIII
De amor divino
Juramento del Poeta de realizar su misión, y vaticinio del premio que recibirá por ello.
Haré poesía el crudo sufrimiento
que hiela el corazón con su nevada,
y el incendio del alma apasionada
que se abrasa en el mar del sentimiento.
Haré poesía el mudo pensamiento
que interroga la noche constelada,
e indaga si fue un dios o fue la nada
el origen del vasto firmamento.
Haré poesía todo lo que siento,
y aunque de la poesía haga mi muerte
incluso de la muerte haré poesía,
y cuando llegue ese fatal momento
y la muerte me robe a la poesía,
la poesía me robará a la muerte.
Soneto LXXXIX
de amor divino
A la eternidad de la poesía
(Horacio, III, 30)
Aere perennius
Que mármoles más firme un monumento,
que obeliscos más alto he construido,
faraónico triunfo ante el olvido,
para dioses y héroes digno asiento.
Indemne ante las lluvias y ante el viento
su olímpico baluarte establecido,
cincelados sus muros en sonido,
y en perennes ideas su cimiento.
Viviré eternamente en sus alturas
cual águila real en alto nido,
y oteando alguna vez desde mi cumbre
veré de otros las obras mal seguras
hundirse devoradas por la herrumbre
que, en su piedad, les impondrá el olvido.
Soneto XC
de amor divino
La transfiguración (con final icario)
Si al éter me arrebata en aura leve
de un cisne la purpúrea travesía,
y extasiada mi alma se confía
a su plumaje de cristal y nieve,
si las musas permiten que me eleve
y bebo de sus fuentes ambrosía,
porque sé con el don de la poesía
hacer perenne lo mortal y breve,
si de la misma eternidad se adueña
cuando canto, mi espíritu un momento,
¿qué me importa si luego se despeña?
Dulce es gozar la gloria de la cumbre
y del vuelo el efímero portento,
aunque después caer sea costumbre.
Soneto XCI
de amor divino
La Apoteosis del Poeta
Si al éter me arrebata en aura leve
de un cisne la purpúrea travesía,
y extasiada mi alma se confía
a su plumaje de cristal y nieve,
si los dioses permiten que me eleve
y beba entre sus risas ambrosía,
es que sé con el don de la poesía
hacer perenne lo mortal y breve.
El templo de mis versos atesora
y del incierto devenir exime
lo que no robará, fugaz, la hora,
ni encanecer jamás podrá el invierno,
nuncio yo de lo bello y lo sublime,
y sumo sacerdote de lo eterno.
Soneto XCII
de amor divino
Acerca del poeta como cisne pindárico y abeja horaciana
Ímpetu ciego es el poeta un día,
bestial y dionisíaca locura;
torrente que sin freno se apresura
volcando sus caudales de poesía.
Al siguiente, es dorada medianía,
suave decoro y délfica mesura,
manantial majestuoso de agua pura
que fluye por senderos de armonía.
Unas veces al cielo, audaz, se aleja,
como el cisne purpúreo y desbocado,
y otras veces planea humildemente
como la parda y minuciosa abeja…
(pero siempre su canto traza un puente
al mundo de lo eterno y lo sagrado).
Soneto XCIII
de amor divino
Soneto al arquetipo de la Rosa
(a mi Madre)
La rosa es sin porqué, florece porque florece;
no cuida de ella misma, no pregunta si se la ve.
(Angelus Silesius)
No a la rosa que nace, no a la rosa
que ostenta en el jardín su lozanía,
no a la rosa que enfrenta su agonía
y es en mis manos una simple cosa…
no a la rosa que en sueños, tenebrosa,
empobrecida, fantasmal y fría
ensaya nuestra vana fantasía,
cantar quiero, sino a la misma Rosa.
A la Rosa ideal, que un solo instante
el espíritu alcanza, y pierde luego,
como efímera y ciega mariposa.
A la secreta, inmóvil y constante
rosa sin tiempo, hecha de luz y fuego,
al eterno arquetipo de la rosa.
Comentario al Soneto al arquetipo de la Rosa
Mi rosa es mi madre. Ahora entiendo que ella es el anhelo de mi amor, el amor que me dio la Fuente de todo amor, Dios. Debo haber recorrido mil mundos para estar en compañía de ese ser que en esta encarnación es mi madre, y sé que si Dios así lo quiere, eternamente estaré a su lado y que juntos subiremos a Dios, cuando Él nos llame y nos fundiremos en la Eternidad con Él. ¿Qué importa cuánto tiempo estemos separados si en la eternidad estaremos unidos?... He encarnado para estar con mi madre, porque en ella brilla a mis ojos la luz más pura.
Escucho siempre su frase más bella: “el amor más hermoso es darse sin esperar nada a cambio”, y me sorprende su igualdad con la frase de Angelus Silesius que coloqué como epígrafe a mi soneto. Esa, a mi entender, es la frase más hermosa que ha dicho mi madre en su vida. Yo entiendo que es así, y que ella, al ser así, demuestra que siempre mi alma ha estado enamorada de su alma, desde que fuimos creados.
Agradezco a Dios mi eternidad gozosa, que es estar al lado de mi madre. Ella es mi rosa.
Soneto XCIV
de amor divino
A una gaviota muerta, inspirada por la melancolía de Venecia
En el blando vaivén del agua helada,
un poco deshojada, un poco rota,
para siempre del cielo desterrada
danza muerta y helada una gaviota.
Como un trozo de nada en otra nada
su cuerpo sobrenada y mudo flota,
melancólica flor abandonada
que en el lánguido oleaje mustia brota.
Nube intrépida fue, que en raudo vuelo
aró el viento y surcó las auras suaves,
en su palacio azul de vastas salas…
hoy sólo es lenta espuma, y blando suelo
revuelven, cual oscuros remos graves
sin rumbo ni timón, sus muertas alas.
Soneto XCV
A algún rito oscuro, medieval y perdido
No pudo cronicarte el manuscrito
ni atraparte en su texto la escritura,
escapaste a la estricta miniatura
y libre permanece tu infinito.
No te podrá encontrar el erudito
en el frío rigor de su lectura,
y virgen tu secreto aún perdura,
¡oh, antiguo, oscuro y misterioso rito!
Salvaje merodeas todavía
en el rumor del bosque silencioso,
y así quiere sentirte mi poesía.
Yo te leo en los árboles y el viento,
en las grutas y el río tenebroso,
y a través de los siglos te presiento.
Soneto XCVI
mitológico
A Faetón y a Sor Juana
Arduo en su afán y firme en su locura
impar anhelo coronar pretende,
y más montado en su osadía asciende
que en el carro, del éter a la altura.
Cuando por fin domina la luz pura,
y de un polo a otro polo el día esplende,
lo abrasa con el rayo en que se enciende
la envidia enmascarada en la cordura.
Se precipitan ya del claro cielo
y en su abismo devora el agua oscura
caballos, carro, auriga, luz y anhelo…
Mas eclipsar en vano tu memoria,
tienta el olvido, o sofocar procura
pues osaste, Faetón, tu inmensa gloria.
Soneto XCVII
de amor divino
La divina insolencia del Poeta
La eternidad se nutre en mi poesía,
sus eones mi voz rejuvenece,
el infinito en mis palabras crece
y mi cantar su infinitud amplía.
Al ritmo de mis versos la armonía
la música del cosmos establece,
y la misma belleza se embellece
cuando su danza por mis pasos guía.
Sutil y alado, diáfano y sagrado,
en el cenit del ser mi canto admiro,
y el coro de los mundos lo interpreta.
De galaxias y abismos coronado,
reclamado a ser dios por ser poeta,
néctar bebo, icor sangro, éter respiro.
Soneto XCVIII
de amor divino
De la búsqueda del Arquetipo del Soneto
Busco un soneto de silencio puro,
infinito en su ser no proferido,
forjado con el hielo del olvido
y esculpido en la niebla del futuro.
Busco un soneto hecho de luz y oscuro,
caos tácito y cósmico vagido,
canto sublime, pánico alarido,
amalgama de santo y de perjuro.
Busco el soneto prístino y secreto
que subyace latente en lo profundo
del ser, y nunca se ha manifestado.
Busco el mismo arquetipo del soneto,
el que nunca podré traer al mundo,
el que sé que jamás me será dado.
Soneto XCIX
de amor divino
Transfiguración en el Adam Kadmón
Un súbito plumón de alta blancura
divino despuntar en mí ya siento,
crecer en alas y entregarse al viento
en busca de los cielos y su altura.
Y un torrente ya siento de agua pura
surgir del pecho en éxtasis violento,
pretendiendo elevar al firmamento
el diáfano fervor de su frescura.
Así en pájaro y río transformado,
me rapta una vorágine ascendente
hasta el origen de las cosas bellas,
del ser y del amor hasta la fuente;
y en este nuevo y más sutil estado
mar hallo el cielo y nido las estrellas.
Soneto C
(satírico, a un petimetre que en su miopía, pretendía llegar a saberlo todo)
Todo quiere saber tu ingenuo anhelo,
y a todos superar tu desmesura,
mil libros te devoras sin hartura
y en ninguna otra meta pones celo.
Yo te quiero advertir, porque recelo
que muy pronto tu mal no tendrá cura:
sin freno tu carrera se apresura
y obtendrás sólo el titulo de lelo.
Y a tu afán, que al saber volar procura
con alas que fraguó de blanda cera,
en exceso su luz le será fuerte;
Tu miopía se agravará en ceguera,
tu ceguera se volverá locura,
y tu locura parará en tu muerte.
Soneto CI
de amor divino
Del fuerte estado melancólico
Quiero verter el néctar del olvido
y la dulce ambrosía de la nada
en el cuenco del alma, que agotada
quiere huir lo que es y lo que ha sido.
Venga la muerte tibia, y en su nido
construyan mis anhelos su morada,
que feliz la recibo en su llegada,
y feliz de este mundo me despido.
Superar quiero, vida, tu desierto,
tantálico escenario en que nos tientas
con frutos que resultan espejismos.
Abrazar busco el silencioso puerto
al mar del ser, espléndido en tormentas,
fértil en sombras, pródigo en abismos.
Soneto CII
De amor divino
a Borges
¿Qué mitos, qué remotas teogonías,
labradas con metáforas lejanas
redimen el dolor de mis mañanas,
de mis tardes, mis noches y mis días?
¿Qué fe, qué ciencia, qué filosofías
en sus castillos de palabras vanas,
justifican mis lágrimas tempranas,
mis quebrantos y mis melancolías?
¿Qué cábala, qué formula o guarismo
trazado por un dios senil y oscuro
con un poco de cielo y más de abismo
la esencia de mi ser abre y descifra?
no lo sé… solamente estoy seguro
que entre el polvo y la sombra está la cifra.
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